domingo, 13 de noviembre de 2005
Como lazos invisibles …
“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.”
Arthur C. Clarke
Ciertos hechos parecen demostrar que entre técnica y magia existen ciertos lazos que no podemos comprender, pero que de algún modo parecen confluir y en ocasiones entretejerse sin que existan motivos perceptibles, al menos no para nuestros ojos.
Werner von Braun ensayó en su momento sus cohetes sobre los londinenses, matando a miles de ellos para que al fin lo detuviera la Gestapo por haber declarado: «A fin de cuentas, me importa un bledo la victoria de Alemania, ¡lo que quiero es la conquista de la Luna!» (Walter Dornberger: L'Arme secrete de Peenemünde).
Se ha dicho que la tragedia está hoy en la política. Pero esto es una visión mezquina. La tragedia está en el laboratorio. A sus «magos» se debe el progreso técnico. La técnica no es en modo alguno aplicación práctica de la ciencia. Por el contrario, se desarrolla contra la ciencia.
El eminente matemático y astrónomo Simón Newcomb sostiene que lo más pesado que el aire no puede volar, pero dos reparadores de bicicletas probaron que estaba equivocado. Rutherford y Millikan (El electrón) demuestran que jamás se podrán explotar las reservas de energía del núcleo atómico. Y estalla la bomba de Hiroshima.
La ciencia enseña que una masa de aire homogéneo no puede separarse en aire caliente y aire frío. Hilsch nos muestra que basta con hacer circular aquella masa por un tubo apropiado (Technique Mondiale. París). Como vemos, la ciencia establecida, lejos de ayudar, coloca barreras de imposibilidad.
El ingeniero, al igual que el mago ante los ojos del explorador racional, pasa a través de las barreras, por un fenómeno análogo a lo que los físicos llaman «el efecto túnel». Le atrae una aspiración mágica. Quiere ver detrás del muro, ir a Marte, capturar el rayo, fabricar oro. No busca lucro ni gloria. Busca sorprender al Universo en flagrante delito de ocultación. En el sentido de Jung, es un arquetipo. Por los milagros que intenta realizar, por la fatalidad que pesa sobre él, por el fin doloroso que le espera casi siempre, es el hijo del héroe de las sagas y de las tragedias griegas (Edwin Armstrong: The Inventor as Hero, artículo del Harper's Magazine).
Como el mago, tiende al secreto, y también como él, obedece a la ley de similitud que Frazer (Le Rameau d'Or) formuló en su estudio de la magia. En sus comienzos, el invento es una imitación del fenómeno natural. La máquina voladora se parece al pájaro; el autómata se parece al hombre.
Ahora bien, el parecido al objeto, el ser o el fenómeno cuyos poderes quieren captar, resulta casi siempre inútil, léase perjudicial, al buen funcionamiento del aparato inventado. Pero, como el mago, el inventor extrae de la similitud una fuerza, una voluptuosidad, que empujan hacia delante. Y este paso de la imitación mágica a la tecnología científica lo podríamos descubrir en muchos casos. Ejemplos:
En un principio, se obtuvo el endurecimiento superficial del acero, en el Próximo Oriente, hundiendo una hoja enrojecida al fuego en el cuerpo de un prisionero. He aquí una práctica mágica típica: se intenta transferir a la hoja las virtudes guerreras del adversario. Esta práctica fue conocida en Occidente por medio de los cruzados, que habían comprobado que el acero de Damasco era, efectivamente, más duro que el de Europa.
Se hicieron experimentos: se sumergió el acero en agua, en la que flotaban pieles de animales. Se obtuvo el mismo resultado. En el siglo XIX se advirtió que estos resultados eran debidos al nitrógeno orgánico. En el siglo XX, con la licuefacción de los gases, se perfeccionó el procedimiento templando el acero en nitrógeno líquido a baja temperatura. Bajo esta forma, la «nitruración» ya es parte de nuestra tecnología.
Se podría encontrar otro lazo entre magia y técnica estudiando los «encantamientos» que los antiguos alquimistas pronunciaban durante sus trabajos. Probablemente se trataba de medir el tiempo en la oscuridad del laboratorio.
En fin, existe otro lazo, más fuerte y curioso, entre magia y técnica, y es la simultaneidad en la aparición de los inventos. La mayoría de los países registran el día e incluso la hora de la presentación de una patente. Pero muchas veces se ha comprobado que inventores que no se conocían, y que trabajaban muy lejos el uno del otro, presentaban la misma patente en el mismo instante.
Este fenómeno suena difícil de explicar con la vaga idea de que «los inventos están en el aire» o de que «el inventor aparece cuando se le necesita». Pero si existe la percepción extrasensorial, la comunicación de las inteligencias empeñadas en la misma investigación, el hecho merecería un estudio estadístico realizado a fondo.
Este estudio nos haría comprender, acaso, este otro hecho: que las técnicas mágicas se encuentran, idénticas, en la mayoría de las antiguas civilizaciones y a través de montañas y de océanos, como lazos invisibles.
Arthur C. Clarke
Ciertos hechos parecen demostrar que entre técnica y magia existen ciertos lazos que no podemos comprender, pero que de algún modo parecen confluir y en ocasiones entretejerse sin que existan motivos perceptibles, al menos no para nuestros ojos.
Werner von Braun ensayó en su momento sus cohetes sobre los londinenses, matando a miles de ellos para que al fin lo detuviera la Gestapo por haber declarado: «A fin de cuentas, me importa un bledo la victoria de Alemania, ¡lo que quiero es la conquista de la Luna!» (Walter Dornberger: L'Arme secrete de Peenemünde).
Se ha dicho que la tragedia está hoy en la política. Pero esto es una visión mezquina. La tragedia está en el laboratorio. A sus «magos» se debe el progreso técnico. La técnica no es en modo alguno aplicación práctica de la ciencia. Por el contrario, se desarrolla contra la ciencia.
El eminente matemático y astrónomo Simón Newcomb sostiene que lo más pesado que el aire no puede volar, pero dos reparadores de bicicletas probaron que estaba equivocado. Rutherford y Millikan (El electrón) demuestran que jamás se podrán explotar las reservas de energía del núcleo atómico. Y estalla la bomba de Hiroshima.
La ciencia enseña que una masa de aire homogéneo no puede separarse en aire caliente y aire frío. Hilsch nos muestra que basta con hacer circular aquella masa por un tubo apropiado (Technique Mondiale. París). Como vemos, la ciencia establecida, lejos de ayudar, coloca barreras de imposibilidad.
El ingeniero, al igual que el mago ante los ojos del explorador racional, pasa a través de las barreras, por un fenómeno análogo a lo que los físicos llaman «el efecto túnel». Le atrae una aspiración mágica. Quiere ver detrás del muro, ir a Marte, capturar el rayo, fabricar oro. No busca lucro ni gloria. Busca sorprender al Universo en flagrante delito de ocultación. En el sentido de Jung, es un arquetipo. Por los milagros que intenta realizar, por la fatalidad que pesa sobre él, por el fin doloroso que le espera casi siempre, es el hijo del héroe de las sagas y de las tragedias griegas (Edwin Armstrong: The Inventor as Hero, artículo del Harper's Magazine).
Como el mago, tiende al secreto, y también como él, obedece a la ley de similitud que Frazer (Le Rameau d'Or) formuló en su estudio de la magia. En sus comienzos, el invento es una imitación del fenómeno natural. La máquina voladora se parece al pájaro; el autómata se parece al hombre.
Ahora bien, el parecido al objeto, el ser o el fenómeno cuyos poderes quieren captar, resulta casi siempre inútil, léase perjudicial, al buen funcionamiento del aparato inventado. Pero, como el mago, el inventor extrae de la similitud una fuerza, una voluptuosidad, que empujan hacia delante. Y este paso de la imitación mágica a la tecnología científica lo podríamos descubrir en muchos casos. Ejemplos:
En un principio, se obtuvo el endurecimiento superficial del acero, en el Próximo Oriente, hundiendo una hoja enrojecida al fuego en el cuerpo de un prisionero. He aquí una práctica mágica típica: se intenta transferir a la hoja las virtudes guerreras del adversario. Esta práctica fue conocida en Occidente por medio de los cruzados, que habían comprobado que el acero de Damasco era, efectivamente, más duro que el de Europa.
Se hicieron experimentos: se sumergió el acero en agua, en la que flotaban pieles de animales. Se obtuvo el mismo resultado. En el siglo XIX se advirtió que estos resultados eran debidos al nitrógeno orgánico. En el siglo XX, con la licuefacción de los gases, se perfeccionó el procedimiento templando el acero en nitrógeno líquido a baja temperatura. Bajo esta forma, la «nitruración» ya es parte de nuestra tecnología.
Se podría encontrar otro lazo entre magia y técnica estudiando los «encantamientos» que los antiguos alquimistas pronunciaban durante sus trabajos. Probablemente se trataba de medir el tiempo en la oscuridad del laboratorio.
En fin, existe otro lazo, más fuerte y curioso, entre magia y técnica, y es la simultaneidad en la aparición de los inventos. La mayoría de los países registran el día e incluso la hora de la presentación de una patente. Pero muchas veces se ha comprobado que inventores que no se conocían, y que trabajaban muy lejos el uno del otro, presentaban la misma patente en el mismo instante.
Este fenómeno suena difícil de explicar con la vaga idea de que «los inventos están en el aire» o de que «el inventor aparece cuando se le necesita». Pero si existe la percepción extrasensorial, la comunicación de las inteligencias empeñadas en la misma investigación, el hecho merecería un estudio estadístico realizado a fondo.
Este estudio nos haría comprender, acaso, este otro hecho: que las técnicas mágicas se encuentran, idénticas, en la mayoría de las antiguas civilizaciones y a través de montañas y de océanos, como lazos invisibles.

