jueves, 07 de septiembre de 2006


Es increíble pero ahora podemos saber que Heliópolis, la On de la Biblia, era el centro del culto solar. Su templo fue el mayor de Egipto en su tiempo, aparte del de Tebas, y sus sumos sacerdotes eran los sabios de Egipto, según la tradición, incluso en su último período, cuando tanto el intelectualismo como el culto solar se estaban eclipsando.

Allí se veneraba el ben-ben, una piedra de forma piramidal elevada sobre un alto pódium, formando un obelisco, uno de los cuales, erigido por Senusret I, se alza todavía en solitario entre los campos, marcando el emplazamiento del gran templo. Los dos que levantó un rey posterior, Tutmés III, adornan en la actualidad Londres y Nueva York, bajo el incongruente nombre de «agujas de Cleopatra».

Más al norte están las ruinas de Bubastis, la Pi-beseth de Ezequiel, una ciudad de antigua fundación, que se remonta por lo menos al reinado de Khufu, y quizás de antes. Bajo el reinado de los monarcas de la dinastía XXII, que la convirtieron en su residencia, ganó una gloria efímera, ampliándose el antiguo templo con múltiples naves, donde se celebraban los alegres festivales en honor de la diosa de la ciudad. Estos peregrinajes en barco hechos al son de música de flautas y castañuelas son bien descritos por Heródoto, quien quedó grandemente impresionado por la cantidad de vino consumido durante los festejos.

Al nordeste de Bubastis, a orillas del lago Manzala, están las ruinas de Tanis, la Zoan bíblica, que ha sido explorada por Mariette, Petrie, y más recientemente por el egiptólogo francés Fierre Montet. Arquitrabes, columnas y pedazos de estatuillas dispersos señalan todavía el emplazamiento del templo construido en su mayor parte por Ramsés II y adornado con monumentos usurpados de los que le habían precedido, resurgiendo así entre los demás templos del Delta.

Tanis fue en un tiempo una próspera localidad para el comercio de Oriente durante la última época del Imperio Nuevo y creció en importancia como principal sede del gobierno durante la dinastía XXI. Poco antes de la guerra, Montet realizó un importante descubrimiento al hallar en los recintos del templo un grupo de tumbas que contenían los restos de seis reyes de este período, con sus familias. Todas las tumbas habían sido violadas y redistribuidas a la vez, pero, a pesar de ciertas depredaciones, Montet pudo recuperar un ajuar funerario extraordinariamente rico que contenía muchos objetos de plata y oro y que arrojó nueva luz sobre el arte, creencias y recursos de una edad que fue contemporánea al esplendor de Salomón.

Tanis no está lejos de la gran fortaleza de Tjel, el último fortín de la frontera del nordeste, y siempre estuvo sujeta a la influencia asiática. En un lugar próximo se alza Avaris, el campamento fortificado construido por los hicsos para intimidar a sus vasallos, los egipcios, según Manetón; algunos eruditos la identifican con Tanis. También en sus cercanías, quizás en Qantir, estaba Pi-Ramsés, la gran ciudad que los reyes de la dinastía XIX edificaron como residencia y centro del tesoro, a la que un poeta de la época describe como «bellísima, con galerías y resplandecientes vestíbulos de turquesa y lapislázuli, el lugar donde se reúnen los carros y la infantería y donde quedan anclados los barcos cuando se trae el tributo».

De su grandeza sólo quedan los montones de ruinas de las casas y de un palacio en Qantir, con la única excepción, quizá, de gran número de tejas de cerámicas azules y policromadas, distribuidas en diversas colecciones y que constituyen, sin duda, la turquesa y el lapislázuli artificial citados por el poeta.

De Sais, la próspera mansión de los poderosos reyes de la dinastía XXVI, sólo quedan «insignificantes» ruinas cerca de la actual Sa el-Hagar. Herodoto la visitó poco después de su apogeo, y describe su notable templo dedicado a la diosa protectora Neith, con sus gigantescas capillas monolíticas, sus obeliscos y sus lagos sagrados. También nos habla de las tumbas de los reyes en las capillas de los templos, evidentemente similares a los sepulcros reales más primitivos de Tanis. Nada de esto se conserva.

También de Buto, la capital prehistórica del Bajo Egipto, se conservan sólo unos pocos túmulos cerca de Tell el-Farain, quince millas más al norte; pero en tiempos de Herodoto era una ciudad floreciente, con un famoso oráculo en el templo de Edjo, la diosa-cobra de la ciudad, genio protector del Bajo Egipto. Desde lo alto del pilono del templo seguramente se podían vislumbrar las llanuras y contemplar, al norte, lo que nuestro guía egipcio habría llamado «el verde inmenso», y al cual nosotros conocemos como el Mediterráneo.

Cómo no haber vivido allí, ¡carajos!
Publicado por OswaldoLilly @ 7:28
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Comentarios
Publicado por Visitante
domingo, 04 de febrero de 2007 | 19:19
Cada quien en su tiempo pero se añora.