domingo, 27 de agosto de 2006


Es un hecho que nuestras carreteras (las de México y las de algunos otros países de América) están, por lo regular, en terribles condiciones de tráfico. En ocasiones es un verdadero trance circular por un asfalto lleno de socavones que, en menor o mayor grado dan pie a riesgosos accidentes con el consecuente efecto de pérdida de vidas.

Al reflexionar sobre esto me vienen a la mente las «bases técnológicas» —al menos yo no podría nombrarlas de otra manera— de que los antiguos romanos se sirvieron para poder construir sus legendarias calzadas, consideradas hoy como las mejores y más eficientes obras arquitectónicas, y que han sido utilizadas por miríadas hasta hoy. Hacer un paralelismo entre la calidad de nuestras “vías modernas” y las hechas por los romanos, luego de que han transcurrido miles de años de “supuesto progreso”, me ha dejado un acerbo sabor de boca.

Para no dejar, diré que las calzadas romanas se extendían por todo el mundo entonces conocido: iban desde Roma hasta el Canal de la Mancha, atravesando los Alpes; desde Asia Menor hasta España, cruzando todo el norte de África. Pero el firme de estas calzadas no servía únicamente para el paso marcial de las legiones sino que también ayudaba a los viajeros a llegar a su destino con la máxima rapidez posible. Parece increíble, pero en el tiempo de los romanos se viajaba desde París a Constantinopla con mayor rapidez y menor riesgo que en 1800. Comprobado.

Pero los métodos de construcción de esas calzadas ofrecen un gran interés que creo debería de adoptarse, ya, en los planteamientos académicos de los modernos ingenieros civiles. Porque el principio seguido en todas ellas era siempre el mismo: se trazaban a cordel, como muchas de nuestras autopistas actuales; a continuación se excavaban zanjas paralelas, revistiendo la parte interior con grandes piedras; luego levantaban la capa de tierra y llenaban el foso con grandes bloques, cubriéndolos con sucesivas capas de piedra, cada vez más menuda. La superficie se componía de piedra machacada y cuidadosamente apisonada, distribuida de tal modo que formaba un perfil abovedado. Con este sistema conseguían un firme duradero, liso y resistente a la acción disgregadora de la lluvia.

La profundidad de la caja excavada para la calzada dependía en cada caso de las condiciones climáticas. En las latitudes de dominio romano con predominancia fría se llegaba a profundizar algo más del límite sensible a las heladas. Por esto mismo las roturas del firme que se producen como consecuencia de las heladas, y que tan temibles efectos tienen para la circulación, no constituían peligro alguno para los romanos.

Nosotros, en la actualidad, no nos veríamos obligados a destinar anualmente miles de millones para la reparación de carreteras si, imitándoles, las construyésemos —en los sitios convenientes— con una infraestructura insensible a las heladas y fácil permeabilidad a la filtración de las aguas. Los romanos evitaron así las preocupaciones que hoy atenazan a los usuarios de las carreteras modernas y a los que tienen a su cargo el mantenimiento y la conservación de las vías.

Cuando el automovilista de hoy en día se desliza como un especialista en slalom por el laberinto formado por las grietas que las heladas provocan, y cuando los ciclistas corren el peligro de ahogarse en los baches que los temporales de lluvia convierten en pantanos, deben indudablemente envidiar a los romanos que recorrían cómodamente las carreteras en sus carruajes, sumidos en la lectura de las poesías de Cátulo o de Ovidio.

No perturbaba la tranquilidad de su marcha ningún choque o vuelco ni se veían obligados a esquivar la presencia de un vehículo que circulase en dirección opuesta, ya que las calzadas tenían una anchura suficiente que alcanzaba, según su importancia, de cuatro a cinco metros.

Y por si fuera poco, a intervalos de mil pasos (considerado como tal el paso atlético o de carga), se elevaban piedras miliares, indicando la distancia hasta la próxima posta, así como el nombre del emperador en cuyo reinado se había construido la calzada.

En fin, que es muy triste reconocer que un concepto de “ahorro mal entendido” haya permeado en las mentes de los modernos ingenieros constructores —y desde luego en los inversionistas, sean los Gobiernos o los particulares— para hacer que nuestras “modernas vías”, aun con todo el peso de la gabela que hoy tienen que soportar, se sigan construyendo con materiales de relleno y acabado de baja calidad que no garantizan una larga duración y bajos costos de sostén.

Por eso pienso que la civilización actual —especialmente en algunos campos— aun tiene mucho que aprender de los avances del pasado.

Tags: Roma, romanos

Publicado por OswaldoLilly @ 0:03
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Comentarios
Publicado por JhonCarr
domingo, 02 de noviembre de 2008 | 3:20
No se, yo vi mas comentarioa aqui... en fin, quiero decir solamente lo que me pareció haber leido en un comentario: que las modernas carreteras están sujetas a la corrupción de quienes las construyen en comunión con los gobiernos, y un aspecto terrible de tal degradación es la mala calidad de los materiales que se utilizan. Eso si, el producto de este lastre es enorme cada año pues los mantenimientos de carreteras en todo el mundo ocupan un grueso de todos los presupuestos de los gobiernos. Bueno el articulo... saludos.Sonrojado
Publicado por Visitante
miércoles, 11 de febrero de 2009 | 3:43
las tecnicas antiguas resultan ser mejores, porque las modernas son light en casi todo, suerte
Publicado por Visitante
viernes, 12 de junio de 2009 | 5:15
En México el problema es la altísima corrupcion de los gobiernos cooptados con los contratistas en ese mar de pseudolegalidad que son las licitaciones... una proeza que subsistan vias en este pais menospreciado hasta por sus ciudadanos no dispuestos a hacer nada por liberarse de esta corrupcion que los esta exterminando a todos... poko a pokoloco