lunes, 24 de octubre de 2005
Divagaciones sobre el Aleph…
Hacia 1867, el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942, Pedro Enríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al–Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el Universo entero.
Burton menciona otros artificios congéneres –la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal del Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faene Queene, III, 2, 19)– y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en El Cairo, saben muy bien que el Universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha descrito Abenjaldún: "En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería."
» ¿Existe ese aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.»
La naturaleza del aleph, como es sabido, es de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Para la Cabala, esa letra significa el En–Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la Tierra, para indicar que el mundo es el espejo y es el mapa del Superior; para la Mengenlebre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes.
Si los matemáticos revolucionarios tienen razón, si las paradojas del transfinito son fundadas, se abren extraordinarias perspectivas ante el espíritu humano.
Se puede concebir que existan en el espacio puntos aleph, como el descrito en la novela de Borges. En estos dos puntos se encuentra representado todo el continuo espacio–tiempo, y el espectáculo se extiende desde el interior del núcleo atómico hasta la galaxia más lejana.
Todavía se puede ir más lejos: se puede imaginar que, a consecuencia de manejos que afectarían a un tiempo a la materia, a la energía y al espíritu, cualquier punto del espacio puede convertirse en un transfinito. Si tal hipótesis corresponde a una realidad fisicopsicomatemática, tenemos la explicación de la gran obra de los alquimistas y del éxtasis supremo de ciertas religiones.
La idea de un punto transfinito, desde el cual sería perceptible todo el Universo, es prodigiosamente abstracta. Pero no lo son menos las ecuaciones fundamentales de la relatividad, de las cuales se derivan, sin embargo, el cine hablado, la televisión y la bomba atómica.
Por lo demás, el espíritu humano hace constantes progresos hacia niveles de abstracción cada vez más elevados. Paul Langevin hacía ya observar que el electricista del barrio manejaba perfectamente la noción, tan abstracta y tan delicada, de potencial, e incluso la había incorporado a su jerga; decía: «hay jugo».
Se puede incluso imaginar que, en un porvenir más o menos lejano, después de dominar estas matemáticas de lo transfinito, el espíritu humano logrará, ayudándose con ciertos instrumentos, construir alephs en el espacio, puntos transfinitos desde los cuales lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande se le aparezcan en su totalidad y en su última verdad. Así habría llegado a su fin la búsqueda tradicional de lo Absoluto.
Habría que evocar la manipulación alquimista en el curso de la cual el adepto oxida la superficie de su baño fundido de metales. Cuando se desgarra la película de óxido, se verá aparecer sobre un fondo opaco la imagen de nuestra galaxia con sus dos satélites, las nubes de Magallanes. ¿Leyenda o realidad? En todo caso, se trataría de la evocación de un primer «instrumento transfinito» estableciendo contacto con el Universo por medios distintos de los proporcionados por los instrumentos conocidos.
Tal vez en forma parecida, los mayas, que ignoraban el telescopio, descubrieron Urano y Neptuno. Pero no nos perdamos en lo imaginario. Contentémonos con apuntar esta aspiración fundamental del espíritu, desdeñada por la psicología clásica, y con anotar también, a este respecto, los contactos entre antiguas tradiciones y una de las grandes corrientes matemáticas de la actualidad.

