Una especie de hormiga oriunda de América Central y del Sur abre y cierra sus mandíbulas a una velocidad de entre 35 y 64 metros por segundo y con una fuerza que excede 300 veces el peso de su víctima.
En apariencia las hormigas latinas suelen ser más fuertes que los insectos de su clase que viven en otros puntos del planeta.
Cotidianamente uno se encuentra con cada noticia que dan ganas de….bueee, mejor no lo digo, jeje. Ahora mismo he sacado de un periódico esta nota que quiero pegar aquí:
Una especie de hormiga oriunda de América Central y del Sur abre y cierra sus mandíbulas a una velocidad de entre 35 y 64 metros por segundo, lo que son los movimientos animales más rápidos que se conocen. (A todas luces mucho más rápida para morder que cualquiera de los policías federales de caminos u oficiales de tráfico de cualquier ciudad latinoamericana).
Bien. Un equipo de investigadores encabezado por Sheila Patek, profesora de biología de la Universidad de California en Berkeley, registró el tiempo de la mordida de las hormigas
Odontomachus bauri, que cifró en 0.13 milisegundos, esto es 2 mil 300 veces más rápido que el parpadeo del ojo. Los investigadores publicaron sus hallazgos en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
Las mandíbulas, que las hormigas usan para capturar su presa y para defenderse, generan fuerzas que exceden 300 veces el peso del insecto.
Las hormigas estudiadas por los investigadores tenían masas de cuerpo que iban de 12.1 a 14.9 miligramos.
"Uno pensaría que lo más importante es la velocidad con que se cierran las mandíbulas, pero lo que realmente impresiona es la aceleración -indicó Patek-. La aceleración es enorme en relación con la pequeña masa de las mandíbulas. Esas mandíbulas operan en el límite máximo en biología en términos de lo que se conoce de velocidad y aceleración."
En lo que hace a la aceleración, los halcones pueden precipitarse desde las alturas a casi 480 kilómetros por hora, pero esas aves deben partir desde grandes alturas y cuentan con la ayuda de la fuerza de gravedad para su aceleración.
Patek explicó que, en cambio, animales como las hormigas y el camarón mantis -a quien hasta ahora se había atribuido el récord mundial por velocidad de ataque- usan energía almacenada en sus propios cuerpos.
Las mandíbulas de las hormigas en este estudio, por ejemplo, las mueven un par de enormes músculos contráctiles en la cabeza del insecto. Esos músculos actúan cuando se sueltan sus “trabas” ubicadas, cada uno, en una placa como un escudo, llamada clípeo. "La existencia de un sistema de 'trabas' es crítica para la obtención de velocidades explosivas" -indicó Patek-. "En general los músculos no son buenos para la generación de movimientos veloces. Si uno trata de disparar una flecha no llegará muy lejos. Pero cuando se usa una ballesta, la energía elástica está almacenada en el arco, y el movimiento de una traba suelta esa energía de manera casi instantánea. Como resultado la flecha va mucho más rápido y más lejos. Y eso es, exactamente, lo que hacen los organismos veloces".
Así es que las
Odontomachu bauri pueden lanzarse a sí mismas por el aire con un simple chasquido de sus mandíbulas, y llegan a alturas de hasta 8.3 centímetros y distancias horizontales de hasta 39.6 centímetros.
En un humano de, digamos 1.68 metros de altura, esto significaría un salto equivalente a 13.5 metros de altura o un salto largo de 40 metros. La trayectoria del salto de las hormigas depende del propósito del chasquido de sus mandíbulas.
Cuando las hormigas, solas o en grupo, se aproximan y atacan a un intruso más grande, al mismo tiempo rebota alejándose del intruso al que deja lastimado. En estas maniobras de "defensa por rebote", las hormigas
Odontomachu bauri saltan en promedio unos 22.3 centímetros horizontalmente, pero apenas 0.8 a 5.7 centímetros de altura.
Pero cuando la hormiga necesita escaparse rápidamente de un intruso, golpea la mandíbula contra el suelo y salta a alturas que llegan de 6.1 a 8.3 centímetros, aunque la distancia horizontal cubierta es de apenas 3.1 centímetros. Y todavía lo que nos falta por saber.
La próxima vez que un poli de esos me quiera morder, no dudaré en gritarle a voz en cuello: ¡Odontomachu!