Querido G.:
Me preguntas de pasada, en la posdata de tu última carta, si conozco los libros de
Alistair Crowley. Ya sé adónde quieres ir a parar con esa pregunta, y como en los últimos tiempos me llegan con relativa frecuencia demandas de explicación por parte de acongojados pedagogos, e incluso se está haciendo, en ciertos ambientes protestantes, una especie de campaña contra mí, quiero responder un poco más en extenso a tu pregunta.
Es verdad, en el transcurso de mi vida, en mi búsqueda de referencias que pudiesen sacarnos del desierto de nuestra civilización actual, me he metido a veces en los más azarosos laberintos. No te será fácil hallar una figura medianamente importante —en sentido tanto positivo como negativo— del esoterismo, la mística o la magia (cualquiera que sea el sentido que se dé a esta palabra) con la que yo no haya andado a vueltas. Y al hacerlo, he tenido por fuerza que abrirme trabajosamente paso a través de montañas de libros de la llamada literatura “ocultista”: literatura de campo, de bosques, de prados.
Mi toma de contacto con la doctrina de Crowley tuvo lugar de la siguiente manera: hace mucho conocí a un biólogo, H.F., autor no poco conocido en su tiempo de libros de divulgación científica. Después de innumerables e intensas conversaciones, de noche por lo general, resultó que él era
Thelemit, o sea, miembro de una orden secreta fundada por Crowley. H.F. intentó conquistarme para esa causa. Como material de enseñanza me dio literatura sobre la logia, que entonces sólo era accesible a los miembros de la orden. Con el paso del tiempo, ya se puede comprar casi todo en la sección de esoterismo de cualquier librería medianamente importante.
Pero por aquel entonces yo ya no era totalmente novicio en ese terreno y la doctrina de Crowley me pareció un
kitscht hermético. Los esfuerzos de mi amigo no tuvieron éxito debido a mi -¿cómo lo llamas en tu carta?- “oposición interior”. Él, por cierto, acabó pocos años después, debido al uso sistemático de diferentes drogas, habitual entre los seguidores de Crowley, en un sanatorio psiquiátrico y seguramente se suicidó allí. Con exactitud no he podido saberlo nunca.
Ahora bien, también del diablo se puede aprender algo, si no se deja uno engañar por él: aunque, eso sí, quisiera añadir en seguida que uno sobrestima enormemente a Mr. Crowley si le identifica con el Maligno. Él no es más que un comicastro de su propia doctrina, con una falta, que se puede calificar de exorbitante, de buen gusto (atributo que comparte por cierto con muchos
gurus y Grandes Maestres de las más diferentes tendencias). En cualquier caso, sólo gente que tiene bastante poca idea de esos temas puede dejar de ver que su doctrina es un brebaje perfectamente ecléctico, hecho a base de ingredientes de diversa procedencia, sobre todo de libros de Eliphas Lévi (Abbé Louis Constant), de Madame Blavatsky y de literatura francmasona de fecha menos reciente, aromatizado con una gotas de Nietzche y servida en cerámica del Antiguo Egipto.
En el fondo, Crowley era un inglés rico y excéntrico que trataba de justificar sus perversas inclinaciones sexuales y su drogadicción mediante rituales, y no el gran demonio que él gustaba de hacer de sí mismo. El hecho de que se diera el nombre de "To Mega Therion", la "Bestia 666" apocalíptica, a nosotros, que somos conscientes de la existencia de atrocidades apocalípticas de dimensiones bien distintas, nos parece hoy más bien una especie de irrisión. En todo caso, su afán negativo de sobresalir es mucho más grande que su originalidad o que su importancia real.
Ahora bien: algunas personas, a quienes les resulta inconcebible el impacto de mis libros y les produce por eso recelos —la envidia seguramente no deja de tener importancia en ello—, han echado de ver que la frase “Haz Lo Que Quieras” de mi
Historia interminable también aparece en obras de Crowley y sospechan por ello que soy un agente secreto de las doctrinas satánicas de ese malvado, o sea, un corruptor de la juventud.
Si mis críticos hubiesen leído un poquitín más y conociesen al menos las obras básicas de la cultura europea, tendrían que saber que esa frase y también el motivo de la búsqueda de la "verdadera voluntad"
(Thelema) no es creación de Crowley. Él solamente la adaptó para él, como tantas otras cosas. Su origen está en
Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, que fue coetáneo, colega en el ejercicio de la medicina y probablemente amigo de Michel Nostradamus. Rabelais escribió ese libro, que rebosa de ocurrencias drástico-cómicas, expresamente para animar a sus pacientes. Puede decirse, sin exageración, que es una de las mayores obras clásicas de la literatura fantástico-humorística universal. En la segunda parte del libro llega el príncipe-gigante Pantagruel, con su divertidísimo séquito, a un monasterio llamado
Thelema, en el que viven en comunidad hombres y mujeres. La única regla de ese monasterio reza: “Haz Lo Que Quieras”.
Pero tampoco fue Rabelais el inventor de esa frase. Ya se halla, mucho tiempo antes de él, en los escritos de San Agustín, quien a la pregunta de qué hay que hacer para ganar la vida eterna, responde: “Ama a Dios y haz lo que quieras”.
Y quién sabe de dónde la tomaría él. Quizás de fuentes clásicas que no conozco. A mí me parece que esa frase atraviesa toda la historia de Occidente, como una especie de complemento de aquella otra:
Gnothi seautón. Puede incluso que ambas vayan juntas:
Conócete a ti mismo y haz lo que quieras.
Puesto que ya estamos en ello, permíteme aún una observación sobre la función especial de esta frase en mi libro, una función que lamentablemente, como he podido comprobar, pasa inadvertida muchas veces al leerla. Sin meterme ahora en más argumentaciones sobre la importancia del “Haz Lo Que Quieras” en San Agustín o Rabelais —por no hablar de Crowley—, quiero decir con toda claridad que esa frase, para mí, no constituye una regla de vida. En
La historia interminable tiene validez sólo donde, en mi opinión, tiene que tenerla, en Fantasía, o sea, en el reino de lo imaginario, del arte, de la poesía, de los sueños. Ese reino es, como se sabe, amoral, en él rigen, como se dice expresamente una y otra vez, el bien y el mal por igual y son igualmente necesarios.
Sería absurdo enjuiciar moralmente los sueños, igual de absurdo que si se rechazara en la obra de Shakespeare a Yago o a Lady Macbeth porque son del diablo. Fantasía está, por así decir, para soñar todos los sueños, incluidos los más horribles. Mas para retornar a la realidad exterior, al mundo de los otros hombres, mi protagonista tiene que rechazar precisamente ese signo de la plenitud de poder incluida, naturalmente, la máxima allí escrita. Sólo renunciando voluntariamente a ella encuentra el camino de vuelta, sólo renunciando al “Haz Lo Que Quieras” se convierte Auryn en la puerta de acceso al mundo de los otros hombres.
Bueno, pues ahí está.
Tomado de: Carpeta de Apuntes, de Michael Ende