Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
En el año 1809 embarcó en Malta un hombre barbiluengo, con atavío oriental, en un barco con rumbo a Siria. Dijo ser el jeque Ibrahim, de profesión comerciante y al servicio de la Compañía de las Indias Orientales.
Permaneció tres años y medio en Siria y resultó ser el comerciante más peregrino que jamás se había conocido de Alepo a Damasco, pues en lugar de dedicarse a los negocios, prefería la compañía de los eruditos del país, con los cuales estudiaba lenguas, historia, geografía y, sobre todo, el Corán. Solamente interrumpía sus estudios algún viaje hacia el Sur en Tierra Santa, hacia el Este hasta el Eufrates y luego a través del valle del Orontes. Subió al monte sagrado de Hor, en el que muriera Aarón, y durante un viaje a Nubia le detuvieron por espía, siendo deportado a Egipto.
Un bajá le sometió al examen de dos doctores árabes para que demostrase sus conocimientos de las leyes musulmanas, y su examen fue tan brillante que se le permitió ir durante cuatro meses como peregrino mahometano a la ciudad prohibida de La Meca, y luego, junto con otros 80.000 peregrinos, al Monte Ararat. Desde entonces ostentó con razón el título de hadski. Como tal, y con todas las muestras de respeto debidas a un verdadero jeque, fue enterrado solemnemente en el cementerio musulmán de El Cairo en 1817, a los 33 años, al fallecer súbitamente en vísperas de un nuevo viaje, en cuyos preparativos andaba ya muy avanzado.
Este jeque Ibrahim se llamaba en realidad Johann Ludwig Burckhardt y había nacido el año 1784 de una antigua familia patricia en Basilea, que hasta nuestros días ha dado al mundo diplomáticos e historiadores. La Universidad de Cambridge heredó a su muerte la colección de 350 manuscritos orientales originales. Sus diarios resultaron una verdadera mina de oro para la geografía, la etnografía, la filología antigua y la arqueología, y han servido de base para la publicación de las obras que Burckhardt había proyectado.
En uno de estos libros, Viajes por Siria y Tierra Santa, aparecido en Londres el año 1822, cuenta cómo, a su paso por Hamath, en el Orontes, había descubierto una lápida, una sola piedra incrustada en la pared de un bazar, y así la describe brevemente: «Una piedra que está cubierta con unas cuantas figuritas y signos que parecen jeroglíficos, aun cuando no se parezcan a los de Egipto».
Transcurrieron otros 58 años antes de que dos americanos, el cónsul Augustus Johnson y el misionero doctor Jessup, se lanzaran a seguir las huellas de Burckhardt por el bazar de Hamath. No eran menos observadores que el «jeque» Ibrahim, y no solamente dieron con la «piedra escrita» mencionada por aquél, sino que hallaron otras tres «que estaban cubiertas por figuritas y signos». Johnson comunicó un año más tarde el hallazgo a la «American Palestine Exploration Society», pero no pudo presentar ningún croquis exacto ni menos reproducción alguna, porque tan pronto como se habían acercado a las piedras y antes de que pudieran tocarlas, los indígenas habían puesto el grito en el cielo amenazándoles con pasar a vías de hecho.
Evidentemente, aquellos signos misteriosos eran objeto de veneración supersticiosa desde tiempo inmemorial. Esto quedó demostrado cuando, poco después, se descubrió en Alepo otra piedra con más «jeroglíficos» de esta misma clase. Los indígenas les atribuían propiedades curativas a estos signos, y en particular los tracomatosos acudían desde muy lejos a frotar la frente en la piedra, pulida por el roce, para obtener alivio a su mal.
Tuvo que pasar otro año hasta que a otro investigador, William Wright, misionero irlandés, que a la sazón residía en Damasco, se le ofreciera oportunidad de examinar detenidamente, y sin peligro, la piedra. Vino en su ayuda una de aquellas casualidades sin las cuales innumerables descubrimientos no hubieran podido producirse. En efecto, en 1872 fue destituido el viejo gobernador de Siria, un ortodoxo que no quería ni oír hablar tan siquiera de las pretensiones de los investigadores occidentales.
En cambio, su sucesor, Subhi Bajá, era un espíritu liberal ilustrado, sabía de la piedra de Hamath y permitió al Rdo. William Wright que le acompañase en uno de sus viajes de inspección. Y así fue como el irlandés tuvo acceso a las piedras que, mientras tanto, habían llegado a ser célebres en todo el mundo, y las descubrió por tercera vez (para hablar con más propiedad debemos decir que fue la quinta, pues mientras tanto habían estado también en Hamath otros dos grupos de viajeros) y tuvo la gran suerte, que no conocieron sus predecesores, de poder contar con la protección del gobernador, protección que se reveló sumamente eficaz por cuanto se tradujo en el envío de soldados, con cuya ayuda pudo arrancar las piedras de los muros de la casa, tarea nada sencilla» interrumpida una y otra vez por las demostraciones hostiles de los nativos, los cuales estaban firmemente convencidos de poder curar el reumatismo al contacto de aquellas piedras, al igual que los de Alepo curar el tracoma.
Cuando ya estas piedras habían sido depositadas interinamente en el parador del bajá, uno de los portadores indígenas trajo la noticia de que el pueblo se había amotinado, y luego llegó el rumor de que los fanáticos querían a toda costa asaltar la casa, pues preferían destruir las piedras antes que permitir que se las llevaran. Incluso se decía que la policía hacía causa común con los de Hamath.
«Vi que había llegado el momento crítico —escribe Wright—. No salía a la calle sin escolta, pues era el blanco del odio de todos.» Habló a la multitud y les prometió que al día siguiente el bajá pagaría un buen precio por las piedras que se llevaba, a lo que la gente contestó sonriendo irónicamente, pues ya estaban acostumbrados a las promesas de las autoridades y sabían lo que valían. Entonces Wright habló de hacer intervenir a los soldados y amenazó con los terribles castigos que no dejaría de infligirles el bajá si optaban por la violencia. Regresó a su morada inquieto. «Fue una noche interminable de insomnio», anotó en su diario.
Pero no sucedió nada. Con gran extrañeza de todos, a la mañana siguiente pagó el bajá Subhi la cantidad prometida, y si bien hubo todavía vagos destellos de indignación, fueron en parte reprimidos con amenazas y en parte aplacados con más dinero. Los derviches gritaban por las calles, anunciando a todos los que no se hubieran dado todavía cuenta del fenómeno, que durante la noche se había abatido sobre la tierra una lluvia de estrellas, un meteoro de intensidad luminosa verdaderamente extraordinaria. Los habitantes enviaron una delegación al bajá para conocer su opinión autorizada. ¿Se trataría quizá de un aviso del cielo para oponerse al traslado de las piedras?
El bajá pareció reflexionar un buen rato, como buscando inspiración y luego les preguntó si el portento había ocasionado la muerte de hombres o de animales, y como los delegados admitieran que nada de esto había sucedido, entonces resolvió el bajá, a la manera de Salomón, que, a su entender, el cielo había querido dar a conocer de un modo inequívoco su conformidad encendiendo aquel prodigioso faro. Y sin más las piedras fueron trasladadas a Constantinopla. William Wright fue autorizado a sacar vaciados de ellas y luego se las llevaron al Museo Británico de Londres.
Texier había visto ruinas en el norte de Anatolia, pero no había podido identificarlas. Por su parte, Wright tenía ya en la mano reproducciones de las inscripciones de Hamath, pero no sabía cómo interpretarlas. Entonces nada permitía suponer que entre las ruinas anatólicas y las piedras sirias pudiera existir la más mínima relación, puesto que no había aparecido por ningún sitio el eslabón intermedio.
Poco después el cónsul inglés W. H. Skeene y Georges Smith, del Museo Británico, descubrieron el Jerablus, en la orilla derecha del Eufrates, un enorme cerro repleto de ruinas (Jerablus deriva de Europus, que así se llamaba la ciudad en la época grecosiria). Lo exploraron y lo identificaron —con razón, según se vio pronto— como la Carquemis de la historia asiría.
Al emprenderse las excavaciones surgieron a la luz unas figuras que también estaban cubiertas con los mismos símbolos misteriosos. Y entonces aquellos signos fascinadores, aquellas cabezas, manos, pies de hombre, y cabezas de animales, mezclados con círculos, medias lunas, ganchos, obeliscos —que era obvio se completaban para formar una escritura—, y que cada día despertaban más el interés de todos los investigadores, empezaron a surgir por doquier.
Pero lo más desconcertante era que los hallazgos no se limitaban a la región del norte de Siria. E. J. Davis los halló junto a un monumento en Ivriz, en el Tauro; e incluso aparecieron sellos con esta escritura. Pronto no pudo existir ya duda alguna de que los jeroglíficos descubiertos por Texier, junto a las figuras de los ídolos de Yazilikaya, eran por lo menos semejantes a los de Siria. ¡Y finalmente, apareció también la enigmática escritura en la región de Esmirna!
Esto era lo más sorprendente del caso, por cuanto presuponía que si tales signos tenían un origen común, debía de haber existido un pueblo que en algún momento de la historia llegó a ser tan poderoso como para que su escritura se impusiera desde la costa del mar Egeo a través de toda Anatolia y hasta el corazón de Siria. Un pueblo que utilizaba una misma escritura debía, por consiguiente, ser de una misma cultura. Pero aparte de estos símbolos y de algunos monumentos que se parecían enormemente, no había otra evidencia de la existencia de una nación semejante. ¿O se andaba equivocado una vez más? ¿Podría quizá haberse dado el caso de no haber sabido interpretarse debidamente, hasta entonces, ciertas tradiciones?
En el año 1879, precisamente cuando se estaba de acuerdo en que las discusiones no habían arrojado todavía ninguna luz en la cuestión, un sabio inglés exploró las colinas alrededor de Esmirna, y un año más tarde dio una conferencia ante la «Society for Biblical Archaeology», llena de referencias de la Biblia y durante la cual expuso una tesis considerada entonces como francamente temeraria desde el punto de vista científico.
Se trataba del sabio Archibald Henry Sayce, de 34 años de edad, famoso arqueólogo inglés del que decía la Enciclopedia Británica (la cual raramente citaba a personajes vivos): «...es imposible exagerar los servicios que ha prestado a las ciencias orientales».
Sayce declaró llanamente que todos los monumentos e inscripciones de un carácter determinado que habían sido descubiertos, durante las últimas décadas, en el Asia Menor y en el norte de Siria, debían ser atribuidos a los hititas, o sea a un pueblo que la Biblia cita, pero que hasta entonces nadie se había tomado la molestia de investigar, por no habérsele concedido la más mínima importancia.