En 1983, mientras se encontraba filmando la película hollywoodense Amityville 3, el entrenador de animales Miguel Gurza estuvo a punto de morir luego de ser mordido por una cobra. Lo primero que hizo fue voltear hacia donde se encontraba su hermano para decirle lo que había pasado.
"¡Quítatela con cuidado!, ¡no le vayas a romper los colmillos!", fue la respuesta que obtuvo.
Sin perder la paciencia, Gurza se dio el tiempo para guardar el animal en el costal en que venía y luego fue atendido por el médico que los acompañaba, quien sacó su navaja, le abrió la mano y comenzó a succionarle la sangre. Eso lo salvó, dice.
"La secuencia consistía en que un micrófono se convertía en cobra y el animal estaba trabajando bonito; me confié, acerqué la mano de más y ahí vino la mordida", recuerda.
Gurza ha sido desde 1965 el entrenador de animales en más de 100 películas nacionales y extranjeras como
Tarzán, Chanoc, Predador, Santitos y Un embrujo. En estos momentos es el encargado de surtir de ratas (tiene 40 de ellas) al rodaje de Cementerio de papel, donde los roedores se verán en las escenas de prisión.
En su casa, ubicada frente a los Estudios Churubusco, tiene más de 20 animales, entre ellos una pitón, un leopardo, un hurón y hasta una tarántula. Internacionalmente otras personas que gustan trabajar con animales no han corrido con la misma suerte.
En 2003 el mago Roy Horn fue atacado en el cuello por un tigre mientras realizaba su acto y estuvo al borde de la muerte.
Esta semana Steve Irwin, conocido como
El Cazacocodrilos, falleció luego de ser picado en el pecho por una mantarraya mientras grababa un nuevo programa.
Sí y ahí viene lo malo. Un animal, a pesar de que lo hayas entrenado, no deja de serlo y cuando te ve como una presa fácil saca su instinto. A Roy, por ejemplo, le sucedió que en pleno escenario le dio un conato de infarto y se desvaneció, entonces el tigre lo agarró del cuello.
Lo que le pasó al cazador de cocodrilos es que hacía muchas locuras, sabía mucho, conocía mucho, pero las hacía. Sabía hasta dónde acercarse a los animales, hasta dónde poner su cara, pero cuando por ejemplo fue lo de su hijo ponía en riesgo el que se resbalara, el cocodrilo le diera un coletazo o muchas cosas así y las cosas salieran mal. El torero por ejemplo sabe que si se mete un paso adentro, será cornado, pero si no, entonces es una buena faena.
El
Cazacocodrilos estaba trabajando en un elemento que no era el suyo, el agua, y pues por desgracia la mantarraya le traspasó las costillas, podía haberle lastimado cualquier parte del cuerpo, pero fue ahí y vino la desgracia, ya le tocaba. Pero jamás hay que darle la espalda a un animal.
Te haces muy fuerte a todo esto, te haces fuerte a las mordidas y al dolor, ya no te impresionas tan fácil. Cuando alguno te muerde lo que se debe hacer es darle un golpe al animal, no quejarte ni gritar, porque al animal le sale el instinto.
Sabe que está ganando y te va a seguir, te va a acabar. Muchas veces lo hacen jugando, pero en ocasiones espara darte a entender que ya no quieren seguir con eso... hay que saberse retirar.
Cuando filmábamos
Dos bribones tras la esmeralda perdida (protagonizada por Michael Douglas) un cocodrilo se escapó, la gente de producción trató de agarrarlo, pero le aflojaron el cordón de la boca que se le pone de protección. Cuando mi hermano y yo fuimos por él, no nos dimos cuenta de eso y a mí me clavó un diente en el dedo, por poco se lo llevaba, mi hermano lo tomó por una pata y entonces se volteó y lo atacó a él, casi se llevó su mano: sólo un pedazo de carne la sujetaba a la muñeca, después de seis operaciones la recuperó. El cocodrilo, de unos tres metros, murió tiempo después y su piel la tengo en casa, como recuerdo.
Para nada, a mi papá le gustaban mucho los pájaros, teníamos en toda la casa, pero hasta ahí. Yo de hecho estudié hasta tercer año de la carrera de Arquitectura en la UNAM y estaba feliz. Pero un día me acerqué a una película de mirón y me dijeron que si les ayudaba con los animales, a limpiar su jaulas y dije que sí.
Además a los 18, a los 19 años, cuando agarraba un leopardo te sientes el amo del mundo y las mujeres te llegan como parvadas. Al principio para mí fue el ego, la presunción, pero después entendí que el trato con un animal es muy importante, es a base de afecto, no hay premio ni castigo, es sólo afecto. Creo que los animales son los grandes maestros de la humanidad, tienen cosas que nosotros hemos perdido, un tigre es tigre siempre, comiendo, defecando, durmiendo, siempre lo es y un humano somos muchas gentes durante el día.
Les fascinaba, cada que podían iban con los animales cuando los teníamos en los Estudios Churubusco. Para la película de Douglas teníamos en el fuerte de San Juan de Ulúa 18 cocodrilos, los pasábamos de este lugar al set, que era una lagunita y a mis hijas le daba un palito y les decía que cuidara que no se salieran. Ellas se divertían, tenían como 10 ó 12 años... ¡pero ahora me reclaman, me dicen que era un irresponsable!
Sabes, te estás dando cuenta de cómo está el animal, sólo con mirarlo ves su actitud, la forma en que hacen los ojos; si el leopardo, por ejemplo, echa las orejas para atrás, hay que tener cuidado; si mueve mucho la cola, también. Son cositas que vas viendo. Pero repito, nunca hay que darle la espalda a un animal, te puedes ganar su confianza, pero jamás debes entregarle la tuya a él.
El secreto es tenerlo casi casi desde que abren los ojos y empiezas a darles su mamilita, empieza a pasear con uno, la jaula sólo la usan para dormir. Le pones una correa y lo sacas, se la quitas y lo dejas subirse a los árboles. Nuestros animales nunca se subieron a un banquito o brincaron a través de un aro con fuego, pero si se subían a las rocas, a las ramas de los árboles o se agazapaban en la maleza, cosas muy naturales en ellos.
Es una convivencia de todo el día y todos los días, tú les das de comer, les limpias la jaula, son los que cuando llegas a casa te reciben como nadie, te brincan, están felices de estar contigo, ese es el entrenamiento.
Él me llegó cuando ya no estaba en Churubusco. Un señor me dijo que tenía un leopardito de cuatro meses y pues lo recibí. Lo paseaba en la colonia hasta que me dijeron (los vecinos) que ya no lo hiciera.
Al principio cuando estaba chiquito todos decían "qué bonito animalito"; ya cuando creció me dijeron: "Por favor no lo saque, porque hay muchos niños", y pues tienen toda la razón.
Le tuve que construir un albergue (en la azotea de su domicilio) más o menos adecuado, le das buen trato y lo mantienes, es un animal que nunca ha trabajado, más que en un
video home.
Antes era más fácil, ahora la cosa está más dura y está bien, yo soy un protector de los animales. Todos los que tengo están en regla. Me siento protector de la fauna, voy mucho a provincia para platicarle a la gente lo que deben hacer al tratar a un animal. Algunas veces he tenido que comprar algunos para liberarlos.
Me gustaría mucho hacer un programa como el que tuvo el cazador de cocodrilos, podría hacerlo, pero en México es difícil...
No, por el contrario, quiero tener un terreno amplio para seguir trabajando con animales, me gustaría producir algunas historias escritas por mí sobre ellos. Quiero hacer un criadero de animales en peligro de extinción, como algunos changos. Quiero hacerlo, ojalá y algún día se logre.
Yo no lo creo, para mí eso es una mentira. A mí no me gustaría morir porque me agarró el tigre del cuello; prefiero morir tranquilito, de un infarto y que me haya llevado la chingada.
Eso de que él murió en lo que le gustaba, no lo creo... Digo, a qué torero le gustaría morir de una cornada. Eso no es cierto, él se murió porque le tocaba.
Yo no quiero morir mordido por un animal, ni pateado por un caballo, esa no es mi intención.
Palabras de Miguel Gurza publicadas por El Universal