La nota es a todas luces trágica: En los últimos cinco años han desaparecido alrededor de 100 mil especies de flora y fauna en América Latina víctimas de la deforestación indiscriminada y la degradación de suelos y costas.
Y ya sabemos que esto no es privativo de América sino del mundo. Me pregunto cuántas especies se habrán extinguido en el planeta en el mismo período. ¿Hacemos numeritos?
Decir que todo esto amenaza la vida del hombre no es nuevo ni tampoco servirá de nada. Greenpeace y otras organizaciones del mundo que intentan defender infructuosamente al gigante azul se han cansado de gritarlo por todas partes sin que se les haga caso. Parece como si jugásemos el juego de policías y ladrones.
Y aquí es donde necesariamente nos lacera la duda: ¿Por qué ha llegado a tal extremo nuestro grado de inconsciencia? ¿No nos interesa mantener bien la casa donde vivimos y de la que dependemos todos? ¿Es que nuestra fría indiferencia rebasa nuestro entendimiento? ¿Queremos seguirle pegando de marrazos al patrimonio humano?
Si creemos que con programitas de conservación
ad calendas graecas diseminaremos la negra nube que se cierne sobre nuestras cabezas, estamos mal.
La reprobable y lastimosa pérdida de especies ha obligado a los gobiernos a aprobar leyes sobre producción y conservación que castiguen con la misma fuerza en los diferentes países, por ejemplo, la tala indiscriminada. Pero las talas continúan en la mayoría de estos países por encima de las leyes, alentadas por la corrupción y la falta de conciencia.
Ponemos al dinero por encima de nuestra sobrevivencia y la de nuestros hijos. ¿Qué clase de planeta heredaremos a las nuevas generaciones? Y aún más: ¿alcanzarán tales generaciones a gozar de la naturaleza que nosotros gozamos?
El asunto tiene pega.
Tan sólo Panamá, que por cierto es la sede del "Encuentro Iberoamericano de Desarrollo Sostenible" ha perdido en el último siglo tres millones de hectáreas de bosques naturales y miles de especies animales a manos de depredadores, la población pobre y la industria mal concebida. Y se anuncia ahí que entre 1992 y 2002 se perdieron más de 330 mil hectáreas por incendios forestales ocasionados por manos criminales, la tala desenfrenada para la industria y para los explotadores lucrativos. Después de esto ya no quiero ni pensar en los daños ecológicos que hemos permitido ocurran en México.
¿Y qué decir del resto del mundo?
En muchas partes del globo la corteza terrestre está siendo afectada por la erosión debido al mal uso del suelo, el aumento de la contaminación de los ríos y los ecosistemas marinos y el crecimiento desordenado de la población y los asentamientos mal ubicados.
Da pavor llegar a saber que tan sólo en el país del gran canal se identificaron 1.342 especies de plantas, muchas de ellas en peligro de extinción, así como cientos de especies de aves consideradas raras, insectos, anfibios, reptiles y mamíferos cuya supervivencia está siendo amenazada por el hombre.
Sé también que un post como éste no servirá de nada si no va aparejado de una acción individual, sobre todo de conciencia aplicada en la praxis.
Pero no podía quedarme callado después de leer la nota surgida de la cumbre de Panamá.
Estamos ante una realidad no triste, sino terrorífica: la realidad de la vida de miles de millones amenazada por esos mismos miles de millones.
Lo digo sin paradojas.