Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Bustrófedon, «como los bueyes trazan los surcos arando»...
Una de las singularidades más corrientes en el descifrado de inscripciones es la que consiste en hacer destacar los nombres de los reyes, como es el caso, por ejemplo, en las inscripciones jeroglíficas egipcias, valiéndose de un cuadro oval, más conocido con el nombre de «cartucho».
Otra es la presencia, en las antiguas inscripciones, de un signo particular delante de un personaje cuya elevada estatura bastaba para designar como a un rey; en las escrituras exclusivamente ideográficas este signo era un atributo real, ni más ni menos que la corona con que todavía aparece tocada la realeza de leyenda.
En todas las escrituras antiguas se encuentran determinativos semejantes y es sabido que, además de los nombres de los reyes, se hacían resaltar asimismo de un modo especial los de las ciudades y de los países. Las ventajas que se obtienen al descubrir uno de estos determinativos en un texto redactado en una lengua desconocida son obvias y considerables, pues permiten identificar rápidamente sí el grupo de signos que lo acompaña se refiere a un rey, a un país o a una ciudad.
El tamaño de tales grupos de signos, es decir, su extensión o su brevedad, es otro indicio para el filólogo que los descifra, quien así logra situar inmediatamente la lengua en su contexto histórico y a partir de entonces los nombres de los personajes conocidos por la historia de los pueblos vecinos son otros tantos datos seguros que le ayudan en su cometido de descifrar el jeroglífico.
En el caso del descifre, ahora ya prácticamente resuelto, de los jeroglíficos cretenses, desde un principio resultó decisiva la presencia de unas barritas oblicuas que tenían por objeto separar las palabras. El haberse dado pronto con el secreto de estas barritas, que en aquellos textos hacían las veces de las comas en nuestra escritura corriente, fue la condición previa que permitió descomponer en palabras los grupos de pictogramas. Y cuando se conoce todo esto uno se pregunta: ¿Cómo hubiera sido posible, sin este descubrimiento, separar, como se hizo sistemáticamente a partir de 1950, las primeras y las últimas sílabas de las palabras de la escritura cretense?
Porque todo desciframiento presupone, naturalmente, el conocimiento previo de si la escritura debe leerse de derecha a izquierda, de arriba abajo o viceversa (solamente a los occidentales les parece lógico que se escriba y lea de izquierda a derecha, pero sabemos que los egipcios lo hacían casi todo “en sentido contrario”).
Éste fue el primer problema con el que hubo de enfrentarse Grotefend y también el más arduo cuando hace unos 150 años se propuso descifrar los primeros textos cuneiformes, pues en una tabla cuadrada existen, en principio, cuatro posibilidades de lectura, según el sentido por donde se empiece. Y por ejemplo, ante las inscripciones jeroglíficas hititas no había problema de esta clase, pues en su gran mayoría eran monumentales y estaban grabadas sobre rocas, piedras o esculturas, lo cual hacía suponer que el tallista se las habría compuesto para que pudieran ser leídas fácilmente por el primer llegado.
En tal sentido, un signo particular, muy sencillo, bustrófedon, «como los bueyes trazan los surcos arando», permitió intuir la dirección de la lectura. El signo jeroglífico colocado al principio de la línea indicaba que también allí comenzaba la frase (suposición que la experiencia con otras escrituras debía confirmar) y luego, según el lugar donde se encontraba el espacio al finalizar una línea, podía también determinarse la dirección de la grafía, obteniéndose, además, una prueba suplementaria observando que los pictogramas (manos, pies, cabezas) estaban orientados alternativamente en direcciones completamente opuestas.
El investigador tiene todavía otra posibilidad para poder determinar por lo menos el carácter de la escritura desconocida: le basta con que cuente los signos. En efecto, es evidente que cuando una escritura desconocida comprende menos de treinta signos, no puede ser silábica, porque los sonidos de una lengua no pueden expresarse con sólo treinta signos. Por consiguiente, se trata de una escritura alfabética. Por contra, si los signos son más de ciento, no hay duda que nos encontramos ante una escritura silábica, y si el número de ideogramas es muy superior, entonces es del tipo analítico.
«Nada puede descifrarse de la nada», dice Friedrich con razón, y cita como ejemplos la escritura de la isla de Pascua y la de Mohenyo Daro (Pakistán), a las cuales, por ahora, no se acierta a encontrarles afinidades con ninguna de las escrituras conocidas.
En cambio en el caso de la escritura hitita jeroglífica, mediante la aplicación de los métodos citados, desde un principio fue posible definir, por lo menos, el carácter de la grafía, y luego, gracias a la experiencia adquirida por dos generaciones de filólogos descifradores, se logró identificar bien pronto algunos ideogramas.