Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
En las llanuras aluviales del Iraq meridional, el suelo es potencialmente muy fértil, igual que en el Valle del Nilo. En este sentido los antiguos egipcios tenían en realidad pocos problemas agrícolas; su soleado valle estaba ampliamente fertilizado y regado por las inundaciones regulares del Nilo, y la irrigación allí era una cuestión relativamente sencilla.
Pero en Mesopotamia siempre fue distinto. Allí el hombre tuvo que batallar constantemente contra la fuerza de los elementos, y los habitantes de las llanuras del sur no podían confiar nunca en la naturaleza. Las lluvias eran inciertas y, a menudo, insignificantes, y los ríos de los que dependían para el riego arremetían, de vez en cuando, con inundaciones súbitas y totalmente imprevisibles. Durante la primavera y a principios del verano se podían producir tremendas catástrofes en la cosecha y el ganado, causadas por la temible fuerza del agua que barría el país, procedente del norte, a consecuencia del deshielo de las nieves de Armenia.
Por otra parte, en la llanura, los meses estivales, que duraban hasta bien entrado el mes de noviembre, eran bochornosos e insoportables y el sol quemaba la tierra y las cosechas; a menudo se hacía necesario alimentar el ganado con pienso almacenado y cuidadosamente racionado. Sin embargo, los primeros pobladores de Sumer consiguieron, dando pruebas de mucho ingenio y diligencia, dominar el agua y sacar el mayor provecho del suelo. Su sistema de irrigación, bien trazado, complejo y rigurosamente mantenido, les granjeó una prosperidad que nadie hasta entonces había alcanzado.
Más arriba, en los valles, las estepas, las altiplanicies y las montañas del norte, se producían catástrofes periódicas debido a las grandes lluvias. Las numerosas y extensas riadas han constituido una de las principales características de la región del Tigris y del Eufrates en todos los períodos de la historia, y, a juzgar por las muchas alusiones que de ellas se encuentran en los textos antiguos, constituían un considerable problema en la administración y gobierno del país.
En el distrito de Mari, por ejemplo, un gobernador del siglo XIX a. de J.C. informó a su superior que el Habur, afluente del Eufrates, había salido de madre y, como consecuencia, 300 acres de tierra se hallaban sumergidos por las aguas. Las lluvias torrenciales habían demorado la trasquila de las ovejas, la cual, en consecuencia, duraría el doble, ya que todavía quedaban muchas ovejas por esquilar.
En el famoso Código de Hammurabi de Babilonia, que es aproximadamente del mismo período, encontramos tal vez el primer reconocimiento legal de una «Obra Divina»:
«Si alguien debe ostensiblemente algo a su señor y a Adad (Dios de la Lluvia), se hubiere inundado su campo o la inundación lo hubiere asolado o por falta de lluvia no se hubiese producido grano en el campo, no deberá entregar ninguna cantidad de grano a su acreedor durante aquel año, sino que cancelará su tableta de contrato (tableta de arcilla con escritura cuneiforme) y no pagará interés alguno durante aquel año».
Asurbanipal, que reinó en Asiria durante el siglo VII a. de J.C., se refirió más de una vez a las grandes y excepcionales lluvias, pero también habló de la fiereza de los leones:
«En aquel tiempo, la muralla interior de la ciudad de Nínive... cuyos cimientos habían cedido y había caído su torre, a causa de los grandes chubascos y abundantes lluvias que Adad había mandado todos los años sobre mi tierra durante mi reinado..., habían envejecido y la muralla se había debilitado...»
Y, de nuevo, y esta vez con evidente preocupación:
«Desde que me senté en el trono del padre que me engendró, Adad me ha enviado su lluvia, Ea (dios del agua) ha abierto sus fuentes, los bosques han crecido copiosamente, las cañas de las marismas se han desarrollado tanto que no hay manera de pasar entre ellas. En consecuencia, los cachorros de león han crecido y se han desarrollado allí en número incontable... se han vuelto feroces y terribles por haber devorado vacas, ovejas y personas. Con sus rugidos resuenan los montes y los animales del campo están aterrorizados. Los leones siguen matando las reses de la llanura y vertiendo la sangre de los hombres. Los pastores y ganaderos lloran por causa de los leones»... «Los pueblos se lamentan y lloran día y noche. A causa de las depredaciones de los leones, según me han dicho. En el curso de mi marcha hacia... sus lares, rompí...».
Es bastante probable que esta inscripción nos explique el origen y razón de ser del deporte real, o sea, la caza del león, practicada con evidente éxito por Asurbanipal y descrita gráficamente en el famoso Friso de los Leones, existente en la actualidad en el Museo Británico.
Que las catástrofes producidas por las riadas eran muy familiares para los asirios es evidente, por lo que se lee en muchas inscripciones que nos heredó sin saberlo este rey guerrero. Pero al notar el modo en que Asurbanipal describe cómo los leones habían asolado a las ciudades por causa indirecta de las terribles inundaciones, se podría pensar que tal vez estemos ante un flashazo de luz en la historia en lo que se refiere al arte guerrero de cazar animales feroces en las liosas selvas de la Media antigua.