jueves, 27 de octubre de 2005

Hablar de máquinas...

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« ¡No habla usted en serio! ¡Nos está hablando de máquinas!»

Esto es lo que dirían, tanto los racionalistas que apelan a Descartes como los ocultistas que se amparan en la «tradición». Pero, ¿a qué se llaman máquinas? He aquí una nueva pregunta que merece ser mejor planteada.

Algunas líneas trazadas con tinta en un pergamino, ¿son una máquina? Pues bien, la técnica de los circuitos impresos, empleada corrientemente por la electrónica moderna, permite realizar un receptor de ondas compuesto de líneas trazadas con tintas, una de las cuales contiene grafito y la otra cobre.

Una piedra preciosa, ¿es una máquina? No, responde el coro. Sin embargo, la estructura cristalina de una piedra preciosa es una máquina compleja, y utilizamos el diamante como detector de las radiaciones atómicas. Cristales artificiales, los transistores, sustituyen a la vez a las lámparas electrónicas, a los transformadores, a las máquinas giratorias eléctricas del tipo conmutadoras para elevación de voltaje, etcétera.

El espíritu humano, en sus creaciones técnicas más útiles y más eficaces, emplea medios cada vez más simples. «Juega usted con las palabras –protestaría el ocultista–. Yo hablo de manifestaciones del espíritu humano sin intermediario de clase alguna.»

Pero es él quien juega con las palabras.

Nadie ha registrado jamás una manifestación del espíritu humano que no haya empleado alguna máquina. La idea de «el espíritu en sí», desde un punto de vista materialista, es una perniciosa fantasmagoría. El espíritu humano en acción utiliza una máquina completa y puesta a punto: el cuerpo humano. Y este cuerpo no está solo jamás, no existe solo: está atado a la Tierra y al Cosmos entero por mil lazos materiales y energéticos.

No lo sabemos todo del cuerpo. No conocemos todas sus relaciones con el Universo. Nadie podría decir cuáles son los límites de la máquina humana, y cómo podría emplearla un espíritu que aprovechase hasta el máximo sus posibilidades.

No lo sabemos todo sobre las fuerzas que circulan en lo más profundo de nosotros y a nuestro alrededor, en la Tierra, alrededor de la Tierra, en el vasto Cosmos.

Nadie sabe cuáles son las fuerzas naturales simples, todavía insospechadas y, sin embargo, al alcance de la mano, que un hombre dotado de una conciencia despierta, con una visión de la Naturaleza más directa que la de nuestra inteligencia lineal, podría utilizar.
Fuerzas naturales simples. Consideremos una vez más las cosas con la mirada bárbara y lúcida del ser venido de fuera: nada más sencillo, más fácil de realizar, que un transformador eléctrico. Los egipcios de la más remota antigüedad habrían podido construirlo, si hubiesen conocido la teoría electromagnética.

Nada más fácil que la liberación de la energía atómica. Basta disolver una sal de uranio pura en agua pesada, y se puede obtener el agua pesada destilando el agua ordinaria durante veinticinco o cien años. ¿Alquimia?

La máquina de predecir las mareas, de Lord Kelvin (1893), de donde nacieron nuestros calculadores analógicos y toda nuestra cibernética, fue construida con poleas y trozos de cordel. Los sumerios habrían podido realizarla sin problemas.

Si hubo en el pasado hombres que alcanzaron tales niveles, y si no aplicaron solamente sus poderes a la religión, a la filosofía y a la mística, sino también al conocimiento objetivo y a la técnica, es perfectamente natural, racional y razonable admitir que pudieron hacer «milagros», incluso con los más sencillos aparatos.

¿O no?

¿Hablamos o no hablamos de máquinas?


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WOWO Oswaldo, ¿hablamos de máquinas? Magristral.Guiño


Pues sí, muy claro tu dicho xDD.Chica