El género del cuento, digo yo, es el más impactante de todos. Por supuesto que me refiero a los buenos cuentos, esas pequeñas obras que te dicen algo, que te llaman a la interpretación, que te desgarran, y a veces te llevan cogido de la mano hasta descifrar el color de la zanahoria. También hay cuentos que te pasman. Éste es, a mi parecer, uno de esos. Lo pongo aquí al servicio de la generalidad.
Belac - Adnama
Alejandra Pinal
«Autx belac odagoha
Adnama cabrt adagoha
Saicimirp discendrt orujnoc
Onu et sod autx belac adnama»
* * *
Lo soñó.
Había sido un sueño loco, patético, desgarrador.
Y esa tarde, mientras caminaban por la ribera, los vio.
Como siempre, eran muchos. Jugaban en grupo y se divertían girando y saltando entre risotaditas burlonas, mirándole de soslayo. Podía ver cuando se lanzaban repetidamente al agua desde el borde de los cascos de los bateles.
Caleb se quedó parado observándolos.
Comprendió que el sueño se repetía intacto, sin mudanza ni variación. Su mente no podía engañarlo. Eran ellos, eran los mismos, los que siempre soñaba.
Cuando vio que le hacían señas, se volvió. No quería mirarlos. Aunque sabía que alguna rara y absurda persuasión ejercían sobre él. Su mente intentaba rechazarlo todo, pero su voluntad se negaba a obedecerle.
La voz de Amanda lo sacó de su ensimismamiento.
-¿Qué sucede, cariño? –preguntó ella, mirándole el rostro-
-No...nada. Me quedé como ido… pero estoy bien.
La chica asintió. Pero un gesto de desaliento se dibujó en su cara.
No era la primera vez que Caleb se abstraía. Aquella enajenación se estaba convirtiendo en una suerte de diabólica rutina, y ella lo sabía. Amanda podía advertirlo en el fondo de sus ojos. Sus ojos, que de repente se transmutaban y que ahora mismo flotaban en el misterio de la nada. Amanda podía notarlo en su mirada perdida, incorpórea y sin destino.
Tomándolo del brazo, lo apartó de la orilla. Atravesaron la carretera y entraron en la plaza.
Sentados en la mesita, bebieron café y desayunaron en silencio.
Caleb pensaba. Pensaba en lo que le estaba sucediendo. Todo eso, francamente, era una extravagante locura. ¿Se estaría volviendo loco? Pero no. Él sabía que todo era real. Tan real y tan cierto como que ellos habían estado allí, mirándolo burlonamente. Él mismo los había visto cuando se lanzaban y nadaban en el río. No tan sólo los percibía en sus sueños sino también podía verlos en persona.
¿En persona? ¿Estaría bien dicho eso?
Pagaron el servicio y se marcharon.
Apenas traspuesto el umbral de la casa, Pitt comenzó a rasguñarle el jean a Amanda, ronroneando entre sus piernas con solicitud.
-Pitt, mi querido Pitt…vamos a ver… ¿qué es lo que tienes en la boca? –dijo sonriente, mientras se inclinaba-
La chica levantó al animal y de inmediato lo dejó caer al piso, horrorizada. El grito hirió los tímpanos de Caleb, que estaba lavándose las manos en el baño. Salió corriendo hacia la sala y halló a Amanda acurrucada tras la puerta, con un gesto de terror reflejado en sus facciones. Los ojos casi se le salían y su piel estaba lívida.
-¿Qué sucede?
La joven apuntó hacia el animal, que había saltado detrás del sillón.
Caleb se asomó entre los muebles y descubrió a Pitt agazapado bajo el asiento. Quiso sacarlo, pero el gato le lanzó un zarpazo que le desgarró la piel. Caleb sacudió el brazo y se incorporó. Quiso volverse hacia Pitt, pero éste había corrido a la ventana, brincando hacia la calle.
Apretándose la mano lastimada, Caleb se acercó a la chica y la levantó. Se sentaron en la sala y le preguntó:
-¿Qué ha sucedido?
La joven tenía los ojos dilatados y temblaba vivamente, sin poder decir palabra. Caleb la abrazó con ternura y le acarició los cabellos. Fue hasta la cocina y le sirvió un poco de agua. Amanda tomó unos sorbos y se fue recuperando. Por fin pudo balbucear.
-Pitt…no era Pitt…no era él.
-¿Cómo dices?
-No era Pitt…no era Pitt... –repetía sin cesar-.
Caleb la miró con extrañeza.
-Trata de calmarte, linda. ¿Quieres explicarme lo que ocurrió?
Amanda movió la cabeza.
-Esa cara… no era la de Pitt…era…era otra cosa…
-Vamos Amanda. No entiendo ¿Puedes explicármelo despacio?
-Te digo que no era Pitt…cuando lo levanté y lo vi, no era su cara…era otro rostro…y además, pesaba demasiado…
-¿Otro rostro? ¿Pesaba demasiado?
-Si…si…
-¿Y cómo era ese rostro? Vamos, dímelo, cariño...
-Era…como el rostro de un niño… no sé…porque cambió de pronto… se transfiguró…
Caleb se estremeció.
-¿Se transfiguró…? –repitió Caleb pensativo-
-Si... todo fue fugaz, pero pude verlo bien… créemelo…
Caleb suspiró profundamente, antes de inquirirle:
-Dime, Amanda… ¿Cómo era ese rostro? ¡Tienes que recordarlo!
Ella asintió, cerrando los ojos.
-Pues no era un gato…era otra cosa… diferente… sus ojos eran diferentes…los ojos eran distintos y también su cara…
-¿Cómo eran sus ojos? –insistió Caleb-
-Eran rasgados…orientalizados…no sé…
-¿Era un rostro de niño…grande?
-¡Si, exacto! ¿Cómo lo sabes? –dijo Amanda sorprendida-
Caleb guardó silencio, antes de susurrar para sí.
-¡Dios mío! Son ellos. Son los mismos.
* * *
Caleb no podía dormir.
Recostado en el lecho con las manos bajo la nuca, sólo pensaba. Las imágenes iban y venían revoloteando en su mente como hojas de otoño barridas por el viento.
¿Qué había sucedido aquella vez?
Tenía que recordarlo.
Volteó a mirar el rostro de Amanda, que al fin se había adormilado luego de expresarle largamente sus miedos y sus temores. Admiró su perfil recto y sus atractivos labios pulposos. Contempló su respiración entrecortada y sus grandes ojos cerrados. Aún laxa, en su semblante no había quietud. Ahora se sobreponía una sombra de turbación, de recelo, de temor a lo desconocido. Una lucha y un rechazo a una presencia velada que se cernía sobre ellos.
¿Qué había sucedido aquella vez?
¡Dios! ¡Tenía que recordarlo!
Se levantó y caminó hasta la cocina. Se sirvió un poco de agua y retornó a la recámara. Y allí lo vio, dormitando tranquilamente sobre el piso. El animal lo sintió venir y levantó la cabeza. Su cara era la cara de un gato. Caleb se miró la mano enrojecida que empezaba a cicatrizar, y sonrió.
Atravesó la estancia y retornó a la cama.
Y de pronto, como la luz de un relámpago, lo recordó. Las escenas le llegaron de repente, como aluvión, desbordando su memoria.
Si. Todo sucedió cuando era niño; cuando era apenas un mozalbete de diez u once años.
«Estábamos jugando. Todos jugábamos en grupo, y teníamos que ocultarnos. Había que correr y correr mucho. Todo era monte; todo era maleza. Y esa vez corrí y corrí como nunca. Y de repente los vi, movilizándose en grupos. Eran varios, eran muchos, eran legión de ellos. No sé, pero creo que eran varios centenares. Parecía un inaudito ejército de niñuelos sin ropa. Porque… eran como niños… pero eran muy extraños. No llevaban ni un solo trapo encima. Sus ojos eran parecidos a…a los de ésos niños de oriente. Porque los tenían rasgados, muy rasgados, como mongoloides…sí, ese es el término: mongoloides. Y brincaban y saltaban en grupitos de seis o siete, sin separarse demasiado entre sí. Siempre estaban juntos…y también eran… ¿cómo decirlo?… eran asexuados, sí… porque no les veía nada entre las piernas, y eran como enanos…sí…tenían las piernas cortas pero la cara de adulto… de adulto con cuerpo de niño…tenían un cuerpo como el de los enanos.»
De inmediato quiso despertar a Amanda moviéndola de los hombros.
La chica abrió los ojos y lo miró con reconcomio:
-¿Qué…qué pasa?
-Nada, nada, cariño. Es sólo que… lo acabo de recordar…lo he recordado todo.
Amanda se desperezó sentándose en la cama. En pocos minutos, Caleb le refirió sus reminiscencias. La joven lo escuchaba absorta.
-¿Enanos? –Soltó Amanda, al escuchar la última frase-
—Si…eso dije…enanos. Eran como enanos de circo… o alguna cosa parecida.
Se hizo un largo silencio.
Amanda, sin dejar de mirarlo, le preguntó en frases lentas:
—Dime, Caleb. ¿Estos…enanos… que viste en el río, tenían los ojos rasgados?
—Sí, sí, los tenían.
—Entonces eran iguales a los que viste cuando niño ¿No es así?
—No cabe la menor duda.
La chica se quedó pensativa. De pronto dijo:
—¿Crees que todo esto tenga algún significado? ¿Tendremos nosotros algo que ver con ellos?
—No lo se.
—Pero…aquella vez…cuando tu niñez… ¿Hicieron algo? ¿Notaste alguna cosa que te llamara la atención?
Caleb guardó silencio.
—No —dijo—. A no ser por….
Amanda, desesperada por escuchar el resto de la frase, le arengó impaciente:
—¿A no ser por qué?
—A no ser por eso que….todos ellos decían…
El éxtasis de la joven iba en aumento.
—¿Podían hablar? ¿Entendiste lo que decían?
—Sólo gesticulaban y pronunciaban ciertas frases que todos repetían… pero no puedo recordar bien lo que era.
Amanda torció la boca, decepcionada.
—Oh, Caleb. ¿Te das cuenta que allí puede estar la clave de todo?
—No podría asegurar eso.
—Si, claro, no podemos asegurar nada, pero ¿no sería mejor investigar?
—Podríamos investigar, claro; pero, ¿con quien haríamos eso?
—No sé… pero podemos averiguarlo.
Caleb movió la cabeza afirmativamente.
Se abrazaron con fuerza y se dejaron caer lánguidamente sobre el lecho. El tibio cuerpo de Amanda se enredó entre las piernas de su esposo y se olvidaron por un buen rato de las apariciones.
Luego, se quedaron dormidos.
* * *
—Mira Amanda, yo no sé lo que estás buscando, pero te aseguro que Butrón es un erudito en muchas cosas. Y ya que no me lo quieres decir, al menos deberían consultarle.
-¿Cómo puedo localizarlo? –preguntó la joven-
-Desde antes que se apartara de la universidad me dejó su teléfono. Llámale de mi parte, quizás te quiera recibir.
-Gracias, papá. Te lo agradezco de verdad.
Se despidieron, y Amanda salió a la calle.
Antes de encontrarse con Caleb, que había ido con el barbero, la joven decidió hacer la llamada. Pero no encontró a Butrón. Dejó sus datos en la grabadora del celular y cortó. Después, se encaminó al centro comercial donde se encontraría con su esposo.
En la barbería, Caleb hojeaba una revista de deportes mientras el peluquero le acicalaba el rostro con parsimonia. La navaja corría lenta entre el jabonoso afeite, en tanto el joven se relajaba bajo la paz de los lienzos.
Fue en esos instantes cuando escuchó la risita.
Eran las mismas risitas del río, sarcásticas y mordaces; irónicas y virulentas. Sobrecogido, levantó al instante los ojos. La cara del barbero era la de un enano oriental, de ojos mongoloides, boca alargada y dientes afilados. Estaba subido en un banquillo de madera y sostenía la navaja entre sus diminutas manos.
Caleb se deslizó de la silla y corrió hacia la calle, sin ocuparse del pechero que llevaba puesto. En su rostro pálido y verdoso se advertía una expresión de terror que le expandía totalmente las pupilas.
Entró como una exhalación en la plaza y cruzó el vestíbulo. Divisó a Amanda, sentada en una mesa cubierta por una sombrilla. Se llegó hasta donde estaba y le ordenó que liquidara el servicio.
La joven, advirtiendo su estado, se apresuró a obedecerle. Poco después, llegaban a su domicilio. Ya en la intimidad, Amanda se enteró con detalle de lo sucedido.
Molesta por todo lo que estaba ocurriendo, le confió a Caleb sus pesquisas y lo que había sabido de su padre. El joven sólo asentía, estremecido aún por los sucesos.
Por la tarde, sonó el teléfono. Era Butrón. Amanda y él intercambiaron palabras y acordaron una cita.
Al día siguiente salieron muy temprano. Caleb guiaba el auto por las montañas bajo el monumental aguacero que azotaba las cordilleras. Pensaba que al tal Butrón, con toda seguridad, se le había desajustado la chaveta y se había ido a vivir a lo más alto del macizo montañoso.
Tres horas tardaron en dar con él, entre divididos y solitarios caminos que se abrían paso por la apretada serranía.
Butrón era un hombre sesentón, de rostro inteligente, ojos vivaces, y muy poco pelo. Su calvicie se había acentuado casi por completo, y sólo tenía cubierta de canas la parte trasera de la cabeza.
Los recibió con seriedad y los pasó rápidamente al interior de la cabaña. Se trataba de una choza pequeña hecha de maderos naturales perfectamente adosados. Afuera, la tormenta seguía cayendo con saña y los relámpagos y truenos se sucedían sin parar.
El hombre señaló el piso, donde se veían varios cojines. La pareja se sentó mientras recibían de Butrón una bebida servida en sendos vasos de cartón.
-Es aguardiente de miel que yo mismo he destilado. –dijo-. Todo por acá es natural; nada de imitaciones.
Caleb apuró un buen sorbo y Amanda lo imitó. Algo caliente atravesó sus gañotes provocándoles una grata sensación de relajamiento.
-¿Y bien? –preguntó parcamente el profesor, mirando a la joven pareja.
Caleb le refirió toda la historia sin omitir ningún detalle. De cuando en cuando Amanda intervenía para subrayar algún punto que le parecía necesario recalcar.
Al terminar Caleb de relatar los hechos, Butrón se sumió por largo rato en la meditación y el mutismo. Después se levantó y entró en un cuartillo lateral. Varios minutos tardó en aparecer con un grueso libraco en la mano. Sobresalían entre los desgastados folios varias hojas decoloradas que contenían muchas notas escritas a tinta negra, medio borrosas por el tiempo.
Se sentó nuevamente frente a ellos, diciendo:
-¿De modo que no puedes recordar lo que decían, no es así?
Caleb asintió.
-Tengo por aquí algunas cosas que quizás sirvan –dijo el viejo- Te las iré diciendo, pero tendrás que esforzarte en recordar.
—Está bien –contestó Caleb-
Antes de iniciar, Butrón dibujó en torno a sus cuerpos un círculo de tiza en el piso de madera y pronunció algunas frases ininteligibles. En seguida abrió el libro y comenzó a leer.
Su voz era apenas audible entre los frecuentes estallidos de la tempestad. Pero Caleb y Amanda no perdían palabra de lo que decía. Por un rato leyó Butrón infinidad de versículos del extraño libro, sin detenerse.
«Autx belac odagoha
Adnama cabrt adagoha
Saicimirp discendrt orujnoc
Onu et sod autx belac adnama»
No es que las palabras y las frases que decía el profesor fuesen expresadas en un idioma conocido ni mucho menos, pero la pronunciación de esta última cuarteta, por alguna razón ignorada, pero al mismo tiempo coherente, hizo cavilar profundamente a Caleb.
—¡Alto! –dijo- ¡Repita por favor eso último que ha dicho!
Butrón lo observó con una extraña mueca en los labios.
Volteó a ver a Amanda y sus ojos se encontraron como si fueran dos brasas de fuego. Amanda se estremeció y bajó la vista de inmediato.
El viejo, volviéndose al libro, repitió entre silabeos:
«Autx belac odagoha
Adnama cabrt adagoha
Saicimirp discendrt orujnoc
Onu et sod autx belac adnama»
-¡Sí! –exclamó Caleb- ¡Eso era! ¡Eso decían! ¡Es lo que todos ellos repetían!
* * *
Recogida entre los brazos de Caleb, Amanda no dejaba de pensar en todo lo que el viejo Butrón les había revelado en la soledad de la alta montaña. De tan sólo recordarlo, un escalofrío le recorría la espalda y algo duro y pesado se le formaba en el centro del estómago.
Caleb se había quedado dormido ya de madrugada, pero ella no había podido pegar los ojos en toda la noche. ¡Aquello era demasiado! Cuando el resplandor de las primeras luces asomó por los ventanales de cristal, se separó del abrazo de su esposo y se levantó de la cama.
Fue hasta la salita y se le quedó mirando al vetusto libro que Butrón les había entregado el día anterior, prestado por unos días. Se sentó frente a él y dudó un poco en abrirlo. Recordaba lo que el viejo y calvo erudito les había recomendado antes de que abandonaran la cabaña.
Amanda volvió a turbarse, pero en el fondo estaba decidida a hacerlo. Aun cuando Caleb no estuviera de acuerdo, ella buscaría la manera de enterarse de todo. Un fuego profundo avivaba sus instintos y no iba a cejar en su propósito sólo porque el viejo Butrón lo hubiera dicho. Se inclinó para abrir las rancias solapas encuadernadas, y leyó por largo rato sin despegar la vista de las amarillentas hojas. De vez en cuando se volvía para mirar la puerta abierta de la recámara a fin de vigilar a Caleb, quien continuaba durmiendo profundamente.
Hubo un momento en que, habiendo llegado justamente al párrafo donde se hallaban escritas las frases que Butrón pronunciara solemnemente en la cabaña, la chica sintió extrañas presencias que comenzaban a manifestarse con insólito vigor a su alrededor.
Espantada por el tremendo efecto de terror que le producía el enrarecido ambiente, recordó que el viejo les había facilitado la tiza y el conjuro que debía pronunciarse antes de releer alguna de las cabalísticas cuartetas y sextetas escritas en el libro.
Amanda no quiso seguir, temerosa de echarlo a perder. Pero sí creyó conveniente asegurarse de tener a la mano los elementos del conjuro para continuar explorando a solas, en los momentos que le fueran propicios.
Pero por ahora, tenía que encargarse de los víveres. Se duchó, le dejó una nota a Caleb, y se fue de compras al supermercado.
Media hora después, cuando Caleb abrió los ojos, una rara sensación lo embargó por dentro. Como un autómata abandonó la cama, se vistió, y como si estuviera obedeciendo a una voz invisible, se encaminó hacia el río.
Cuando llegó a la ribera, entre los numerosos bateles que se mecían suavemente sobre la superficie, se movilizaban cientos de asexuados pequeñuelos de ojos rasgados y piernas cortas, como las de los enanos, que se divertían ruidosamente rociándose con agua y lanzándose al río entre el bullicioso aquelarre que sólo Caleb podía ver y escuchar.
Una multitud de brazos y manos se revolvían invitándolo a acercarse. Caleb, como un hipnotizado, se detuvo muy cerca de la orilla. Desde allí escuchó el cuchicheo de voces que pronunciaban al punto la frase, aquella frase que había oído desde que era pequeño, y cuyo desconocido significado aun no había podido adivinar.
«Autx belac odagoha
Adnama cabrt adagoha
Saicimirp discendrt orujnoc
Onu et sod autx belac adnama»
Pero en esta ocasión, el joven lo escuchaba todo como un canto, como una entonación, como una rara nota musical compuesta de estrofillas que le provocaban intensas sacudidas.
El murmullo de la sonata cantarina se intensificó y un grupo de pequeñuelos dejó los bateles para llegarse hasta Caleb. Tomándolo por los brazos lo fueron acercando a la orilla mientras los cánticos aumentaban de tono y el ritmo se hacía más veloz, todo ello con una intensidad avasallante.
La multitud de enanos había dejado de lanzarse al agua para contemplar con cáusticas sonrisas el esperado arribo de Caleb al polo de la ribera. Lo fueron metiendo lentamente en el agua hasta que ésta le cubrió las rodillas. Y entonces se hizo el silencio.
Ese silencio, después de la desvergonzada y escandalosa batahola, venía a ser una suerte de preámbulo inconcebible que auguraba, sin duda, el advenimiento de un suceso mayor.
En medio del aciago silencio, de aquel silencio que cortaba el tiempo, se escuchó la voz de uno de los enanos que profería solemnemente:
«Autx belac odagoha
Adnama cabrt adagoha
Saicimirp discendrt orujnoc
Onu et sod autx belac adnama»
Un sordo griterío se levantó de pronto y los juegos volvieron a desbordarse con más estridencia que antes.
Intempestivamente, cientos de enanos comenzaron a saltar sobre el dorso de Caleb, quien se agitaba y se doblaba al sentir el enorme peso de sus gravosos cuerpos sobre sus espaldas.
No pasó mucho tiempo para que Caleb se fuera derrumbando sobre las aguas, en tanto que la multitud enardecida no dejaba de echársele encima sin piedad, hundiéndose como se hundía el cuerpo de su víctima.
El ritual acabó muy pronto; casi tan pronto como había comenzado.
Cuando la legión de diminutos hombrecillos desapareció del escenario ribereño, el inmóvil cuerpo de Caleb no se veía por ningún lado.
* * *
A pesar de la tormenta, el auto avanzaba a gran velocidad por el montañoso camino de curvas, a riesgo de volcarse en alguna de las peligrosas espiras. Amanda, empero, no estaba dispuesta a aminorar la marcha por ningún motivo. Además, la cita con Butrón era a las cuatro.
Cuando el auto penetró en el sendero que conducía a la cabaña, Butrón ya la esperaba parado en el porche de troncos de pino.
Poco después, Amanda entraba con el profesor en la sala para ir a sentarse sobre los cojines.
—¿Qué es lo que ha pasado? —le preguntó Butrón—.
—¡Caleb ha desaparecido! —exclamó la chica—. Lo he buscado por todas partes sin resultado.
Butrón se rascó la barbilla mientras miraba con atención a la joven.
—¿Estás segura de que no pudo haber ido a ningún otro lado?
—¡Claro que no! Conozco bien a mi esposo y sé que no lo haría sin avisarme.
El hombre no contestó. Pensó por largo rato mientras la chica lo miraba suplicante.
—Está bien —le dijo—. Haré la investigación y sabremos en dónde está.
—¿Puedo quedarme para ver?
—Lo siento —dijo él—. Tengo que hacer eso en privado. Pero puedes esperarme afuera.
La joven asintió, un poco desconsolada.
Salió de la estancia para ir a sentarse en el piso de troncos, y esperó. La tarde caía lentamente y los negros nubarrones volvían a amenazar tormenta. No pasaron ni diez minutos cuando las gruesas gotas comenzaron a golpear con fuerza el techo y el porche. Amanda se levantó y fue a acomodarse con el cuerpo pegado a los troncos de la pared.
Cuando Butrón abrió la puerta, media hora después, la joven advirtió que tenía el ceño fruncido.
Rápidamente se lanzó hacia él y le preguntó:
—¿Ha averiguado algo? ¿Sabe en dónde se encuentra?
El viejo movió la cabeza.
—¡Por favor dígame en dónde está!
—Lo siento mucho, Amanda… tendrás que ser fuerte.
A la joven casi se le salen los ojos de la cara.
—¿Qué quiere decir? ¡Vamos dígame….!
—Ellos han actuado. —dijo lacónico—. Seguramente advirtieron algo y se nos adelantaron.
La chica lanzó un sollozo que a Butrón le estremeció el corazón. Lloró abrazada a él hasta que los espasmos fueron cesando. La noche había caído en la montaña, pero afuera, no paraba de diluviar.
Butrón le dijo:
—No será conveniente que te marches ahora. Seguro te estarán vigilando. Quédate conmigo y mañana buscaremos el cuerpo. Necesitamos rescatarlo antes de que ellos vuelvan a utilizarlo.
Amanda no le contestó.
El profesor le cedió su recámara después de hacerse un espacio en la sala.
Al día siguiente descendieron a la ciudad. Butrón le pidió a la joven que se detuviera frente a una tienda de autoservicio. Bajó, compró algunas cosas y volvió al auto diez minutos después. Llegados a la ribera, rentaron un bote de motor y fue el propio profesor quien condujo la lancha hasta el centro del río.
Con el rostro inexpresivo y las ojeras oscuras, Amanda lo miraba actuar sin hacer ningún comentario.
Butrón se sentó, se hizo de un platito de plástico y lo depositó en el fondo de la embarcación. Sacó después una vela de cera y un encendedor, y prendió la mecha. Dejó que la flama quemara la cera y la inclinó sobre el centro del plato. Luego, la pegó firmemente en el fondo.
Acercándose a la quilla, depositó el platito sobre la superficie del agua. Después, esperó.
Amanda había seguido las maniobras de Butrón en silencio, pero sobreponiéndose, quiso indagar lo que hacía preguntándole:
—¿De qué se trata todo esto, profesor?
—Aguarda y lo verás. —dijo Butrón—.
Al principio, el plato se convirtió en una suerte de rehilete sobre el agua, y comenzó a girar velozmente bajo el impulso de las encontradas corrientes superficiales. Pero no pasó mucho tiempo para que se fuera deslizando lentamente, como si siguiera una ruta propia.
Butrón activó la marcha y siguió lentamente el curso de la vela sobre el río. El platillo avanzaba hacia un punto; se detenía; giraba en círculos, y volvía a desplazarse hacia otro polo. Entonces Butrón lo seguía de cerca pero sin interferir en nada su curso.
Amanda ya se había incorporado y ahora acompañaba al profesor en la observación del insólito ritual acuático. Hubo un momento en que el plato, con la vela brillando dentro de sí, se lanzó con extraordinaria velocidad hacia un punto situado unos cincuenta metros más allá.
Butrón acercó la lancha con sigilo y en sus ojos brilló una luz de sospecha que Amanda no pudo advertir. La escudilla se detuvo por completo durante varios minutos en un determinado punto del río, para después comenzar a girar vertiginosamente.
El profesor esperó pacientemente hasta que, convencido de que había localizado lo que buscaba, comenzó a quitarse las ropas.
Amanda le preguntó sorprendida:
—¿Qué es lo que hace usted?
—Tengo que darme un chapuzón, pero no tardaré. —contestó impávido—.
Cogiendo un manojo de cuerdas, le dijo:
—Tú espérame aquí. Y si ves o sientes algo raro, hazte el círculo y pronuncia estas palabras —dijo, dándole un papel doblado—.
La joven asintió, con el ceño fruncido.
Butrón se arrojó al agua con los pies por delante y las cuerdas en la mano. Varias veces se sumergió y salió a la superficie sin decir una palabra. Butrón repitió las maniobras sin que Amanda alcanzara a comprender lo que hacía. La chica lo miró desaparecer y emerger sucesivamente, sin conocer el verdadero propósito de su búsqueda.
Media hora después, por fin se trepó a la lancha. Sacudiéndose el agua del cuerpo, le dijo:
—Ya está. Ahora sólo tengo que jalar la cuerda.
Butrón colocó la punta del chicote en la polea y se dio a tirar de la bobina lentamente hasta que un bulto fue emergiendo por un costado de la embarcación.
—¿Qué es eso? —preguntó Amanda, con el rostro desencajado—.
—Amanda, no quiero que veas nada. Te he dicho que seas fuerte, y tendrás que serlo más, ahora que hemos encontrado a Caleb.
Los gritos de Amanda fueron tan desgarradores, que el mismo Butrón, que presumía de ser un hombre frío, no pudo evitar estremecerse a causa del dolor de la chica.
* * *
Después de las exequias, Amanda no quiso ver a nadie.
Su encierro se volvió permanente, y ni sus familiares ni sus amigos pudieron sacarla de su estado depresivo.
Sólo el profesor Butrón, el amigo de su padre, no dejaba de visitarla, aunque realmente eran pocas las palabras que podía cruzar con ella.
Pero a casi un mes de los funerales, Amanda comenzó a dar visos de recuperación.
Una semana después, ella misma buscó a Butrón. El profesor se alegró mucho de que la chica se esforzara en soportar la adversidad, y esa misma tarde forjaron el plan que Caleb, para su infortunio, no había podido concretar con éxito.
Se retiraron por varios días a la cabaña de Butrón, donde podrían trabajar sin problemas.
Lo dispusieron todo sobre el pisito de la sala de madera, y el profesor hizo el círculo protector pronunciando el consabido conjuro. Abriendo el libro, comenzó a explicarle a Amanda todo lo que sabía acerca del maléfico poder de los duendes.
Pero del extraño significado de la cuarteta; aquella frase enigmática que encerraba la clave de lo que estaba sucediendo, Butrón se negó a hablarle hasta que todo hubiese concluido. Y aunque Amanda no estuvo de acuerdo, tuvo que conformarse con la terminante decisión del profesor.
Por tres días se mantuvieron ocupados trabajando en lo suyo. Ahora el paradigma era acabar con la maldición que Caleb había venido arrastrando por generaciones. El profesor le fue explicando a la joven la forma como operaban los anatemas cuando ha existido en el pasado algún pacto o alianza con alguna fuerza oculta.
Le reveló que algunas de estas condenaciones, en muchos de los casos, llegaban a alcanzar a los hijos, a los nietos y hasta a los biznietos, sin que ninguno de ellos pudiera ni siquiera llegar a saberlo. Tal había sido el caso de Caleb, aunque en aquellos momentos era totalmente inútil conocer todo eso.
Lo que realmente importaba —le dijo el profesor—, era hallar el modo de que las tales fuerzas retornaran al cono del tiempo de donde habían provenido.
Butrón y la joven lo prepararon todo para el viernes siguiente.
Y llegado el momento, con todas las precauciones del caso, se protegieron con los conjuros salidos del libro de Butrón, y dibujaron un doble círculo de tiza blanca sobre el piso, donde debían permanecer protegidos. Pero la mejor arma que tenían a su disposición eran las enormes lunas que Butrón había mandado colocar en una de las paredes de la cabaña, las cuales habían cubierto con un impresionante cortinaje que ellos podrían accionar desde el lugar donde se encontraban.
Lo probaron todo sin dejar un solo detalle al azar. Y esa noche, la noche de viernes, pusieron manos a la obra.
El profesor Butrón y Amanda, con sendos espejos colgando del cuello, empezaron a pronunciar las sextetas prohibidas que acumularían las fuerzas en su derredor, provocando la aparición.
No pasó mucho tiempo para que se empezaran a escuchar los primeros alaridos.
Eran chillidos como de niños, acompañados de una serie de bullicios y alharacas iguales a las que Caleb escuchara en sus sueños, las mismas que advirtiera entre los bateles en la ribera del río.
Amanda se estremeció ante semejantes sonidos del infierno y se apretó contra el cuerpo del profesor en un intento por detener los conjuros. Pero Butrón sabía que no podían volverse atrás.
Los primeros enanos aparecieron sobre las sillas, montados unos sobre otros, como intentando hacer cuadros piramidales entre bromas y risotadas. Reían a carcajadas mirando hacia todos lados, batiendo palmas, saltando y brincando, bailando y moviéndose sobre sus cortas patas.
Su presencia se multiplicaba prodigiosamente, y en pocos minutos había cientos de ellos dentro de la cabaña. Algunos comenzaron a tirarse los cojines, entre risas y carcajadas demenciales. El profesor y la chica no dejaban de pronunciar la invocación mágica. Butrón sabía que necesitaba reunirlos a todos antes de dar el siguiente paso.
Era curioso, pero los enanillos, al parecer, no podían ver a la pareja. El círculo de tiza y el conjuro eran su más poderosa protección. Pero fuera de allí, cualquiera de los dos sería vulnerable y podía ser atacado por la turba demoníaca.
Cuando el profesor supo que la toda legión estaba convocada, tiró del cintillo que desveló la cortina de la pared. Los gritos y aullidos se dejaron sentir como los más impresionantes ecos del infierno. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo entre el fragor de un fuego extraño que dejaba un terrible olor a hueso quemado.
Mas cierto grupillo de duendes, adivinando la treta, comenzaron a girar sus cuerpos con una velocidad impresionante, moviéndose como un tornado por toda la estancia. Era inminente que fuesen a chocar con el profesor y la chica, que no pudieron sustraerse al impacto del golpe, y fueron a caer fuera del círculo.
Otro grupo de duendes cayó sobre cada uno con fuerza impresionante. Los alaridos de terror que Amanda profería podían oírse aún por encima del diabólico bullicio que los enanos producían. Pero el profesor, cogiendo el espejillo que llevaba al cuello, lo levantó frente a su rostro y lo expuso ante la turba. Los duendes se esfumaron como por arte de magia.
Acudiendo en ayuda de la joven, repitió la operación arrastrándola con rapidez hacia el interior del círculo.
Media hora después no quedaba un solo duende visible.
La pesadilla había terminado.
* * *
La cena había estado deliciosa, y Butrón se lo dijo a Amanda mientras le daba las gracias por la invitación.
La chica sonrió agradecida.
Cuando el profesor se levantó del asiento, Amanda le preguntó:
—¿Mandó quitar los espejos, profesor?
Butrón sonrió con desenfado.
—Bueno —dijo—. Después de la guerra de guerrillas que enfrentamos, hasta a mí me gusta verme ya de cuerpo entero en esas lunas.
Amanda se carcajeó. Y también Butrón.
Ambos sabían que lo peor había pasado.
Amanda pensó en Caleb, pero ya no sufría. Había aprendido que de nada le serviría sufrir ante lo irremediable.
El profesor se dispuso a salir. Amanda, parada en la puerta, lo vio abordar el jeep.
Butrón encendió el motor y se deslizó lentamente por la calle. Pero unos metros más allá, se detuvo.
Amanda se sorprendió y salió hasta el pórtico a recibirlo.
El profesor caminó hacia ella y metió la mano en la bolsa de su chaqueta.
—¡Qué mala cabeza soy! Me olvidé que tenía algo para ti. —le dijo Butrón, dándole un sobre blanco—.
Sorprendida, la joven tomó el sobre.
Vio cuando las luces del vehículo se perdieron en la sombras.
Entró en la casa y abrió el sobre apresuradamente. Un extraño sentimiento le colmaba el corazón, llenándola de ansiedad.
Sacó la hoja de papel y la depositó sobre la mesa. Allí pudo leer el secreto que por fin Butrón le revelaba.
«Autx belac odagoha «Autx caleb ahogado
Adnama cabrt adagoha Amanda cabrt ahogada
Saicimirp discendrt orujnoc Primicias discendrt conjuro
Onu et sod autx belac adnama» Uno et dos autx caleb amanda»
El corazón le dio un vuelco.
Ella y Caleb habían tenido el secreto a la mano, pero no habían sabido interpretarlo.
Suspirando profundo, tomó la hoja de papel, entró en la cocina y encendió el quemador. Luego, metió en él la punta de la hoja.
Esperó a que las llamas terminaran de abrasar el papel, y después, lo tiró a la basura.
Los últimos restos de la flama se le quedaron grabados en la mente.
Pero Amanda sabía que el fuego purifica.
Y había que purificar ese conjuro para siempre.