No es sorprendente que el lenguaje humano, que sólo logra referirse a una conciencia del mundo en estado de vigilia lúcido, se oscurezca en cuanto trata de expresar las estructuras profundas, ya sean la luz, la eternidad, el tiempo, la energía, la esencia del hombre, etcétera.
Sin embargo, nosotros distinguimos dos clases de oscuridad.
Una de ellas procede de que el lenguaje es el vehículo de una inteligencia que se aplica a examinar aquellas estructuras sin poder jamás asimilarlas. Es el vehículo de una naturaleza que choca en vano con otra naturaleza. En el mejor de los casos sólo puede aportar el testimonio de una imposibilidad, el eco de una sensación de impotencia y de destierro. Su oscuridad es real. No es, precisamente, más que oscuridad.
La otra viene de que el hombre, que trata de expresarse, ha conocido, como relámpagos, otro estado de conciencia. Ha
vivido un instante en la intimidad de las estructuras profundas. Las ha conocido. Es el místico del tipo san Juan de la Cruz, el sabio iluminado del tipo Einstein, el poeta inspirado del tipo William Blake, el matemático arrobado del tipo Galois, el filósofo visionario del tipo Meyrink.
Al caer de nuevo, el «vidente» no sabe comunicar lo que ha visto. Pero, aun así, expresa la certeza positiva de que el Universo sería manejable si el hombre lograse combinar lo más íntimamente posible el estado de vigilia y el estado de supervigilia.
En tal lenguaje aparece algo eficaz, el perfil de un instrumento soberano. Wienner, al hablar de la estructura del Tiempo, es oscuro; pero en él la oscuridad deja de ser oscuridad: es la señal de que algo brilla al otro lado sin que sepamos qué es.
Es indudable que sólo el lenguaje matemático moderno da cuenta de ciertos resultados del pensamiento analógico. Existen, en física y matemáticas, los terrenos del «más allá absoluto» y de los «continuos de medida nula»; es decir, medidas sobre universos inconcebibles y, sin embargo, reales.
Uno puede preguntarse por qué los poetas no han ido todavía a escuchar, al lado de esta ciencia, el canto de las realidades fantásticas, si no es por temor a tener que reconocer esta evidencia: que el arte mágico vive y medra fuera de sus gabinetes (Mittag-Leffler. A propósito de los trabajos de Abel:
Se trata de verdaderos poemas líricos de belleza sublime; la perfección de la forma deja traslucir grandeza del pensamiento y colinda el espíritu de imágenes de un mundo mas alejado de las vulgares apariencias de la vida, más directamente brotado del alma que la más bella creación del mejor poeta en el sentido de la palabra.)
Este lenguaje matemático que da fe de la existencia de universos que escapan a la conciencia normalmente lúcida, es el único que está en actividad, en funcionamiento constante. Georges Buraug, en «Matemática y Civilización», dice: «En él, todo está abierto: las técnicas del pensamiento, las «lógicas», los «conjuntos», todo vive, todo se renueva sin cesar; los conceptos más extraños y los más transparentes nacen unos de otros, se transforman, a la manera de los «movimientos» de una sinfonía: estamos en el campo divino de la imaginación. Pero de una imaginación abstracta, si puede así decirse. En efecto, estas imágenes de la técnica matemática no tienen nada que ver con las del mundo ilusorio en que chapoteamos,
aunque tengan su llave y su secreto.»
Los «seres matemáticos», es decir, las expresiones, los signos que simbolizan la vida y las leyes del mundo invisible, del mundo impensable, desarrollan, fecundan otros «seres». Hablando con propiedad, este lenguaje es la verdadera «lengua verde» de nuestro tiempo.
Sí, la «lengua verde», el argot en el sentido original de esas palabras, en el sentido que se le daba en la Edad Media (y no en el sentido descolorido que le suponen hoy los literatos que quieren creerse «liberados»), volvemos a encontrarlo en la ciencia de vanguardia, en la física matemática, que es, si la miramos de cerca, un desarreglo de la inteligencia admitida, una ruptura, una visión.