miércoles, 16 de agosto de 2006


La palabra «experimento» produce hoy por lo visto tal fascinación en mucha gente que casi nadie reflexiona sobre lo que pueda significar. Tenemos hoy ya teatro experimental, exposiciones experimentales, música experimental, escuelas experimentales…, y por supuesto también literatura experimental.

A mí me parece que en todo ello se ha trasladado un concepto de la ciencia (es decir, de la ciencia de la naturaleza, pues no parece posible hacer experimentos filosóficos, jurídicos o incluso teológicos) a un terreno en el que a ese concepto no se le ha perdido absolutamente nada.

Veamos. En las ciencias de la naturaleza se trabaja con hechos existentes que se quiere investigar. Las vinculaciones entre los hechos de la naturaleza están ya dadas, están ahí, aunque nosotros todavía no las conozcamos. Se da a ratones blancos tal o tal medicamento para ver cómo reaccionan. Se generan ciertos condicionamientos físicos y se espera el resultado. Y se toman toda clase de medidas para que ese resultado sea lo más objetivo posible, es decir, para no influir en él con las propias expectativas o ideas.

Pero pretender aplicar un procedimiento semejante en el arte, la literatura o incluso en la pedagogía es totalmente absurdo. En la pedagogía, la pregunta está de más por el hecho puro y simple de que los niños no son en absoluto ratones blancos. En el arte y la literatura, sin embargo, el error es menos fácil de notar porque casi siempre se olvida que ahí no hay hechos ni vinculaciones dadas que se puedan investigar objetivamente, o sea, desconectando las propias ideas y las propias expectativas.

No hay un arte en sí, ninguna literatura en estado natural sin el hombre. Todo es desde un principio creación humana y por tanto no es posible observarlo como libre de valor. El riesgo personal, la aventura, es algo muy distinto del experimento, porque éste tiene justamente la intención de excluir el riesgo personal (a veces las cosas salen mal, indudablemente, pero de eso no se trataba). Nunca, en el arte o en la literatura, se ha dado el más mínimo paso hacia delante mediante el experimento. Siempre ha sido la personalidad de un individuo la que, con todo el peso de sus facultades y de sus valoraciones, ha impuesto nuevas normas.

A mi juicio, todas esas gentes que hacen experimentos con el arte y la literatura me parecen como si en realidad quisieran decir lo siguiente: «Nosotros no estamos de acuerdo, por supuesto, con lo que hacemos. Con nosotros, personalmente, eso no tiene nada que ver. Con ello no nos comprometemos absolutamente a nada. Lo que hacemos es probar, nada más. Puede que salga algo de ello, pero puede que no. Queremos ser completamente objetivos, o sea, no somos responsables de lo que resulte».

Pero not, señores: todo lo que se publica, se expone y se presenta a un público es válido. Tiene que poder ser medido con la misma medida que todo arte o literatura, y eso sin restricciones ni períodos de prueba. No hay comienzos ni tanteos, a no ser que éstos ya tengan por sí mismos calidad de arte.

La mayor o menor buena voluntad no cuenta absolutamente nada, pues, como dijo alguna vez Liebermann tan bien dicho, «el arte es lo contrario de la intención». En lo personal, a mí tampoco me interesa nada alguna obra, cualquiera que sea, por el hecho de que sea nueva. Lo que me interesa, exclusivamente, es que sea buena. Nuevas patochadas se pueden tener cada día a docenas sin gran esfuerzo. (Lo que, por otra parte, parece no percibir el mundillo cultural actual, o más bien, por cosa del negocio, prefiere no percibirlo).

Resumiendo: lo único que cuenta en tales materias son los criterios artísticos. Pero éstos no pueden separarse de la persona. No se puede hacer de la falta de criterios un nuevo principio cultural. Pero si se piensan las cosas hasta el final, tal es el resultado de todos esos intentos.

Au revoir.
Publicado por OswaldoLilly @ 6:37
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