miércoles, 02 de noviembre de 2005
Lutero, las indulgencias y su casa…
Abro este post con el antecedente de una nota que me hallé hoy en un periódico.
«La casa natal del reformista religioso alemán Martín Lutero (1483-1546) en la localidad de Eisleben (este de Alemania), que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, cerrará sus puertas en estos días para realizarle remodelaciones.
La casa donde nació Lutero el 10 de noviembre de 1483 volverá a abrir sus puertas al público en marzo de 2007, con una exposición titulada Soy de aquí. Martín Lutero y Eisleben, anunció hoy el director de la Fundación de los Museos Luteranos, Stefan Rhein. Tras las remodelaciones, la superficie destinada a las muestras se ampliará, pasando de ocupar de 530 a setecientos metros cuadrados, precisó Rhein.
La Fundación de los Museos Luteranos calcula que los costes de la reforma ascenderán a 3.5 millones de euros. El dinero procede tanto de las arcas federales como del estado de Sajonia-Anhalt.»
Hasta aquí la nota.
No puedo sin embargo dejar pasar esta oportunidad para reflexionar sobre Lutero y sus hechos, toda vez que me parece que los tiempos, como apuntó Salomón en el libro Eclesiastés, a menudo se repiten haciéndonos recordar la manida pero infalible frase de ”No hay nada nuevo bajo el sol.”
Teólogo y reformador religioso, Lutero se distinguió por precipitar la Reforma protestante al publicar en 1517 sus 95 tesis en las que denunció las indulgencias y los excesos de la Iglesia católica de su tiempo, hoy por cierto tenidas por la misma iglesia como cosa despreciable, a pesar de los escándalos que continúan surgiendo de su seno quinientos años después.
A Lutero, decía, le tocó vivir en tiempos de sometimiento religioso, tiempos en los que un “cierra la boca o te excomulgo” eran el pan de cada día. Por ello cobra importancia su figura levantina e inconformista que le llevó a enfrentar la autoridad clerical, cosa que en su tiempo era visto como un imposible. Para Lutero, sin embargo, la esencia del cristianismo no se encontraba en la organización teológica encabezada por un papa y su pirámide de adeptos, sino en el despertar individual basado en la comunicación directa de cada persona con Dios, en una abstracción mística que nace del corazón.
El aguerrido Martín Lutero, hijo de una familia de origen campestre, mineros de profesión, -de ahí quizás su bizarría- nace en Eisleben en 1483 y se educa en la escuela latina de Mansfeld, continuando sus estudios en Magdeburgo, y después en Eisenach. En 1501, con la intención de hacerse abogado, inicia sus estudios en Erfurt. No obstante, y por esos sortilegios del destino que nadie puede ver hasta que se consuman, toma en 1505 una decisión trascendental que cambiaría el curso de su vida: decide entrar al monasterio Augustino de Erfurt.
Las experiencias negativas que Lutero experimentó ya inmerso en los medios eclesiales no solo favorecieron su crítica respecto al lamentable estado de las prácticas de la iglesia, sino más bien le obligaron a hacer una revisión de los fundamentos doctrinales de la teología medieval tan arraigada en las mentes de sus contemporáneos.
A los 24 años fue ordenado sacerdote, y tres años más tarde viajó a Roma, la capital de la cristiandad. Pero este viaje, lejos de ayudarle en su búsqueda espiritual, tuvo para él el efecto contrario al percatarse de la frivolidad y mundanalidad en la que aquella iglesia estaba sumergida. De vuelta a su patria se doctoró en teología en 1512, y empezó a dar clases en la universidad de Wittenberg.
En 1517 se entera por el monje dominico Tetzel de la compra de indulgencias mediante las cuales el alto clero libraba a las almas de los tormentos del purgatorio católico. El dinero obtenido, a más de prodigar una regia y mundanal vida a los jerarcas, estaba siendo invertido en la construcción de la basílica de San Pedro, y por si fuera poco, en la compra por parte de Alberto de Hohenzollern de un obispado.
Es entonces cuando Lutero decide escribir y clavar en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg sus “Noventa y cinco tesis” que hoy son un hito de valor y convicción. Este documento fue la chispa que puso en marcha un proceso de acosos y persecuciones cuyas consecuencias iban a ser de largo alcance.
Su crítica pública contra el abuso de las cartas de indulgencias no solo produjo la discusión deseada, sino que además causó la apertura de un tribunal de inquisición que culminó, como era natural, en la excomunión de Lutero, quien fue llamado anatema, después de la dieta imperial de Worms, en 1521. Fue Federico el Sabio quien organizó una especie de "secuestro a lo Robin Hood" para proteger la vida de Lutero.
Lutero permaneció entonces en el castillo Wartburg como Doncel Jorge por casi un año, traduciendo el Nuevo Testamendo al alemán. El 15 de junio de 1520 León X publicó la bula de excomunión de Lutero intitulada “Exsurge Domine”; cuando Lutero la recibe se dirige al pudridero de la ciudad y, juntamente con el Derecho Canónico, las arrojó a las llamas. La ruptura estaba consumada. Un humilde pero valiente fraile había osado levantarse, él solo, ante todo un sistema religioso de más de mil años de antigüedad, con el solo apoyo de la fe.
En el mismo año de su condenación Lutero escribe incansablemente algunas de sus mejores obras: A la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y La libertad cristiana.
Lutero viaja a Worms bajo la protección de un salvoconducto y allí, conminado ante Carlos V a pronunciarse sobre sus doctrinas profiere las memorables palabras:
«Si no me convencen mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente (puesto que no creo al papa ni a los concilios solos, porque consta que han errado frecuentemente y contradicho a sí mismos), quedo sujeto a los pasajes de las Escrituras aducidos por mí y mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia.»
Martin Lutero vino a ser el gran reformador en tiempos en que la fe y la salvación se vendían a precio de oro. Hoy, empero, gran parte de sus seguidores protestantes venden también La Palabra, hacen negocios con la música, los sermones, y hasta el turismo religioso, como lo hicieron hace cinco siglos los miembros del alto clero que Lutero enfrentó.
Y con esta noticia que me encontré hoy vuelvo a confirmar lo que siempre he pensado: Que la verdadera fe nada tiene que ver con el dinero, ni con los bienes, ni con casas, castillos, palacios, ofrendas, y todo lo que sea negocio. Ni siquiera con turismo religioso.
¿De qué sirve, me pregunto, que le hagan remodelaciones a la casa de Lutero?
¿No sería mejor y mucho más acorde con la doctrina que profesan que los seguidores del protestantismo siguiesen los pasos que Jesucristo declaró con tanta claridad?
Ya Salomón lo dijo en Eclesiastés: "No hay nada nuevo bajo el sol."
Como se ve, la frase de Salomón es y seguirá siendo vigente.

