lunes, 14 de agosto de 2006

El Signo de Alejandro



¿Predestinado para la grandeza, o simplemente un estratega inigualable?

Casi en la decadencia del imperio Persa y a lo largo de los siglos, las ciudades griegas habían luchado fratricidamente entre sí. Hacia el 350 a. C. aproximadamente esta lucha entre ellas había quedado en tablas. Ninguna ciudad era capaz de dominar a las restantes. Atenas, Esparta y Tebas lo habían intentado, en ese orden, pero habían fracasado completamente.

Algunos griegos de la época comenzaban incluso a pensar que las distintas ciudades se estaban arruinando mutuamente, y que sólo una guerra exterior —sólo una guerra combatida unitariamente, una suerte de "guerra santa"— contra el enemigo común, Persia, podía salvarlas.

Si esto era así, por fin, ¿quién iba a dirigir la cruzada? Por supuesto, debía dirigirla el vencedor de la contienda entre las ciudades griegas, pero aún no había tal vencedor, y parecía que nunca iba a haberlo. Y no lo había, al menos entre las ciudades-Estado.

En el norte de Grecia, sin embargo, se alzaba Macedonia, pero los griegos de Atenas, Esparta y Tebas la despreciaban por considerarla semibárbara. Es cierto que había tenido escasa importancia en los primeros tiempos de la historia griega. Durante el prolongado período en que las ciudades griegas lucharon contra Persia y derrotaron a sus ejércitos, Macedonia había permanecido bajo dominio persa e incluso había combatido del lado persa.

No obstante, en el 356 a. C., cuando Egipto daba sus últimas boqueadas como país independiente, accedió al trono de Macedonia un hombre poco frecuente. Este hombre, Filipo II, reorganizó el ejército macedonio e introdujo la "falange", cuerpo dispuesto en orden cerrado formado por soldados armados con equipo pesado, que habían sido instruidos, gracias a un entrenamiento continuo, a manejar a la perfección largas lanzas, por lo que cada agrupación parecía un puerco espín en movimiento.

Poco a poco, por medio de sobornos, mentiras, y acciones militares cuando éstos fallaban, Filipo se hizo con el control del norte de Grecia. En el 338 a. C., en una batalla decisiva en Queronea, junto a la ciudad griega de Tebas, derrotó a los ejércitos aliados de Tebas y Atenas, obteniendo el dominio sobre toda Grecia.

Ahora podía iniciarse la gran "guerra santa" contra Persia, pues el líder esperado había surgido ya. Filipo II fue elegido para esta tarea por las sometidas ciudades griegas. Pero en el 336 a. C., precisamente cuando iba a dar comienzo a la invasión, y cuando los primeros contingentes estaban cruzando el mar hacia Asia Menor, Filipo fue asesinado, como consecuencia de disturbios internos.

Por un momento, todo el proyecto se tambaleó, entonces tomó cartas en el asunto el hijo de Filipo, Alejandro III, que tenía veinte años. Las tribus y ciudades dominadas por Filipo consideraron que el advenimiento de un sucesor de veinte años era una señal suficiente para rebelarse, pero no pudieron haber cometido mayor error, pues acertaríamos en suponer que Alejandro III fue, en algunos aspectos, el menos corriente de los hombres, y quizás un predestinado.

Por una parte, nunca perdió una batalla, incluso bajo las más arduas y desmoralizantes condiciones; y por otra, parecía no necesitar más que un momento para tomar decisiones (decisiones correctas, si juzgamos por los resultados). Llegó a mandar sobre algunos entre los mejores generales jamás reunidos antes en un solo ejército, y no tuvo dificultades en dominarlos a todos (en esto último sólo es comparable a Napoleón).

En los comienzos de su reinado Alejandro marchó rápidamente contra las tribus en rebelión, acabó con ellos de un certero golpe, arremetió luego, en el sur, contra Grecia, donde inmediatamente tomó el control de las ciudades. En el 334 a. C. dejó Grecia y se volvió hacia Asia.

Entre tanto, Artajerjes III de Persia había muerto en el 338 a. C. y, después de un período de disturbios, un amable alfeñique fue a parar al trono, en el 336; éste fue Darío III. Nadie podía hacer frente con éxito a Alejandro (pronto conocido por Alejandro Magno, y de todos los monarcas denominados el "Grande", Alejandro fue el único que lo fue más allá de toda discusión), pero Darío III no pudo ni siquiera intentarlo.

Las avanzadas persas, que se habían confiado excesivamente, fueron derrotadas inmediatamente en el río Granico, en el Asia Menor noroccidental. Alejandro bajó por la costa del Asia Menor, penetrando luego hacia el interior, derrotando al grueso del ejército persa (muy superior en número al suyo, pero no en la calidad de las tácticas o de los mandos) en Issos, ciudad situada en la esquina noroccidental del Mediterráneo. Luego bajó a lo largo de la costa siria, deteniéndose sólo para reducir a Tiro, tras un asedio de nueve meses (quizá el más duro enfrentamiento de su carrera, pero sin importancia en comparación con los trece años que empleó Nabucodonosor).

En el 332 a. C., Alejandro estaba en Pelusio, pero los egipcios no combatieron contra él en este lugar, como habían hecho (infructuosamente) contra Senaquerib, Cambises y Artajerjes III. Sólo hacía nueve años que Persia había derrotado a Nectanebo II y había bañado en sangre a Egipto, y el recuerdo de la derrota estaba aún fresco. Alejandro fue acogido por unos egipcios transportados por la alegría de la liberación. En realidad, parece que los egipcios intentaron un acercamiento a Alejandro cuando éste estaba aún en Issos, implorándole que salvase a su país.

Alejandro tuvo gran cuidado en no hacer nada que estropease esta primera impresión favorable. Se doblegó a las costumbres egipcias y realizó los sacrificios necesarios a los dioses, según los ritos locales. Trataba de que no lo considerasen un conquistador, sino un faraón egipcio.

Para facilitar el cumplimiento de este propósito, viajó hasta el oasis de Siwa, en Libia, a unas 300 millas a occidente del Nilo, donde existía un templo de Amón, muy venerado. Allí efectuó los ritos necesarios para su consagración como faraón, e incluso aceptó ser hijo divino de Amón, según la costumbre egipcia. Esto suele interpretarse con frecuencia como un indicio de la megalomanía de Alejandro, de sus aspiraciones a la divinidad, pero como los egipcios no habrían aceptado a un faraón que no fuese a la vez dios, Alejandro no tenía otra elección razonable.

No obstante, sentó un precedente, y los monarcas posteriores, seis siglos y medio después, cuando el mundo mediterráneo se convirtió al cristianismo, insistían, por lo general, en ser tratados como divinidades, aun cuando esto era algo que no estaba en absoluto de acuerdo con la primitiva tradición griega.

Los griegos equipararon a Amón, principal dios egipcio, debido a una tradición que databa de la Dinastía XI, diecisiete siglos antes, a su más importante dios, Zeus. De ahí que el templo de Siwa fuese dedicado a "Zeus-Amón" ( o a "Júpiter-Amón", según la posterior versión romana).

Existe una relación especial entre este templo y la química moderna. El combustible es, como puede suponerse, muy escaso en el desierto, y los sacerdotes de Siwa utilizaban estiércol de camello. El hollín que quedaba tras la combustión en los muros y techos del templo contenía cristales salinos blancos que se llamaron, en latín, sal ammoniaca ("sal de Ammón"). De estos cristales puede obtenerse un gas, y este gas se llamaría más tarde amoníaco.

¡De esta forma el gran dios de Tebas, al que Ajenatón había desafiado sin éxito y que Ramsés II había considerado segundo respecto de sí mismo, sobrevive hoy en el nombre de un gas mordiente, conocido por las amas de casa principalmente como componente de productos de limpieza!

Era evidente que Alejandro no podía quedarse en Egipto como faraón, ya que tenía que conquistar todavía el resto de Persia y muchos años de campaña por delante. Seleccionó a egipcios nativos para que gobernasen el país en su ausencia, pero no les entregó poderes económicos (pues el dinero sirve para financiar rebeliones). Puso el control de las finanzas en manos de un griego de Naucratis, un tal Cleomenes. Este hombre, con poder para imponer impuestos, fue el verdadero gobernante del país, aunque para salvar las apariencias ante los egipcios no tenía título alguno.

Antes de abandonar Egipto, Alejandro examinó un lugar en la desembocadura del brazo más occidental del Nilo, donde ya había una pequeña ciudad. Indicó dónde debían construirse los cimientos de un suburbio que debería alzarse al oeste de la ciudad. La antigua ciudad y el nuevo barrio, juntos, serían llamados Alejandría en honor de Alejandro. Tras la marcha de éste en el 331 a. C. Cleomenes se encargó de que se edificase la ciudad. Alejandro nunca volvería a ella. Fue proyectada por el arquitecto Dinócrates de Rodas, que la concibió con calles rectas que se cruzaban en ángulo recto.

Alejandro ordenó la construcción de muchas ciudades, casi todas ellas llamadas Alejandría, pero, con mucho, la más importante de todas fue la de Egipto. Alejandría se hizo cargo de las funciones comerciales de Naucratis que, como consecuencia, declinó. Y como la antigua ciudad mercantil de Tiro había sido destruida, a causa del asedio de Alejandro, Alejandría se convirtió en el centro comercial del Mediterráneo oriental, creciendo rápidamente hasta convertirse en una metrópoli que haría las veces de capital de Egipto.

Desde entonces, las antiguas capitales de Menfis y Tebas irían declinando progresivamente.

Bajo el gobierno de Cleomenes Egipto prosperó y se apartó temporalmente del torbellino de los acontecimientos, mientras Alejandro corría a lo largo y a lo ancho del Imperio persa, venciendo dos grandes batallas e innumerables batallas menores, y erigiéndose en monarca de todo ello. (Darío III, el último rey persa, fue asesinado por sus propios hombres en el 330 a. C).

Alejandro regresó a Babilonia en el 324 a. C. tras sus expediciones a lejanos confines, y debía de estar haciendo nuevos planes de conquista en otras direcciones, cuando murió en el 323 a. C.

Cuando murió era todavía un hombre joven de 33 años, y no dejó tras de sí una sucesión segura. Tenía una madre muy pendenciera, una esposa persa, un hermanastro deficiente mental y un hijo pequeño póstumo. Ninguno de ellos contaba para nada.

Según una leyenda, mientras estaba agonizando preguntaron a Alejandro quién iba a heredar su imperio. Se cree que en su postrer suspiro logró decir: "El más fuerte".

Es, lo que he dado en llamar, el Signo de Alejandro.



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Estupendo post que resume sucintamentela gloria y decadencia de Alejandro Magno, el más grande general que haya dado la historia humana incluyendo a Bonaparte. Felicidades por el blog.