A ver.
Fijémonos que todos los «inventos» antiguos se distinguen de sus simétricos de nuestros días en un extremo esencial: los de la Antigüedad, por decirlo así, nunca o casi nunca tuvieron una expansión económica apreciable; los de hoy, en cambio, objeto de la industria y del comercio, constituyen un elemento excitante del mercado.
Existe una explicación que, por lo demás, es harto sabida: las «civilizaciones» antiguas no derivaron sus «inventos» hacia un terreno de prosperidad desembarazada porque la esclavitud de aquellos tiempos hacía innecesaria la máquina como medio de producción. Eso lo sabemos todos.
Una sociedad que tiene como base la mano de obra servil y gratuita del esclavo, ¿para qué querría la máquina o el «invento»? Sólo para efectos suntuarios o estratégicos: sólo para conseguir lo que el esclavo no puede dar de sí, sea la calefacción, el «correo aéreo», o el lanzallamas.
Ya se notó históricamente, sobre el amplio mapa de la Europa antigua, el cambio de la sociedad esclavista a la sociedad feudal: el siervo de la gleba no era un esclavo, aunque lo pareciera. Pero mucho más se marcaba la diferencia cuando la burguesía se perfilaba como clase ascendente. La burguesía, con todos sus privilegios, prescindía de la sumisión total de sus operarios: tenía que pagarles, poco o mucho, un salario. La máquina era entonces un expediente para reducir costos y gastos, y nada más.
Pero la máquina, suplente del esclavo y del siervo, debía ser fomentada. En el haber de la clase dominante hay que asentar la mayoría, o todas, las delicias «técnicas» que hoy están en circulación: los antibióticos y el cine, los cerebros electrónicos y los detergentes, los plásticos y los libros «de bolsillo» («de faltriquera», para hablar correctamente en castellano), los reactores y las lavadoras mecánicas, la cirugía estética y el radar, los discos de Mozart y el plástico. Es el concepto moderno del mercado; es el marketing de hoy.
Una exigencia intrínseca del negocio era esa misma participación. Papinilo caricaturizó una vez: Ford pagaba bien, hasta donde podía, el pobre, a sus obreros, porque así podrían comprarle coches. El tinglado tiene esta ley. Y resulta que, en resumidas cuentas, la cosa marcha.
Ésta es la frontera, si vale centrar la complejidad del tema en una referencia arbitraria y simplifícadora: la «calefacción central», en la época del emperador Constantino, podía ser posible como un lujo —como todo lujo, excepcional—; pero en la actualidad ha de ser una aplicación corriente, de bloque de viviendas, con una administración supeditada al pago colectivo, y con un disfrute —en los países «avanzados»— asequible como mínimo a las clases medias.
El antiguo ascensor de Nerón, ahora ya perfeccionado, pertenece a nuestro domicilio. Y el correo aéreo ya no queda a merced de unas precarias y poéticas palomas. Y la diferencia es diáfana: ¿Que esto ya existió en la Antigüedad? Sí. Las pruebas son contundentes.
El hombre, eso que nosotros somos y que, en un rapto de abstracción, llamamos «hombre», puede ir más allá. Hecha la reverencia obligada al pasado —hititas o egipcios, griegos o asirios, sumerios o chinos—, y encajado resignadamente el presente, quedan en pie las oportunidades de nuestra prosperidad.
Y eso es, digo yo, en la modernidad, lo que hay que salvar.
¿O no?