Vale.
A medida que me inserto en la obra de Roberto Bolaño me convierto en un admirador de su genio extraordinario. Y junto con esta mística pasión devoradora de su literatura surgen también ciertas preguntas existenciales que brotan de sus letras como mágicas aguas tormentosas.
¿Quién fue Roberto Bolaño? ¿Acaso era este hombre, así sin más, un oficioso contador de historias complejas? ¿De dónde le venía el genio para crear la prosa fácil, prolija, diáfana a la vez y a la vez complicada? ¿Cuál era el génesis de su arte, del prosaico entresijo, grosero y lúcido que tiene la virtud de atrapar a quien lo lee? Todas estas preguntas son incontestables.
Hace pocos días acabé de leer
2666, su novela póstuma. A mi juicio,
2666 es un libro impresionante desde todo punto de vista, comenzando por sus descomunales dimensiones: el libro tiene 1,125 páginas que se explican en parte porque son por lo menos cinco novelas en una, y en parte porque este genio de la escritura fue capaz de escribir un libro monumental sin cansar jamás al lector, sino más bien deslumbrándolo.
Una odisea literaria como se han visto pocas últimamente en Latinoamérica-España (Bolaño nació en Chile, pero en honor a la verdad murió siendo más español que chileno, lo digo con todo respeto a su nacionalidad).
Como expresara de él Susan Sontag, «Bolaño es el más influyente y admirado novelista de lengua española de su generación. Su muerte, a los 50 años ha sido sin duda una gran pérdida para la literatura.» Y Bolaño, que si bien es cierto murió muy joven, aquejado de una enfermedad del hígado, nos dejó una obra extensa e insuperable que va a perdurar tanto como las obras de Cervantes, Shakespeare o Juan Rulfo.
En 2666, Bolaño nos entrega el
thriller más apasionante que se haya escrito en los últimos tiempos, si es que se le puede llamar
thriller a esta magna novela donde convergen los géneros de misterio, el policíaco, el periodismo, la ciencia ficción y prácticamente todo cuanto un genio como este fuera capaz de crear con su pluma.
A cuatro profesores de literatura, Jean-Claude Pelletier (francés), Piero Morini (italiano), Manuel Espinoza (español) y Liz Norton (inglesa) los une su común fascinación por la obra del enigmático escritor alemán Benno von Archimboldi. La complicidad entre los cuatro adquiere pronto trazas de vodevil intelectual y cosmopolita -con
ménage à troís incluido-, y desemboca en un disparatado peregrinaje a Santa Teresa (Trasunto de Ciudad Juárez), en la frontera de México con Estados Unidos, donde hay quien dice que Archimboldi ha sido visto.
Así, buscando a Archimboldi, nos sumergimos sin remedio junto con los personajes en una maraña de encuentros y desencuentros, de hechos pasmosos y disimulados, de vivencias violentas y disparatadas, de búsquedas sin resultado que nos llevan a otras búsquedas, acaso estériles, acaso holistas, que van a su vez conformando una trama estremecedora.
Entre el amasijo de descabelladas ideas y visiones que motivaron su obra, por demás está decir que Bolaño pretendió exponer, quizá, el insoluble y trágico asunto de las muertas de Juárez combinando ciertos hechos con la ficción desgarradora, que no por ser ficción resulta menos pavorosa que los absurdos que nos muestra cada día la realidad.
Algunos críticos han dicho que su novela es “dispareja”, que tiene partes francamente geniales y otras que no lo son tanto, y que hasta llega a ser en ciertos puntos reiterativa. Pero lo cierto es que los seguidores de Bolaño —hay muchos, son millones repartidos por todo el mundo—han considerado este libro como uno de los mejores que se hayan escrito en lengua española. Quizá no sea para tanto, digo yo —dependerá del juicio personal, que siempre es el más certero y objetivo para la individualidad—, pero en todo caso si no es así, andará muy cerca de serlo.
La luminosidad de la trama, los cientos de historias intercaladas de un modo perspicaz, esos personajes que rayan en lo cómico y en lo terrible, las sorprendentes tragedias de la cotidianeidad, esa manera de narrar verdades que calan hondo y que mueven a la reflexión, no pueden dejar de interesar hasta al lector más exigente.
Termino el post con algo que ha escrito Andrés Pau: «Ante las dimensiones de 2666, al comentarista le asalta de manera inmediata una cuestión de procedimiento: ¿cómo abordarla? ¿Cómo atacar este volumen de más de mil cien páginas dividido en cinco partes? ¿Cómo hacer una crítica cabal, siquiera un comentario honesto, que haga cierto aunque siempre insuficiente honor a la complejidad de 2666? La respuesta es inevitable: resulta imposible. En cambio, hay tanto por decir, tanto que decir de 2666... Estamos seguros de que será —si no lo es ya— una novela de culto y que pronto comenzarán —si no lo han hecho ya— las publicaciones de trabajos, tesinas y tesis doctorales que tengan como tema la novela póstuma de Roberto Bolaño. »
2666 es un libro muy largo, pero apasionante, y estoy seguro que de ninguna manera, como ha dicho Pau, pasará inadvertido.