martes, 25 de octubre de 2005

La heredad de humo…

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Antes, en otro post perdido por ahí, me he hecho ya las mismas preguntas: ¿Qué queda de los millares de manuscritos de la biblioteca de Alejandría fundada por Tolomeo Soter, documentos irreemplazables y perdidos para siempre sobre la ciencia antigua? ¿Dónde están las cenizas de las 200.000 obras de la biblioteca de Pérgamo? ¿Qué ha sido de las colecciones de Pisístrato, en Atenas, y de la biblioteca del Templo de Jerusalén, y de la de Phtah, en Menfis?

¿Qué tesoros contenían los millares de libros que fueron quemados el año 213 a. C., por orden del emperador Cheu–Hoang–Ti, con fines únicamente políticos?

En estas circunstancias, nos hallamos delante de las obras antiguas como ante las ruinas de un templo inmenso del que restan solamente algunas piedras. Pero el examen atento de estas piedras y de estas inscripciones nos deja entrever verdades demasiado profundas para atribuirlas a la sola intuición de los antiguos.

Ante todo, y contrariamente a lo que se cree, los métodos del racionalismo no fueron inventados por Descartes. Consultemos los textos: "El que busca la verdad –escribe Descartes– debe, mientras pueda, dudar de todo." Es una frase muy conocida y que parece muy nueva. Pero, si tomamos el libro segundo de la metafísica de Aristóteles, leemos: "El que quiera instruirse debe primeramente saber dudar, pues la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad."

Por lo demás, se puede comprobar que Descartes no sólo tomó de Aristóteles esta frase fundamental, sino también la mayor parte de las famosas reglas para la dirección del espíritu y que constituyen la base del método experimental. Esto demuestra, en todo caso, que Descartes había leído a Aristóteles, cosa de la que se abstienen demasiado a menudo los cartesianos modernos.

Éstos podrían también comprobar que alguien escribió: "Si me equivoco, deduzco que soy, pues el que no es no puede equivocarse, y, precisamente porque me equivoco, siento que soy." Esta frase desde luego no es de Descartes, sino de san Agustín.

En cuanto al escepticismo necesario al observador, no se puede realmente llevarlo más lejos que Demócrito, el cual sólo consideraba valedero el experimento que hubiese presenciado personalmente y cuyo resultado hubiese autentificado mediante la impresión de su anillo. Todo esto me parece muy alejado de la ingenuidad que se reprocha a los antiguos. Hasta se podría argumentar que los filósofos de la antigüedad estaban dotados de un genio superior en el dominio del conocimiento, pero, en fin, ¿qué sabían de verdad en el plano científico?

Contrariamente también a lo que se puede leer en las obras actuales de divulgación, las teorías atómicas no fueron inventadas ni formuladas en primer lugar por Demócrito, Leucipo y Epicuro. En efecto, Sextus Empiricus nos dice que el propio Demócrito las había recibido por tradición y que provenían de Moscus el Fenicio, el cual, punto importante a tener en cuenta, parece haber afirmado que el átomo era divisible.

La teoría más antigua es también más exacta que las de Demócrito y los atomistas griegos, que sostenían la indivisibilidad del átomo. En este caso preciso, parece que se trata más de un oscurecimiento de conocimientos arcaicos que llegaron a ser incomprensibles que de descubrimientos originales.

¿Y cómo no admiramos en el campo cosmológico, habida cuenta de la ausencia de telescopios, al comprobar que a menudo los datos astronómicos más antiguos son los más exactos? Por ejemplo, en lo que atañe a la Vía Láctea, estaba constituida, según Tales y Anaxímenes, por estrellas, cada una de las cuales era un mundo compuesto de un sol y varios planetas, y que estaba situado en un espacio inmenso.

Lucrecio conocía la uniformidad de la caída de los cuerpos en el vacío y el concepto de un espacio infinito lleno de infinidad de mundos. Pitágoras, antes de Newton, había enseñado la ley inversa del cuadrado a las distancias. Plutarco, queriendo explicar el peso, busca su origen en una atracción recíproca entre todos los cuerpos y que es causa de que la Tierra haga gravitar hacia ella todos los cuerpos terrestres, de la misma manera que el Sol y la Luna hacen gravitar hacia su centro todas las partes que les pertenecen, reteniéndolas por una fuerza de atracción en su esfera particular.

Galileo y Newton confesaron expresamente lo que debían a la ciencia antigua. De la misma manera Copérnico, en el prefacio de sus obras dedicadas al Papa Paulo III, escribe textualmente que ha concebido la idea del movimiento de la Tierra leyendo a los antiguos. Por lo demás, la confesión de estos plagios en nada mengua la gloria de Copérnico, de Newton y de Galileo, que pertenecían a esta raza de espíritus superiores cuyo desinterés y generosidad prescinden absolutamente del amor propio de autor y de la originalidad a toda costa, que son otros tantos prejuicios modernos. Mucho más humilde y verdadera nos parece la actitud de la modista de María Antonieta, Mademoiselle Bertin, quien, remozando con mano hábil un viejo sombrero, exclamó: "No hay nada nuevo, salvo lo que se ha olvidado."

La historia de los inventos, como la de las ciencias, bastaría para demostrar la verdad de esta humorada. "Puede decirse de la mayoría de los descubrimientos –escribe Fournier– lo mismo que de aquella ocasión fugaz que los antiguos convirtieron en la diosa inalcanzable para cuantos la dejaban escapar la primera vez. Si, de primer intento, no se agarra al vuelo la idea que pone sobre la pista la palabra que puede llevar a la solución del problema, el hecho significativo, he aquí un invento perdido o al menos demorado por muchas generaciones. Para que retorne triunfal, es preciso que se produzca el azar de una nueva idea que resucite a la primitiva de su olvido, o bien el plagio feliz de algún inventor de segunda mano; en lo tocante a los inventos, desgraciado el primero que llega, y gloria y provecho al segundo."

Bajo estas bases es bastante plausible remplazar en gran parte la casualidad por el determinismo, y los riesgos de los mecanismos espontáneos de la invención por las garantías de una vasta documentación histórica apoyada en comprobaciones experimentales.

Es a lo que yo llamaría la heredad de humo.




Pauwels/Bergier


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¿Tantos plagios? caray, de qué cosas se entera una jejejeloco


Son ideas sobre ideas, digo yo, y si una idea se pierde en la noche de los tiempos me parece que pueden pasar muchos años (tal vez siglos) para que alguien vuelva a retomarla. Buen artículo.Sonrojado


todo lo que lei es copia textual del libro que tengo en mi velador y que estoy leyendo. Por que se lo atribuye???. El libro se llama el retorno de los brujos, y los autores son Louis Pauwels y Jacques Bergier. fue publicado por primera vez en español en 1966 por plaza y janes, s.a. barcelona.


Es así como dices, nadie se atribuye nada. Gracias por comentar.