miércoles, 06 de septiembre de 2006


Revisando ciertos escritos ”non sanctos” sobre las propiedades del sonido y su difusión, me entero de la posible existencia —al menos en la teoría— de un fenómeno que en apariencia podría romper con los principios aceptados por la ciencia y la lógica y que virtualmente se produciría como resultado de una desviación atmosférica que, en un momento dado, al fragmentarse las “burbujas de aire” en las que han quedado atrapados los ecos de las ondas sonoras como consecuencia de los cambios de temperatura, su resonancia podría ser escuchada tiempo después del hecho mismo.

Pues bien, esta “pesquisa” —no encuentro otro modo de llamarla, pues—, si la entendí pertinentemente, me hizo experimentar una sacudida al recordar dos lejanos sucesos que me acontecieron hace tiempo. El primero de ellos lo viví cuando fui niño. El segundo, varios años después.

Por las noches solía reunirme con un grupo de amigos de la primaria para jugar carreras de bicicletas. Estas correrías las hacíamos casi a diario, entre las 8 y las 11, en torno de la vetusta parroquia del barrio. Imaginen a una docena de atorrantes montando las patas de hule y jugando a las persecuciones. Pero en aquél tiempo ese era nuestro entretenimiento favorito.

El caso es que detrás del baptisterio se ubicaba nuestra escuela primaria, un añejo edificio pintado de amarillo donde nos pasábamos el día escuchando las interminables peroratas de los profesores. Regularmente, al término de las carreras nos reuníamos en tropel justo enfrente de la escuela para descansar un rato antes de volver a casa, dejando las bicicletas reclinadas sobre el muro. A esas horas la escuela, por supuesto, estaba en tinieblas, y sólo la luz de la luna iluminaba la amplia platea donde cada lunes hacíamos honores a la bandera.

Una de esas noches en que nos hallábamos entretenidos en medio del vocerío, algo inesperado se cernió sobre nosotros interrumpiendo de golpe la algazara. Era un silencio insólito y siniestro, tan sospechosamente inaudito que hizo que todos nos quedásemos de pronto como mudos. Y de repente se oyó, con escalofriante chillido, el eco de la chicharra de la escuela que anunciaba el receso del recreo. Todos pudimos escucharla claramente. Y después del interminable timbrazo brotó de la penumbra, así como así, el atroz griterío que se produce por causa del tropel de los que salen corriendo de los salones de clases, gritando, saltando, aullando, rugiendo… sólo que esta vez el patio de la escuela estaba completamente oscuro y silencioso… allí no había absolutamente nada.

El sordo tole tole no debió durar más de quince o veinte segundos, quince o veinte vivísimos segundos que fueron más que suficientes para que todos nosotros, sin vernos a la cara pero como si nos transmitiésemos calladamente la orden de poner pies en polvorosa, saliésemos despavoridos sin acordarnos siquiera de las bicicletas. Ninguno de nosotros halló nunca una explicación de esto.

El segundo evento me sucedió algunos años después. Fue durante cierta noche en la que me hallaba yo estudiando para los exámenes de la universidad. Tenía por costumbre acomodarme en la mesita de la planta alta, desde donde podía mirar por la ventana la figura sombría del alto edificio en construcción que se levantaba junto a mi casa. Como eran casi las dos de la mañana, todo se hallaba a oscuras. Y entonces, repentinamente lo oí.

Fue una estridencia exactamente igual a la que se produce cuando las bateas de los camiones de volteo cargados de material duro se deshacen de su carga. Una disonancia espantosa a esas horas de la madrugada. Pude oír la fantasmal destemplanza con toda claridad justo en el centro del patio del edificio en construcción. Sobrecogido, alcé la vista para mirar hacia allá, pero no vi nada… todo estaba oscuro. Recuerdo que bajé las escaleras como alma que lleva el diablo sin acordarme de los libros ni de nada.

La pregunta es: ¿Qué sucedió en ese par de ocasiones?

Por más que he intentado hallar alguna luz sobre el asunto, sigo sin encontrar la respuesta.
Publicado por OswaldoLilly @ 4:28
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