martes, 15 de noviembre de 2005
Teoría de las cuatro Lunas…
Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz.
Leonardo Da Vinci.
Más allá del peso de la creencia espiritual que gobernara en su momento a las mentes de la Alemania nazi, es inquietante saber que los altos mandos alemanes creyeran ciegamente en la teoría horbigeriana (o de Gurdjieff), en la tesis del hielo y el fuego eternos y que, en el más inconcebible de los absurdos astrales, sostuvieran la preexistencia de cuatros antiguas lunas de hielo que estuvieron en conjunción con las cuatro grandes edades geológicas de la Tierra.
Por ello me parece interesante transcribir algunas notas surgidas de la pluma de Jacques Bergier, que sin duda nos inquietarán tanto como seguramente inquietaron a un grupo de políticos y militares nazis que, en la primera mitad del siglo XX, estuvieron a punto de apoderarse del Mundo:
He aquí el texto completo:
Era en 1948; yo creía en Gurdjieff, y una de sus fieles discípulas me había invitado amablemente a pasar unas semanas en su casa de la montaña, con mi familia. Esta mujer tenía una cultura verdadera, formación de químico, inteligencia aguda y carácter firme. Ayudaba a los artistas y a los intelectuales. Después de Luc Dietrich y de René Daumal, yo debía contraer con ella una deuda de reconocimiento. Nada tenía de discípula exaltada, y las enseñanzas de Gurdjieff, que a veces se alojaba en su casa, le llegaban al través de la criba de la razón. Sin embargo, un día la sorprendí, o creí sorprenderla, en flagrante delito de despropósito. Me abrió de pronto los abismos de su delirio, y me quedé mudo y aterrorizado ante ella, como ante un agonizante. Una noche resplandeciente y fría caía sobre la nieve, y platicábamos tranquilamente, asomados al balcón del chalé. Contemplábamos los astros, como se contemplan en La montaña, experimentando una soledad absoluta, que es aquí tan purificadera como en otras partes angustiosa. Se veía claramente los relieves de la Luna.
–Mejor diríamos una luna –dijo mi anfitriona–, una de las lunas...
–¿Qué quiere decir?
–Ha habido otras lunas en el cielo. Ésta es la última, simplemente...
–¿Qué? ¿Ha habido otras lunas además de ésta?
–Seguro. Gurdjieff lo sabe, y otros lo saben también.
–Pero, bueno, los astrónomos...
–¡Oh! ¡Si va usted a fiarse de los científicos...!
Tenía el rostro apacible y sonreía con una pizca de conmiseración. Desde aquel día dejé de sentirme al mismo nivel de ciertos amigos de Gurdjieff a quienes apreciaba. Se convirtieron a mis ojos en seres frágiles e inquietantes y sentí que acababa de romperse uno de los hilos que me ataba a su familia. Algunos años más tarde, al leer el libro de Gurdjieff: Les Récits de Belzébuth, y al descubrir la cosmogonía de Horbiger, comprendí que aquella visión, o mejor dicho, aquella creencia, no era una simple cabriola en el mundo de lo fantástico. Había cierta coherencia entre la chocante historia de las lunas y la filosofía del superhombre, la psicología de los «estadios superiores de conciencia» y la mecánica de las mutaciones. En las adiciones orientales volvía a encontrarse esta historia y la idea de que los hombres, hace muchos milenios, pudieron observar un cielo distinto del nuestro, otras constelaciones y otro satélite.
¿Acaso Gurdjieff se había inspirado en Horbiger, al que sin duda conocía? ¿O habría bebido en antiguas fuentes de saber tradiciones o leyendas, con las que Horbiger había coincidido accidentalmente, en el curso de sus iluminaciones seudocientíficas?
Yo ignoraba, en el balcón del chalé montañero, que mi anfitriona expresaba una creencia que habían compartido millares de hombres de la Alemania hitleriana, todavía enterrada en ruinas, en esta época todavía ensangrentada, todavía humeante, entre los escombros de sus grandes mitos. Y mi anfitriona, en la bella noche clara y tranquila, lo ignoraba también.
Así, pues, según Horbiger, la Luna, la que nosotros vemos, no sería más que el último satélite, el cuarto, captado por la Tierra. Nuestro Globo, en el curso de su historia, habría captado ya tres. Tres masas de hielo cósmico habrían alcanzado, por turno, nuestra órbita y habrían empezado a girar en espiral alrededor de la Tierra, acercándose cada vez más y cayendo por fin sobre nosotros. Nuestra Luna actual también caerá sobre la Tierra. Pero esta vez la catástrofe será mayor, porque el último satélite helado es mayor que los anteriores. Toda la historia de! Globo, la evolución de las especies y toda la historia humana encuentran su explicación en esta sucesión de lunas en nuestro cielo.
Ha habido cuatro épocas geológicas, puesto que ha habido cuatro lunas. Estamos en el cuaternario. Cuando cae una luna, ha estallado antes y, girando cada vez más de prisa, se ha transformado en un anillo de rocas, de hielo y de gases. Es este anillo lo que cae sobre la Tierra, recubriendo en círculo toda la costra terrestre y fosilizando todo lo que se encuentra debajo de él. En período normal, los organismos enterrados no se fosilizan, sino que se pudren. Sólo se fosilizan en el momento en que cae una luna. Por esto hemos podido registrar una época primaria, una época secundaria y una época terciaria. Sin embargo, como se trata de un anillo, sólo tenemos testimonios muy fragmentarios de la historia de la vida sobre la Tierra. Han podido aparecer y desaparecer otras especies animales y vegetales, a lo largo de las edades, sin que quede rastro de ellas en las capas geológicas. Pero la teoría de las lunas sucesivas permite imaginar las transformaciones sufridas en el pasado por las formas vivas, así como prever las transformaciones venideras.
Durante el período en que el satélite se acerca, hay un momento de unos centenares de miles de años en que gira alrededor de la Tierra a una distancia de cuatro a seis radios terrestres. En comparación con la distancia de nuestra Luna actual, ésta se encuentra al alcance de la mano. La gravitación cambia, pues, considerablemente. Ahora bien, la gravitación determina la talla de los seres. Éstos crecen en función del peso que pueden soportar.
En el momento en que el satélite está cerca, hay, pues, un período de gigantismo.
A finales del primario: enormes vegetales, insectos gigantescos.
A fines del secundario: diplodocus, iguanodontes, animales de treinta metros. Se producen mutaciones bruscas, porque los rayos cósmicos son más poderosos. Los seres, aliviados de su peso, se yerguen; las cajas craneanas se ensanchan; las bestias levantan el vuelo. Tal vez a finales del secundario aparecieron los mamíferos gigantes. Y tal vez los primeros hombres, creados por mutación. Habría que situar este período a fines del secundario, en el momento en que la segunda luna giraba cerca del Globo, hace unos quince millones de años. Es la edad de nuestro antepasado, el gigante. Madame Blavatsky, que pretendía haber tenido acceso al Libro de los Dzyan, que sería el texto más antiguo de la Humanidad y contendría la historia de los orígenes del hombre, aseguraba también que una gigantesca y primera raza humana había aparecido en el período secundario. «El hombre secundario será descubierto un día, y, con él, sus civilizaciones extinguidas hace muchísimo tiempo.»
He aquí, pues, el primer hombre, enorme, que apenas se nos parece y cuya inteligencia es distinta de la nuestra, en una noche de los tiempos infinitamente más espesa de lo que imaginamos y bajo una luna diferente: el primer hombre, y acaso la primera pareja humana, gemelos expulsados de una matriz animal por un prodigio de las mutaciones que se multiplican cuando los rayos cósmicos son gigantescos. El Génesis nos dice que los descendientes de este antepasado vivían de quinientos a novecientos años: es que el aligeramiento del peso disminuye el desgaste del organismo. No nos habla de gigantes, pero las tradiciones judías y musulmanas compensan abundantemente esta omisión. En fin, algunos discípulos de Horbiger sostienen que recientemente se descubrieron en Rusia fósiles del hombre secundario.
¿Cuáles serían las formas de civilización del gigante, hace quince millones de años? Se le suponen agrupaciones y modos de ser calcados de los insectos gigantes llegados del primario y de los cuales nuestros insectos actuales, todavía sorprendentes, son descendientes degenerados. Se les suponen grandes poderes de comunicación a distancia, civilizaciones basadas en el modelo de las centrales de energía psíquica y material que constituyen, por ejemplo, los hormigueros, y que tantos problemas turbadores plantean al observador, en el terreno desconocido de las infraestructuras –o de las superestructuras– de la inteligencia.
Esta segunda luna se acercará todavía más estallará en anillo y caerá sobre la Tierra, que conocerá un nuevo y largo período sin satélite. En los espacios remotos, una formación glacial espiral alcanzará la órbita de la Tierra, que de ese modo captará una nueva luna. Pero, en este período en que ninguna gran esfera brilla sobre las cabezas, sólo sobreviven algunos ejemplares de las mutaciones producidas al final del secundario, que subsistirán disminuyendo de proporciones. Todavía hay gigantes, que se van adaptando. Cuando aparece la luna terciaria, se han formado ya los hombres ordinarios, más pequeños, menos inteligentes: nuestros verdaderos antepasados. Pero los gigantes brotados del secundario y que pasaron el cataclismo siguen existiendo, y son ellos quienes civilizan a los hombres pequeños.
La idea de que los hombres, partiendo de la bestialidad y del salvajismo, se elevaron lentamente hasta la civilización, es reciente. Es un mito judeocristiano, impuesto a las conciencias, para expulsar un mito más vigoroso y revelador. Cuando la Humanidad era más fresca, más próxima a su pasado, en los tiempos en que ninguna conspiración bien urdida lo había expulsado aún de su propia memoria, sabía que descendía de dioses, de reyes gigantes que le habían enseñado todo. Recordaba una edad de oro en que los superiores, nacidos antes que ella, le enseñaban la agricultura, la metalurgia, las artes, las ciencias y el manejo del Alma. Los griegos evocaban la edad de Saturno y el reconocimiento que sus mayores brindaban a Hércules. Los egipcios y los asirios contaban leyendas sobre reyes gigantes e iniciadores. Los pueblos que hoy llamamos «primitivos», los indígenas del Pacífico, por ejemplo, mezclan a su religión, sin duda degenerada, el culto a los buenos gigantes de los orígenes del mundo. En nuestra época, en que todos los factores del espíritu y del conocimiento han sido invertidos, los hombres que han realizado el formidable esfuerzo de escapar a los modos de pensar admitidos, encuentran, en el fondo de su inteligencia, la nostalgia de los tiempos felices, de la aurora de las edades del paraíso perdido, y el recuerdo velado de una iniciación primordial.
Desde Grecia a la Polinesia, desde Egipto a México y a Escandinavia, todas las tradiciones refieren que los hombres fueron iniciados por gigantes. Es la edad de oro del terciario, que dura varios millones de años; en el curso de los cuales la civilización moral, espiritual y tal vez técnica alcanza su apogeo sobre el Globo.
Cuando los gigantes se mezclaban todavía con los hombres, en los tiempos de que nadie habló jamás, escribe Víctor Hugo, presa de una extraordinaria iluminación.
La luna terciaria, cuya espiral se encoge, se acerca a la Tierra. Las aguas suben, aspiradas por la gravitación del satélite, y los hombres, hace más de novecientos mil años, se dirigen a las más altas cumbres montañosas, con los gigantes, sus reyes. Sobre estas cumbres, por encima de los océanos levantados que forman el rodete ciñendo la Tierra los hombres y sus Superiores crearan una civilización marítima mundial, que Horbiger y su discípulo inglés Bellamy identifican con la civilización atlántida.
Bellamy descubre, en los Andes, a cuatro mil metros de altura, restos de sedimentos marinos que se extienden sobre setecientos kilómetros. Las aguas de fines del terciario subían hasta allí, y Tiahuánaco, cerca del lago Titicaca, sería uno de los centros de civilización de aquel período. Las ruinas del Tiahuánaco dan testimonio de una civilización cientos de veces milenaria y que no se asemeja en nada a las civilizaciones posteriores (El arqueólogo alemán Von Hagen, autor de una obra publicada en francés bajo el título: Au royaume des Incas («Plon», 1950), recogió cerca del lago Titicaca una tradición oral, de los indios de la región, según la cual «Tiahuánaco fue construida antes de que las estrellas existieran en el cielo».
Según los partidarios de Horbiger, son visibles las huellas de gigantes, así como sus inexplicables monumentos. Se encuentra allí, por ejemplo, una piedra de nueve toneladas, con seis hendiduras de tres metros de altura que son incomprensibles para los arquitectos, como si su papel hubiese sido olvidado desde entonces por todos los constructores de la Historia. Hay pórticos de tres metros de altura por cuatro de anchura, que aparecen tallados en una sola piedra, con puertas, falsas ventanas y esculturas esculpidas con cincel pesando todo el conjunto diez toneladas. Hay lienzos de pared de sesenta toneladas, sostenidos por bloques de piedra arenisca de cien toneladas, hundidos como cuñas en el suelo. Entre estas ruinas fabulosas, se elevan estatuas gigantescas, una sola de las cuales ha sido bajada de allí y colocada en el jardín del museo de La Paz. Tiene ocho metros de altura y pesa veinte toneladas. Todo invita a los horbigerianos a ver en estas estatuas retratos de gigantes realizados por ellos mismos.
«De las facciones del rostro salta a nuestros ojos, e incluso a nuestro corazón, una expresión de soberana bondad y de soberana sabiduría. Una armonía de todo el ser brota del conjunto del coloso, cuyas manos y cuerpo, sumamente estilizados, guardan un equilibrio que tiene una calidad moral. Reposo y paz emanan del maravilloso monolito. Si es el retrato de uno de los reyes gigantes que gobernaron este pueblo, tendríamos que pensar en aquel principio de frase de Pascal: "Si Dios nos diese dueños salidos de sus manos...".»
Si estos monolitos fueron realmente esculpidos y colocados en su sitio por los gigantes en atención a sus aprendices, los hombres; si las esculturas de una extremada abstracción, de una estilización tan avanzada que confunde a nuestra propia inteligencia; fueron ejecutadas por aquellos Superiores, encontraremos en ello el origen de los mitos según los cuales las artes fueron dadas a los hombres por los dioses, y la clave de las diversas místicas de la inspiración estética.
Entre estas esculturas figuran imágenes estilizadas de un animal, el todoxón, cuya osamenta ha sido descubierta en las ruinas de Tiahuánaco. Ahora bien, se sabe que el todoxón sólo pudo vivir en el período terciario. En fin, en estas ruinas que precederían en cien mil años al fin del período terciario, existe hundido en el barro desecado, un pórtico de diez toneladas cuya decoración fue estudiada por el arqueólogo alemán Kiss, discípulo de Horbiger, entre 1928 y 1937. Según él, se trata de un calendario realizado de acuerdo con las observaciones de los astrónomos del terciario. Este calendario contiene datos científicos exactos. Está dividido en cuatro partes separadas por los solsticios y los equinoccios que marcan las estaciones astronómicas. Cada una de estas estaciones está dividida a su vez en tres secciones, y, en estas doce subdivisiones, puede verse la posición de la Luna en cada hora del día. Además, los dos movimientos del satélite, su movimiento aparente y su movimiento real, habida cuenta de la rotación de la Tierra, están indicados en este fabuloso pórtico esculpido, de suerte que hay que pensar que tanto los que hicieron como los que utilizaron el calendario tenían una cultura superior a la nuestra.
Tiahuánaco, a más de cuatro mil metros de altura, en los Andes, era, pues, una de las cinco grandes ciudades de la civilización marítima de fines del periodo terciario, construidas por los gigantes conductores de los hombres. Los discípulos de Horbiger encuentran allí vestigios de un gran puerto, de enormes muelles, y del cual partían los atlantes –pues sin duda se trata de la Atlántida– a bordo de naves perfeccionadas, para dar la vuelta al mundo siguiendo el cordón oceánico y tocar en los otros cuatro grandes centros: Nueva Guinea, México, Abisinia y Tibet. Así, aquella civilización se extendía a todo el Globo lo cual explica las tradiciones que registra la Humanidad.
Llegados al último grado de unificación y de refinamiento de los conocimientos y de los medios, los hombres y sus reyes gigantes saben que la espiral de la tercera luna se va encogiendo y que el satélite acabará por caer, pero conocen las relaciones de todas las cosas en el Cosmos, los lazos mágicos del ser con el Universo, y sin duda, se valen de ciertas energías individuales y sociales, técnicas y espirituales, para retrasar el cataclismo y prolongar la edad atlántida, cuyo recuerdo difuso perdurará a través de los milenios.
Cuando cae la luna terciaria, las aguas descienden bruscamente, pero las conmociones precursoras han dañado ya la civilización. Después del descenso de los océanos, desaparecen las cinco grandes ciudades, entre ellas la Atlántida de los Andes, aisladas, asfixiadas por el reflujo de las aguas. Los vestigios más claros están en Tiahuánaco, pero los horbigerianos los descubren en otros lugares.
En México, los toltecas dejaron textos sagrados que describen la historia de la Tierra según la tesis de Horbiger. En Nueva Guinea, los indígenas malekutas siguen erigiendo, sin saber lo que hacen, enormes piedras esculpidas de más de diez metros de altura que representan su antepasado superior, y su tradición oral, que hace de la Luna la creadora del género humano, anuncia la caída del satélite.
Los gigantes se vuelven mediterráneos de Abisinia después del cataclismo, y la tradición sitúa en aquella altiplanicie la cuna del pueblo judío y la patria de la reina de Saba, detentadora de las antiguas ciencias.
En fin, se sabe que el Tibet es un depósito de antiquísimos conocimientos fundados en el psiquismo. Como para confirmar el punto de vista de los horbigerianos, una obra muy curiosa apareció, en 1957, en Inglaterra y Francia. Esta obra, titulada El tercer ojo, lleva la firma de Lobsang Rampa. El autor afirma ser un lama que ha alcanzado el último grado de iniciación. También podría ser alguno de los alemanes enviados al Tibet, en misión especial, por los jefes nazis. Describe su descenso, guiado por tres grandes metafísicos lamaístas, a una cripta de Lhassa donde parece ocultarse el verdadero secreto del Tibet.
«Vi tres sarcófagos de piedra negra adornados con grabados e inscripciones curiosas. No estaban cerrados. Al lanzar una ojeada a su interior, sentí que se me cortaba la respiración.
»–Contempla, hijo–mío –me dijo el decano de los sacerdotes–. Vivían como dioses en nuestro país en la época en que aún no había montañas en él. Labraban nuestro suelo cuando los mares bañaban nuestras orillas y cuando otras estrellas brillaban en nuestro cielo. Míralos bien, porque sólo los iniciados los han visto.
»Obedecí, fascinado y temeroso a la vez. Tres cuerpos desnudos, recubiertos de oro, yacían estirados ante mis ojos. Todos sus rasgos estaban fielmente reproducidos por el oro. ¡Pero eran enormes! La mujer medía más de tres metros, y el mayor de los hombres, no menos de cinco. Tenían la cabeza muy grande, ligeramente cónica en la bóveda, mandíbula estrecha, boca pequeña y labios delgados. La nariz era larga y fina, los ojos rectos y muy hundidos... Examiné la tapa de uno de los sarcófagos. En ella aparecía grabado un mapa de los cielos, con estrellas muy extrañas.» (Hay que notar que, en una caverna del Bohistán, al pie del Himalaya se ha encontrado un mapa del cielo muy diferente de los conocidos hasta hoy. Los astrónomos opinan que se trata de observaciones que pudieron hacerse trece mil años atrás. Este mapa fue publicado por el National Geographicaí Magazine, en el año 1925..
Y vuelve a escribir, después de este descenso a la cripta:
«Antiguamente, miles y miles de años atrás, los días eran más cortos y más calurosos. Se forjaron civilizaciones grandiosas, y los hombres eran más sabios que en nuestra época. Surgió un planeta del espacio exterior y golpeó oblicuamente la Tierra. Se agitaron los vientos, y los mares, empujados por fuerzas gravitatorias diversas, se vertieron sobre la Tierra. El agua cubrió el mundo, que fue sacudido por los temblores, y el Tibet dejó de ser un país cálido y una estación marítima.»
Bellamy, arqueólogo horbigeriano, encuentra alrededor del lago Titicaca huellas de las catástrofes que precedieron a la caída de la luna terciaria: cenizas volcánicas, sedimentos dejados por súbitas inundaciones. Es el momento en que el satélite va a estallar en anillo y a girar locamente a poquísima distancia de la Tierra antes de caer. Alrededor de Tiahuánaco, las ruinas evocan talleres abandonados de pronto, útiles desparramados. La elevada civilización atlántida sufre, durante unos miles de años, el ataque de los elementos, y se desmorona. Después, hace de ello ciento cincuenta mil años, se produce el gran cataclismo, cae la Luna, y la Tierra sufre un espantoso bombardeo. Cesa la atracción, el cordón de los océanos cede de golpe, los mares se retiran, bajan. Las cumbres, que eran grandes estaciones marítimas, se encuentran aisladas hasta el infinito por los pantanos. El aire se enrarece, se marcha el calor.
La Atlántida no muere tragada por las aguas, sino, por el contrario abandonada por ellas. Las naves son arrastradas y destruidas; las máquinas se ahogan o estallan; falta el alimento que venía del exterior; la muerte se lleva a millones de seres; los sabios y las ciencias desaparecen; la organización social se derrumba. Si la civilización atlántida llegó a alcanzar el más alto nivel posible de perfección y técnica, de jerarquía y de unificación, también pudo volatilizarse en un abrir y cerrar de ojos sin casi dejar rastro. Pensemos lo que podría ser el hundimiento de nuestra civilización dentro de unos centenares de años, o incluso dentro de unos años. Los aparatos emisores de energía, al igual que los transmisores, se simplifican cada vez más, mientras se multiplican las estaciones. Cada uno de nosotros poseerá muy pronto fuentes de energía nuclear, pongo por caso, o vivirá cerca de estas fuentes, fábricas o máquinas, hasta el día en que bastará que se produzca un accidente en el punto de origen para que todo se volatilice a lo largo de la enorme cadena de estaciones: hombres, ciudades, naciones. Sólo se salvaría lo que no tuviese ningún contacto con esta elevada civilización técnica. Y las ciencias clave, lo mismo que las llaves del poder, desaparecerían de golpe, precisamente a causa del elevado nivel de la especialización. Son las más grandes civilizaciones las que se hunden en un instante, sin nada que transmitir. Esta visión resulta irritante para el espíritu, pero estamos expuestos a que sea exacta. De la misma manera podemos pensar que las centrales y estaciones de energía psíquica, en que acaso se fundaba la civilización terciaria, estallaron de un solo golpe, mientras los desiertos de limo invadían las cumbres ahora enfriadas y en que el aire se ha hecho irrespirable. Más sencillo: la civilización marítima, con sus Superiores, sus naves, sus intercambios, se desvanece en el seno del cataclismo.
Los supervivientes sólo pueden descender a las llanuras pantanosas que el mar acaba de descubrir, hacia las inmensas turberas del continente nuevo, apenas liberado por el reflujo de las aguas tumultuosas, y donde tardará miles de años en aparecer una vegetación utilizable. Ha terminado el reinado de los reyes gigantes; los hombres vuelven al salvajismo y se adentran con sus últimos dioses destronados en las profundas noches sin luna que envolverán el Globo.
Los gigantes que, desde hacía millones de años, moraban en este mundo, semejantes a los dioses que mucho más tarde poblarán nuestras leyendas, han perdido su civilización. Los hombres sobre los que reinaban se han convertido en brutos. Y esta humanidad caída, detrás de sus dueños destronados, se dispersa en hordas por los desiertos de fango. Esta caída se supone ocurrida hace ciento cincuenta mil años, y Horbiger calcula que nuestro Globo estuvo sin satélite durante ciento treinta y ocho mil años. En el transcurso de este enorme período, renacen las civilizaciones bajo la dirección de los últimos reyes gigantes. Éstas arraigan en las llanuras elevadas, entre los grados cuarenta y sesenta de latitud Norte, mientras en las cinco altas cimas del terciario permanecen algunos restos de la antigua edad de oro. Habría habido, pues, dos Atlántidas: la de los Andes irradiando sobre el mundo, con sus otros cuatro puntos, y la del Atlántico Norte, mucho más modesta, fundada mucho después de la catástrofe por los descendientes de los gigantes Esta tesis de las dos Atlántidas permite agrupar las tradiciones y antiguos relatos. Platón habla de la segunda Atlántida.
Y he aquí que, hace doce mil años, la Tierra capta su cuarto satélite, nuestra Luna actual. Se produce una nueva catástrofe. Nuestro Globo adquiere su forma, hinchada en los trópicos. Los mares del Norte y del Sur afluyen hacia la mitad de la Tierra, y se recomienzan las edades glaciales en el Norte, en las llanuras desnudas por la atracción que ejerce la Luna que empieza sobre el agua y el aire. La segunda civilización atlántida, menos importante que la primera, desaparece en una noche, tragada por las aguas del Norte. Es el Diluvio, del cual nuestra Biblia conserva el recuerdo. Es la Caída que recuerdan los hombres arrojados al mismo tiempo del paraíso terrenal de los trópicos. Según los horbigerianos, los relatos del Génesis y del Diluvio son a la vez recuerdos y profecías, ya que se reproducirán los acontecimientos cósmicos. Y el texto del Apocalipsis, que jamás ha sido explicado, sería la traducción fiel de las catástrofes celestes y terrestres observadas por los hombres en el curso de las edades, y conformes con la teoría horbigeriana.
Durante este nuevo período de luna alta, los gigantes vivos degeneran. Las mitologías están hechas de luchas de gigantes entre sí, y de combates entre hombres y gigantes. Los que habían sido reyes y dioses, aplastados ahora bajo el peso del cielo, agotados, se convierten en monstruos a los que hay que expulsar. Caen tan bajo como alto han subido. Son los ogros de las leyendas. Urano y Saturno, devorando a sus propios hijos. David y Goliat. Y escribe Hugo:
... horribles gigantes muy estúpidos
vencidos por manos llenas de ingenio.
Es la muerte de los dioses. Cuando los hebreos entren en la Tierra Prometida, descubrirán el monumental lecho de hierro de un gigante desaparecido:
«Y he aquí que su lecho era de hierro, de nueve codos de largo y cuatro de ancho.» (Deuteronomio.)
El astro de hielo que alumbra nuestras noches ha sido captado por la Tierra y gira a su alrededor. Ha nacido nuestra Luna. Después de doce mil años, no hemos dejado de rendirle un culto vago cargado de recuerdos inconscientes, y de prestarle una inquieta atención cuyo sentido no comprendemos muy bien. Cuando la contemplamos, seguimos sintiendo que algo rebulle en el fondo de nuestra memoria, que va más lejos que nosotros mismos. Los antiguos dibujos chinos nos muestran el dragón lunar amenazando la Tierra. Leemos en los Números (XIII, 33): «Y allí vimos a los gigantes, a los hijos de Anak, que vienen de los gigantes, y a nuestros ojos éramos ante ellos como saltamontes –y a sus ojos éramos como saltamontes.» Y Job (XXVI, 5) evoca la destrucción de los gigantes y exclama: «Los seres muertos están debajo del agua, y los antiguos moradores de la Tierra...»
Un mundo se ha hundido, ha desaparecido un mundo, los antiguos moradores de la Tierra se han desvanecido, y nosotros comenzamos nuestra vida de hombres solos, de hombrecillos abandonados, esperando las mutaciones, los prodigios y los cataclismos venideros en una nueva noche de los tiempos, bajo este nuevo satélite que nos llega de los espacios donde se perpetúa la lucha entre el hielo y el fuego.
Un poco en todas partes, los hombres remedan a ciegas los gestos de las civilizaciones extinguidas, erigen, sin saber por qué monumentos gigantescos, repitiendo, en su degeneración, los trabajos de los antiguos señores: son los enormes megalitos de Malekula, los menhires célticos, las estatuas de la isla de Pascua. Las poblaciones que hoy llamamos «primitivas» no son más que restos degenerados de imperios desaparecidos, que repiten, sin comprenderlos y adulterándolos, actos regulados antaño por administraciones racionales.
En ciertos lugares, en Egipto, en China y mucho más tarde en Grecia, surgen grandes civilizaciones humanas, pero que recuerdan a los Superiores desaparecidos, a los reyes gigantes iniciadores. Después de cuatro mil años de cultura, los egipcios de los tiempos de Heródoto y de Platón siguen afirmando que la grandeza de los Antiguos se debe a que aprendieron su arte y su ciencia directamente de los dioses.
Después de múltiples decadencias, nacerá otra civilización en Occidente. Una civilización de hombres amputados de su Pasado fabuloso, limitados en el tiempo y el espacio, reducidos a sí mismos y buscadores de consuelo mítico, desterrados de sus orígenes e ignorantes de la inmensidad del destino de las cosas vivas, atados a los vastos movimientos cósmicos. Una civilización humana humanista: la civilización judeocristiana Es minúscula. Es residual. Y, sin embargo, este residuo de la gran alma pasada tiene posibilidades ilimitadas de dolor y de comprensión. Esto es lo milagroso. Nos acercamos a otra edad. Van a producirse mutaciones. El futuro volverá a darse la mano con el pasado más remoto. La Tierra volverá a tener gigantes. Habrá otros diluvios, otros apocalipsis, y reinarán otras razas. «Al principio, conservamos un recuerdo relativamente claro de lo que habíamos visto. Seguidamente, esta vida se elevó en volutas de humo y oscureció rápidamente todas las cosas, a excepción de algunas grandes líneas generales. En la actualidad, todo vuelve a nuestro espíritu con mayor claridad que nunca.» Y en el Universo, donde todo se refleja en todo, crearemos profundas olas.
Tal es la tesis de Horbiger, y tal es el clima espiritual que propaga. Esta tesis constituye un poderoso fermento de magia nacionalsocialista, y en seguida veremos sus efectos sobre los acontecimientos.
Según Horbiger, estamos, pues, en el cuarto ciclo. La vida sobre la Tierra conoció tres apogeos, durante los tres períodos de lunas bajas, con bruscas mutaciones y apariciones gigantescas. Durante los milenios sin luna aparecieron las razas enanas y sin prestigio y los animales que se arrastran, como la serpiente que evoca la Caída. Durante las lunas altas, existieron las razas medianas, sin duda los hombres corrientes de principios del terciario, nuestros antepasados. Hay que tener también en cuenta que las lunas, antes de su caída, giran alrededor de la Tierra, creando condiciones diferentes en aquellas partes del Globo que no están debajo de su trayectoria. De suerte que, después de varios ciclos, la Tierra ofrece un espectáculo muy variado: razas en decadencia, razas que se elevan, seres intermedios, degenerados y aprendices del porvenir, precursores de las mutaciones próximas y esclavos del ayer, enanos de las antiguas noches y Señores del mañana. Tenemos que observar en todo ello las rutas del Sol con un ojo tan implacable como implacable es la ley de los astros.
Lo que se produce en el cielo determina lo que se produce en la Tierra, pero existe una reciprocidad. Como el secreto y el orden del Universo residen en el menor grano de arena, el movimiento de los milenios se contiene en cierto modo, en el breve lapso de nuestro paso por la Tierra, y así debemos, en nuestra alma individual como en el alma colectiva, repetir las caídas y las ascensiones pasadas y preparar los apocalipsis y las elevaciones futuras.
Sabemos que toda la historia del Cosmos reside en la lucha entre el hielo y el fuego, y que esta lucha tiene vivos reflejos aquí abajo. En el plano humano, en el plano de los espíritus y de los corazones, cuando no se alimenta el fuego, viene el hielo. Lo sabemos por nosotros mismos y por la Humanidad entera, que se ve eternamente obligada a elegir entre el diluvio y la epopeya.
He aquí el fondo del pensamiento horbigeriano y nazi.
Añadir comentario
Obviamente Os, no se sustenta la teoría como bien dixes. Por ahí leí que una teoría que tenga tan solo una falla tendría q ser desechada no?
Suena a perogrullada, pero como dice Bergier, el asunto tiene sus bemoles y es entendible que calara tan hondo entre los alemanes nazis y quizá entre otras muchas sociedades secretas ¿quien puede decirlo?
Sin lugar a duda para mí, la teoría de Horbiger del hielo eterno
y de las cuatro lunas, es un factor determinante en la ideología y las metas Nazi, lo no quiere decir que sea verdadera, pero era la que más ampliamente respondía a sus espectativas y por tanto es comprensible su rechazo a las ciencias occidentales...
En lo que sí les ayudó estas poco convencionales teorías
fue en la capacidad de abrir sus mentes y poder acceder de esta manera a ideas tan excéntricas para el resto del mundo, creer en ellas y no tener miedo a intentar...
creo que esta fue la clave de todos los enormes avances técnicos Nazi...
y de las cuatro lunas, es un factor determinante en la ideología y las metas Nazi, lo no quiere decir que sea verdadera, pero era la que más ampliamente respondía a sus espectativas y por tanto es comprensible su rechazo a las ciencias occidentales...
En lo que sí les ayudó estas poco convencionales teorías
fue en la capacidad de abrir sus mentes y poder acceder de esta manera a ideas tan excéntricas para el resto del mundo, creer en ellas y no tener miedo a intentar...
creo que esta fue la clave de todos los enormes avances técnicos Nazi...
Me quedo sin Palabras. Realmente esta teoría nos remonta mas alla de lo que todos creemos. Puede ser cierta..!! porque no?

