«Historias alrededor de una historia», tal podría ser la definición de la relación histórica egipcia acerca de la batalla
de Cades. Hoy podemos ver que en los grifos de Karnak y en Luxor, a lo largo de las paredes del Rameseum (el templo funerario del antiguo monarca), en Abidos y en Abu Simbel, los artistas rivalizaron en sus alabanzas a Ramsés II, el soberano de Egipto que regresaba «victorioso» de la guerra.
La pregunta es: ¿realmente las cosas fueron así?
Bien podríamos afirmar que los Estados autoritarios siempre han ignorado la libertad de expresión. Hace tres mil años, igual que ahora, quien pretendiera llamar las cosas por su verdadero nombre se exponía a que le tildasen de que carecía de «objetividad». Así se comprende que se ensalzara al «Setepenra», el favorito de Ra, con una exageración hasta entonces desconocida incluso en Egipto: una adulación rastrera que recuerda la de los turiferarios de Bizancio.
El mismo Ramsés, según se deduce de los textos que se conocen, fomentaba el culto permanente a su persona. Ningún epíteto era demasiado extravagante para él, ni el más hiperbólico le bastaba. Veamos: «Él es Horus, el toro impetuoso y valiente hasta la temeridad, el amado de la verdad..., el toro entre los soberanos del mundo..., el impávido cuya fama es grande en todos los países y por cuya voluntad, Etiopía ha dejado de existir y ha hecho cesar la bravuconería del país de Hatti». «Él alcanza el fin del mundo y hace encoger las anchas bocas de los príncipes extranjeros.» «Es el hijo de Ra, que pisotea el país de Hatti.» «Semeja un toro astifino.» «Es como el león valiente, como el chacal que de un vistazo abarca toda la tierra...», «el halcón magnífico y divino…»
Estos ejemplos bastan para retratar tanto al faraón como a sus sicofantes. Y la relación de la batalla de Cades abunda en términos por el estilo. Los epítetos citados provienen de estelas del templo rupestre de Abu Simbel, y también ensalza la «formidable» victoria de Ramsés en un largo poema que no sólo ha sido conservado en las inscripciones jeroglíficas de tres templos, sino también consignado en caracteres hieráticos en un papiro. ¡¡Carajos!!
El autor del poema es desconocido. Durante mucho tiempo se tuvo por autor a un tal
Pentur, hasta que se cayó en la cuenta de que éste no era sino un mero copista, bastante malo por cierto, al que deben achacarse las numerosas incorrecciones ortográficas de que adolece el texto que ha llegado hasta nosotros.
Cuando este poema fue descubierto algunos egiptólogos, entusiasmados por la epigrafía, celebraron a su presunto autor como al «Homero de Egipto», comparando incluso su obra con la
Illiadaa, sin que a ninguno de ellos, ante las turificaciones desmedidas contenidas en el texto se le ocurriera someterlo a una crítica severa que les hubiera permitido reparar no solamente en las exageraciones, sino sobre todo en las contradicciones y los errores, harto ostensibles por cierto.
Hoy podemos afirmar, con conocimiento de causa, que las crónicas inspiradas por Ramsés II no son más que unas escandalosas falsificaciones de la historia y constituyen el primer ejemplo de este género que haya llegado hasta nosotros.
Sin necesidad de haber seguido las huellas ni sufrido la influencia de ningún «ministro de propaganda», Ramsés II pasó de golpe a maestro en el arte de la superchería con el éxito que todos sabemos, puesto que su versión de la batalla de Cades ha sido considerada como auténtica durante más de tres mil años.
Los arqueólogos modernos se creyeron tan fácilmente la fábula que todavía hace algunas cuantas décadas estaban convencidos de que los adversarios del faraón de aquella batalla no eran sino unas bandas fronterizas levantiscas, reacias a toda autoridad lejana. Nadie barruntó que, en Cades, Ramsés II se había hallado frente a frente con una gran potencia de la antigüedad.
Infaustamente todavía hoy, a falta de pruebas concretas y exactas, la crítica histórica ha debido echar mano de multitud de indicios dispersos para reconstruir la batalla de Cades. De todos modos, los vislumbres que poseemos son tan claros y convincentes que ya no puede quedar ni la sombra de una duda en lo que al resultado del encuentro se refiere: En Cades se enfrentaron dos de los ejércitos más poderosos de la Antigüedad. A Ramsés no se le ocultaba que el choque sería decisivo y obró en consecuencia movilizando a todas sus fuerzas, y a última hora logró incluso persuadir a que abrazara su causa el príncipe Bentesina, de Amurru (conocidos en la Biblia como amorreos), y hasta entonces, aliado de los hititas.
Tampoco Muwatallis, a la postre rey de los hititas había permanecido inactivo, y en torno a sus huestes escogidas reunió a cuantas tropas auxiliares le fue posible reclutar, incluso mercenarios y un contingente de temibles piratas de Licia, hasta hallarse al frente de un ejército de unos 20.000 hombres. Jamás faraón alguno (antes ni después) tuvo ante sí a un adversario tan numeroso. El autor del poema (el tal
Pentur), no intenta disimular la realidad ni minimizar el peligro; al contrario, el propagandista se complace en exagerar desmesuradamente los efectivos del contrario para que la victoria egipcia aparezca más brillante. Veamos:
«¡Cuantos más sean los enemigos, tanto más honor para nuestro caudillo!»
Desde el punto de vista estratégico, el avance de Ramsés II parece salido de la mente de un aficionado, puesto que fue realizado sin orden ni concierto. El ejército egipcio se dividió en cuatro cuerpos que tomaron los nombres de los grandes dioses de la teogonía egipcia: Amón, Ra, Ptah y Suteh. Se sabe que hacia finales de mayo llegaron los egipcios cerca de Cades, tomando posiciones en un altozano desde donde se distinguía la ciudad a través de la bruma, pero sin que se notara la menor traza del enemigo.
Mientras Ramsés, desconcertado, estudiaba la situación con sus oficiales, los hititas habían entrado ya en acción. Los soldados de Muwatallis acampaban invisibles al norte de la fortaleza de Cades, a orillas del Orontes y, contrariamente a los de Ramsés, habían recibido ya consignas concretas. A guisa de preámbulo, los hititas despacharon al campamento del faraón a dos beduinos, los cuales, haciéndose pasar por tránsfugas, denigraron al ejército hitita y a sus generales pretendiendo incluso que, deslumbrado Muwatallis por el poderío y la gloria del gran Ramsés, hijo de dios, de puro miedo había puesto tierra por medio replegándose hasta el Norte, en la región de Alepo.
Mal informado por sus propios espías y demasiado pagado de su persona para admitir que podía equivocarse, Ramsés creyó de ligero a los «desertores», cayendo así en la celada que le tendiera el hitita. «Su Majestad inició la marcha como su padre Mentu, señor de Tebas, y vadeó el Orontes al frente del primer cuerpo de ejército de Amón.»
En otras palabras, confiando en las declaraciones de los dos traidores, Ramsés dividió a su ejército, a una de cuyas divisiones hizo avanzar en terreno desconocido hasta unos diez kilómetros lejos del grueso de sus fuerzas. Por si esto fuera poco, en lugar de destacar a una avanzadilla para reconocer la situación, conservando el contacto con la retaguardia, él mismo se puso al frente de la vanguardia acompañado solamente de unos cuantos oficiales. Eso era tanto como hacerle el juego a Muwatallis, quien se hallaba entonces en excelentes condiciones para poder tomar la iniciativa.
Muwatallis, con la satisfacción de un cazador ante el espectáculo de una pieza a punto de caer en la trampa, observaba con calma cómo Ramsés II se le iba aproximando, y a su vez ordenó a su ejército que se retirara del noroeste de la ciudad y franqueara el Orontes. Mientras Ramsés, en pos del enemigo seguía hacia el Norte, contorneando la ciudad por el lado oeste, siempre a la cabeza de una simple división —Ra seguía lentamente, y Ptah y Suteh se encontraban todavía bastante lejos en la orilla meridional del Orontes—, el ejército de Muwatallis avanzó efectuando un movimiento envolvente por el este de la ciudad, dirigiéndose luego al Sur. La colina y las murallas de Kades impedían que los egipcios pudieran darse cuenta de los movimientos del adversario. La maniobra duró hasta bien entrada la tarde.
Llegado al noroeste de la ciudad, precisamente en el lugar que acababan de evacuar los hititas, Ramsés hizo acampar a sus hambrientas y fatigadas tropas mientras que la división Ra continuaba acercándose sin prisa, y fue entonces cuando el azar vino en ayuda de Ramsés, cuyos soldados capturaron a dos espías hititas, los primeros enemigos que encontraban. Ramsés los hizo azotar hasta que confesaron que no solamente no había huido Muwatallis, sino que con todo su ejército estaba al acecho al otro lado de la ciudad. Fue entonces cuando Ramsés se dio cuenta del peligro en que se hallaba.
Insultó a sus oficiales —que habían en vano tratado de disuadirle de su loca aventura—, y despachó inmediatamente un mensajero a la división Ptah para ordenarle que se le reuniera a marchas forzadas, y su más ardiente deseo era poder tener a la división Ra al alcance de su voz. Durante este tiempo, Muwatallis había cruzado nuevamente el Orontes al sur de Cades. Sus unidades de carros rapidísimos —se sabe que los carros de combate hititas transportaban a dos combatientes, y los egipcios a uno solo, además del auriga— se lanzaron vertiginosamente sobre la división en marcha.
«Atacaron por el centro a la división Ra, mientras seguía su camino completamente ajena al peligro y sin darle tiempo ni para que se apercibiera al combate. Los soldados, los conductores de los carros y Su Majestad (Ramsés), quedaron anonadados ante la súbita aparición del enemigo.»
Los generales de Muwatallis dislocaron y aniquilaron completamente a la formación egipcia, cuyos restos huyeron en desbandada seguidos de cerca por los aguerridos hititas. Los carros, esta arma novísima de los hititas, veloces y muy manejables, que no conocían obstáculos, perseguían a los supervivientes. Huyendo de la muerte que sembraban estos carros ante sí, las últimas bandas egipcias irrumpieron en desorden en el campamento de Amón, cuyos efectivos, sorprendidos y presa del pánico, se unieron a los fugitivos. Aquí se sitúa el punto culminante de la batalla de Cades. El carro ligero de combate había introducido un factor estratégico decisivo en el arte de la guerra al hacer posible el cerco rápido de las formaciones enemigas.
Después de este descalabro ya no puede darse el menor crédito a los relatos de victoria de los egipcios relatada en los frisos por
Pentur.
La potencia numérica de ambos ejércitos era aproximadamente la misma: unos 20.000 hombres en cada bando. Ahora bien, con el aniquilamiento de la división Ra había quedado fuera de combate la cuarta parte de los combatientes egipcios.
Por si fuera poco, los hititas habían logrado aislar la división Amón, y al faraón con ella, del grueso de las tropas, y todo ello mientras la división Ptah continuaba acercándose desprevenida, y la Suteh seguía a la expectativa en la orilla meridional del Orontes. En aquel momento, veloz como el rayo, sacando partido de la desesperada situación del enemigo, Muwatallis lanzó sus carros de combate a través de las hileras de los fugitivos y luego, en un movimiento envolvente, cortó la retirada al mismísimo Ramsés.
No podía ya caber la menor duda de que la mayor batalla de los tiempos antiguos acabaría con la derrota completa del ejército egipcio. Muwatallis, con sus propias fuerzas intactas, podía ahora aniquilar, una después de otra, a las divisiones contrarias. Únicamente un milagro podía impedir que la derrota se convirtiera en desastre, y que por lo menos la persona del faraón y los restos de su otrora potente ejército pudieran escapar a la destrucción.
Los cronistas egipcios atribuyeron más tarde el milagro a la valentía del divino Ramsés. El ejército hitita, formado por elementos heteróclitos, carecía en el fondo de homogeneidad, y la disciplina dejaba mucho que desear. Ebrias de la lucha, con la victoria al alcance de la mano y ante la perspectiva de un rico botín, las tropas de choque hititas cesaron en su persecución cuando atisbaron el campamento de Ramsés con sus fuegos, las tiendas abandonadas, los carros de la intendencia repletos de alimentos, de herramientas, de armas y demás utensilios que los fugitivos habían dejado tras de sí en su precipitada huida.
Estos mismos hombres, que hasta momentos antes habían constituido la hueste hitita aguerrida y feroz, se convirtieron súbitamente en una horda desenfrenada de saqueadores, sorda a las consignas y a los gritos de sus oficiales. Su misma inconsecuencia les ponía a merced de cualquier adversario bastante enérgico y decidido para sacar partido de la nueva situación.
Este atacante, naturalmente, no podía salir de las tropas asaz desmoralizadas de Ramsés. En esta ocasión el
hace su aparición en forma de una pequeña tropa, eficiente y disciplinada, procedente del litoral, la cual, apenas llegada al campo de batalla y haciéndose cargo de la situación, atacó con gran violencia a los hititas, todavía entregados al saqueo, sumiéndoles en la mayor confusión.
No se ha podido averiguar el lugar de origen de estos combatientes de última hora. Se supone que se trataba de un destacamento de cadetes que desembarcaron en algún lugar de la costa con la única misión de sumarse al ejército egipcio en dondequiera que lo encontrasen. Pero su procedencia es lo de menos. Esta pequeña tropa salvó la vida y la libertad al faraón, y a ella le debe Ramsés el haber podido pasar a la Historia con el epíteto de «grande».
El modo en que se las arregló Ramsés para romper el cerco de hierro de los hititas, lo sabemos por el poeta oficial. Si dejamos a un lado las descomunales exageraciones de lenguaje, la descripción que nos ha dejado de la batalla es a menudo patética, y la relación, emocionante.
El autor intercala en la narración largos monólogos y las reflexiones de Ramsés II durante la batalla, con invocaciones a sus dioses tutelares, y en ellas el faraón se queja amargamente de sus compañeros desleales que le habían dejado en la estacada en el momento de mayor peligro.
«Su Majestad estaba completamente solo con su escolta»; así empieza el poeta el pasaje en el que da cuenta de la fase decisiva de la batalla. «Pero el miserable príncipe de Hatti —y aquí el prudente Muwatallis es tildado de cobarde— permanece en medio de sus tropas sin atreverse a atacar». ¡Tal era el miedo que Su Majestad le inspiraba!
Cuando los carros hititas y sus equipajes avanzaron impetuosamente, dislocando y desbaratando a la división Ra, y cuando los fugitivos, entre los que figuraban dos hijos del propio faraón, alcanzaron el campamento real arrastrando en la desbandada a todos los demás combatientes, entonces «Su Majestad avanzó como su padre Mentu, endosado que hubo la coraza y los atavíos guerreros que le daban todo el aspecto de Baal cuando está furioso».
El tronco de caballos que tiraba del carro del faraón procedía de los establos reales y llevaba el nombre de «La Victoria de Tebas». Su Majestad se arrojó con presteza contra el ejército enemigo de Hatti, completamente solo; nadie iba con él. Todo hace suponer que la famosa carga de Ramsés, que se describe como un dechado de heroísmo, puede muy bien haber sido en realidad un acto de desesperación producido por el terror o simplemente un intento de fuga.
Pero aquí el poeta da rienda suelta a su imaginación y la exageración llega al colmo. Aun cuando quizá la escena se haya producido tal como nos la cuenta, la hipérbole tiene como única finalidad el glorificar la acción de Ramsés convirtiéndola en un atributo de la realeza.
«Cuando el rey miró hacia atrás, vio que estaba rodeado por 2.500 carros, y que le habían cortado la retirada una multitud de guerreros del miserable país de Hatti y de los numerosos países aliados suyos: Arad, Massa, Pedasa, Keshkesh, Iruna, Kissuwatna, Chereb, Ekeret, Cades y Reke. Iban tres en cada carro y todos se habían unido en contra suya.»
Tal vez Ramsés lograra reagrupar a una parte de su ejército desbandado y atacar al enemigo en dirección sur. El poeta áulico ni tan sólo menciona el destacamento de cadetes procedentes del litoral, cuya llegada hizo variar completamente el curso de la batalla que ya estaba perdida. Dejando incluso aparte el resultado de dicha batalla, son de por sí muy explícitos los documentos que dan fe de la rápida retirada de Ramsés hacia el sur, a la altura de Damasco, con los restos de su ejército. Es obvio que únicamente a costa de grandes pérdidas logró Ramsés escapar con vida. Su ejército, otrora terror y orgullo de Oriente, regresó terriblemente diezmado y sin el menor éxito en su haber.
Hoy sabemos que como consecuencia de la batalla de Cadis, Ramsés el Grande firmó un tratado de paz con el rey hitita Muwatallis. La victoria de éste es asombrosa, y así debieron ya de considerarla sus contemporáneos, a juzgar por sus repercusiones.
Una consecuencia directa del resultado de la batalla de Cades es el sometimiento a Hatti del país de Amurru, cuyo soberano Bentesina había hecho causa común con los egipcios. (Esta es una buena prueba de la victoria de Muwatallis, pues ¿cuándo se ha visto que un aliado del vencedor se pase al campo del vencido?) Además, Muwatallis mejoró su posición en relación con su hermano Hattusil, personalidad extraordinaria, cuyas victorias sobre los eternos rebeldes de Gasgas le habían valido el nombramiento de virrey. Se dijo que Hattusil había pactado secretamente con Bentesina, pero ahora se mantuvo quieto.
Por contra, las tribus fronterizas de Siria y de Palestina continuaron en su actitud levantisca, pero esta vez en contra de Egipto, y todo hace suponer que sólo el pacto de amistad logró evitar que se rompieran nuevamente las hostilidades degenerando las simples escaramuzas en un abierto conflicto egipcio-hitita.
En todo caso no se posee ninguna noticia precisa de alguna batalla importante entre Egipto y Hatti; ningún documento señala la presencia de un ejército con mando hitita. Ramsés II tuvo, pues, que habérselas con tribus y pueblos más o menos importantes, pero jamás puso el pie después de la batalla de Cadis en la frontera trazada para señalar las zonas de influencia de los dos grandes países, frontera que seguía el curso del Nahr el Kelb, el «Río del Perro», en Fenicia.
Como sabemos, la historia suele a menudo decir verdades a “medias”.