miércoles, 06 de septiembre de 2006


Manetón, el sumo sacerdote del templo de Heliópolis, debió disponer de una ingente cantidad de material de trabajo en el momento en que se dispuso a escribir su Historia de Egipto en griego, durante el reinado de Ptolomeo II Filadelfo (aprox. 250 a. C.).

Esta obra no se ha conservado intacta, pero la conocemos por resúmenes fragmentarios y escogidos a través de los escritos de Josefo y otros autores clásicos que se remiten a ella sólo para justificar sus propias opiniones en las polémicas. Sin embargo, aun en el caso de que apareciese una copia, es lógico pensar que su valor sería muy relativo. El objetivo de Manetón consistía, en gran parte, en informar a una clase instruida acerca de la historia de su propio país. Al encontrarse envuelto en la rivalidad entre Ptolomeo y Antíoco de Siria, que competían entre sí al proclamar la mayor antigüedad de los respectivos países sobre los que gobernaban, escribió con una determinada predisposición.

Es cierto que Manetón tuvo acceso a todos los archivos que no han llegado a nuestras manos más que de forma mutilada, a través de copias, como las listas de reyes de Abydos y Karnak, que transmitían una tradición del Alto Egipto, y las listas de Saqqara y el papiro de Turín que presentan un panorama del Bajo Egipto. La piedra de Palermo, que ahora se halla dividida en fragmentos dispersos, puede que en aquel entonces conservara los anales de los más primitivos reyes de Egipto, hasta la mitad de la V dinastía. Y, naturalmente, Manetón tendría acceso a otros documentos más completos que no han llegado hasta nosotros, y es probable que su cronología dinástica no tuviese un margen de error exagerado. En cambio, podemos dudar de que su interpretación de los hechos sea justa, ya que tuvo que apoyarse en relaciones de los acontecimientos que en ocasiones son poco fidedignas.

A falta de la Historia de Manetón, resulta de inapreciable valor el relato que el viajero griego Heródoto (450 a. C.) nos ofrece en el libro II de su Historia, en el que refiere su viaje al valle del Nilo. Su narración es sagaz y de considerable valor mientras cuenta lo que ha visto con sus propios ojos; pero en la mayoría de los casos se limitó a transmitir lo que le contaban, y parece ser que nunca entró en contacto con las clases instruidas del país, de modo que sus fuentes de información eran intérpretes locales, guías y oficiales subalternos que, como los dragomanes de una época muy posterior, estaban extraordinariamente dispuestos a proporcionar narraciones fantasiosas a sus crédulos oyentes. Así, nos ha transmitido gran número de leyendas populares contemporáneas, a menudo de gran interés antropológico, pero de escasa significación histórica.

Y sin embargo, los escritos de Herodoto, añadidos a los de otros geógrafos como Diodoro Sículo, Estrabón y Plinio, son el único material de que disponían los eruditos hasta épocas muy recientes para reconstruir el pasado de Egipto, ya que, desde el 394 d. C., en que se talló una inscripción jeroglífica, recientemente descubierta, en el templo de Filae, durante el reinado de Teodosio el Grande, un silencio impenetrable se extendió sobre el país respecto a su antiguo pasado.

La continuidad de su cultura indígena se había roto de hecho varios siglos antes, cuando los Ptolomeos obtuvieron el dominio de la parte egipcia del Imperio de Alejandro Magno e intentaron imponer su modo de pensar griego a la casta dirigente. Esta helenización no surtió efecto, y en el momento en que los romanos se anexionaron Egipto, en el 30 a. C., la cultura griega no era más que un fino barniz sobre una estructura predominantemente local. Bajo la dominación romana, sin embargo, Egipto se explotó sin miramientos como centro productor de grano a bajo precio para la plebe de Roma, y las extorsiones de los sucesivos prefectos sólo sirvieron para provocar el espíritu nacionalista de resistencia que encontró en la fe cristiana un elemento particularmente favorable.

Este movimiento patriótico y religioso, al tiempo que producía un renacimiento de la lengua egipcia en su variante copta, escrita en caracteres griegos y con préstamos idiomáticos griegos, comportó una falta de curiosidad respecto a su pasado pagano y, si bien es cierto que Horapolo, al escribir a fines del siglo V d. C., demostraba un cierto interés curioso en las ahora enigmáticas inscripciones de sus antepasados, sus intentos para explicar el significado de los jeroglíficos no dieron en el blanco y sólo contribuyeron a confundir a los futuros investigadores.

La escisión del Egipto copto respecto de su herencia antigua se completó en el 693 d. C., cuando, a la cabeza de un ejército árabe, el califa Omar conquistó el país y lo convirtió en un Estado islámico que eludió durante más de un milenio todo lazo estrecho con la Europa cristiana.

Los musulmanes no tuvieron otro interés en el antiguo Egipto que el de destrozar varios de los monumentos que por entonces continuaban en pie con la esperanza de desenterrar los fabulosos tesoros que suponían debían contener. Por otra parte, las antigüedades se consideraban desdeñosamente obra de infieles, por los que se debía mostrar indiferencia cuando no hostilidad, como fue el caso de cierto jeque llamado Mohammed que mutiló la gran esfinge de Gizeh porque pensó que esto complacería a Dios.

Egipto tenía que esperar un cambio fundamental de mentalidad para que se emprendiera un estudio comprensivo de su pasado: y esto llegó no de sus propios habitantes, sino del exterior.

Es nuestro legado amputado, algo en verdad lamentable.
Publicado por OswaldoLilly @ 22:05
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Comentarios
Publicado por Visitante
lunes, 20 de julio de 2009 | 5:34
Que tragedia para la literatura. ¿Cuantas cosas desconocidas hoy para nosotros se han perdido por una u otra razón? No lo sabemos, hay cosas que incluso eran tremendas... ¡y se han ido para siempre! Es muy muy lamentable esto oswaldo.saludos.