Vale.
En cierta ocasión tuve la oportunidad de conocer a un paisano que, entre plática y plática me comentó que tiempo atrás, antes de dedicarse al negocio de la soldadura —ahora carena barcos en los diques de la región—, había sido zardo en su juventud.
Me dijo que por cosas del destino y siendo su padre amigo personal de un prominente político, éste lo sacó de repente de la milicia para insertarlo —así sin más— en el grupo que servía entonces como guardia presidencial en los tiempos de la transición del poder entre De la Madrid y Carlos Salinas.
Por supuesto que no me sorprendió en absoluto cuando le escuché decir que ahora, el tan sólo pronunciar el nombre de Salinas le producía —así sin más— un cierto escozor en el pescuezo, pero reconoció que en su tiempo, “el chaparrito mondo” tuvo un poder super encabronado en nuestro país. Y he aquí que de repente, entre parrafada y cháchara, se le salió decirme algo que en verdad me cimbró.
Me dijo en voz baja —así sin más—, que en determinada fecha del año 1988, justo en los aciagos tiempos electorales y en cierto lugar (no mencionó el sitio naturalmente) de la ciudad de México, él fue testigo de un encuentro discretísimo entre las íntimas huestes de Cuauhtémoc Cárdenas y las de Carlos Salinas. Ellos, como cohorte personal de un Salinas ya “electo”, recibieron ordenes de acordonar la cuadra donde éstos dos individuos se entrevistaron, y desde luego, nada pudieron saber de lo que acordaron en secreto. Pero lo que sí pudo mirar —así sin más—, fue cuando Cárdenas salió del edificio cargado con maletas de dinero —él dixit—, las que metió rápidamente a uno de los vehículos para perderse después entre el tráfico.
Esto que digo no tendría nada que ver con inocencia o sospecha, con candor o suspicacia, con ingenuidad o recelo a no ser por la noticia que se publicó apenas ayer en “todos los periódicos México” sobre la personal postura de Cárdenas respecto de los sucesos políticos que están ocurriendo en el país. Sabido es que Cuauhtémoc, “el águila que cae”, por años ha tenido un cierto prestigio político —a últimas fechas ya algo desgastado— que, bien manejado por los cabecillas de la imposición puede surtir algún efecto en las ¿cándidas? mentes del defraudado elector.
Por ello cuando leí la nota recordé —así sin más—, la confidencia que me hiciera aquel paisano, el que fuera militar en su juventud y a la postre guardia presidencial, pero que hoy prefiere ser carenador de barcos en los diques de la región. Este humilde paisano, dolido por lo que vió, renunció poco después al cargo y prefirió salirse del estiércol que siempre ha sido la política mexicana.
Francamente y por más que uno le busque, no se puede entender la postura de Cuauhtémoc cuando todos sabemos que es el partido que él mismo fundó el que está luchando por un cambio de cosas en el México del siglo veintiuno. ¿De qué se trata, Cuauhtémoc? Como están las cosas casi todos sabemos —y una gran mayoría, cándidamente, lo sospecha— que en 1988 hubo fraude electoral. ¿Y qué hizo el buen Cuauhtémoc? ¿Volar como el águila aunque le quemasen los pies o entrevistarse a ultranza con Salinas para pactar la elección, para recibir esas maletas que mi paisano dice que miró? Y aquí la pregunta es: ¿se vendió Cuauhtémoc en el 88? No lo sabemos.
Pero si él en su momento no actuó con patriotismo, no fue capaz de defender un triunfo que a todas luces le favoreció, ¿por qué se opone ahora a que López Obrador defienda su causa envuelto en la bandera de su propio partido?
¿Daño irreversible a la izquierda o defensa de intereses particulares? ¿De qué se trata?
Ahora mismo he comenzado a sentir —así sin más—, al igual que mi paisano, el viejo zardo retirado sintió, un cierto escozor en el pescuezo.
Y puedo ver pájaros negros que sobrevuelan Palacio, penachos de plumas que se derriten en el fuego, extranjeros que nos queman los pies para encontrar el tesoro… y también —así sin más, como entre brumas—, a un águila que cae.
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Cárdenas y su juego
josé gil olmos
Revista Proceso
El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas decidió romper su silencio y en un juego de espejos acusó a Andrés Manuel López Obrador de ser intolerante, dogmático; de no escuchar, así como de provocar la división en la izquierda mexicana. Acusaciones que en algún momento a él también se le hicieron y que, muy a su estilo, desdeñó desde el pedestal en el que ha pretendido auparse para no manchar de lodazal su apellido.
Con la facilidad que da hablar de los acontecimientos una vez que han pasado, Cuauhtémoc Cárdenas se ha soltado criticando la actuación de López Obrador, en una actitud que ha sido repudiada por muchos simpatizantes del PRD, quienes al escuchar su nombre en la pasada Convención Nacional Democrática en el Zócalo capitalino, lo abuchearon como pocos pudieron haber imaginado.
El exgobernador de Michoacán ya no es el mismo, su peso e influencia en el PRD ha cambiado y ahora su posición de supuesta crítica es utilizada más por la derecha y el gobierno foxista para atacar al PRD y a López Obrador, que como una guía que ayude a la izquierda mexicana a conducirse en tiempos de crisis.
El ingeniero sigue haciendo de la virtud de apellidarse Cárdenas una desventura política. ¿O cómo entender su ausencia de la campaña de su partido y al mismo tiempo aceptar del gobierno derechista de Fox un cargo honorario del que recibirá un alto presupuesto para conducir hasta el 2010 los festejos de la Independencia y la Revolución?
Ahora que ha tomado el papel de crítico de López Obrador, lo que le ha merecido aplausos de los salinistas, panistas y priistas a los que combatió en tres campañas presidenciales, Cuauhtémoc Cárdenas queda en el ajedrez de la política nacional como una pieza que ha volteado sus colores e invertido su función.
En una carta a la escritora Elena Poniatowska dice que no fue envidia lo que motivo no apoyar a López Obrador ni a su partido en la pasada campaña electoral, sino diferencias en la forma de entender y hacer política.
Pero ¿cuál es la forma de entender la política de Cárdenas cuando ocultó muchos años el encuentro que tuvo con Carlos Salinas de Gortari en 1988 para acordar no iniciar un movimiento de resistencia social como se lo pedían los millones que votaron por él? ¿Cómo entender su proceder cuando durante mucho tiempo se opuso a las voces distintas que dentro del PRD le pedían que dejara su papel de caudillo para abrir un proceso de democratización en el propio partido?
O también habría que preguntar ¿cómo explicar su silencio ante la conducta que tuvo Rosario Robles en el PRD, sobre todo su relación con Carlos Ahumada y la circulación de este empresario argentino con su hijo Lázaro Cárdenas?
La coherencia política en Cárdenas como que no se da. Más bien se acomoda conforme le conviene a sus intereses muy particulares y de familia. Cuando en 1988 no fue elegido por el PRI para ser candidato presidencial, se salió bajo el argumento válido de que no había democracia en su partido. Después, cuando sus excompañeros de partido le hicieron trampa con un enorme fraude electoral para que no le ganara a Salinas, sólo criticó el papel del gobierno de Miguel de la Madrid, a las autoridades electorales y al PAN que convalidó dicho fraude, pero nunca planteó una transformación de las instituciones como desde entonces ya se venía demandando.
Más tarde, en 1989 se formó el PRD quedando al frente de todo el movimiento social generado entonces. Pero cuando se escucharon voces disidentes por su caudillismo, no solamente no las escuchó, sino que las invalidó bajo el argumento de que únicamente querían dividir al PRD.
Hoy que se dieron visos de enormes irregularidades por parte del gobierno de Vicente Fox, del IFE, del sector empresarial y la Iglesia católica, así como del Tribunal Electoral, Cárdenas ni siquiera cuestiona el proceso electoral. En el análisis que hace en la carta enviada a Elena Poniatowska se dedica a hablar de López Obrador y no aborda ninguna de las faltas que se observaron a lo largo del proceso electoral y que mancharon la credibilidad del resultado final.
“Hay que respetar las instituciones democráticas”, dijo en una entrevista con el diario catalán La Vanguardia, al tiempo de criticar la decisión del movimiento popular que encabeza López Obrador de nombrar “presidente legítimo” al tabasqueño.
Cuauhtémoc Cárdenas a lo más se atrevió en esta elección pasada fue en respaldar la petición del recuento de votos que hizo la coalición Por el Bien de Todos. Hasta ahí llegó su postura.
Es evidente que después de 1988 el ingeniero Cárdenas se alejó de las luchas sociales. De entonces a la fecha se ha dedicado exclusivamente a la actividad partidista y a través de ella logró la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, la cual dejó para lanzarse nuevamente como candidato presidencial. Tras la derrota del 2000 se refugió en la Fundación para la Democracia en donde recibía un apoyo importante del PRD –un millón 20 mil pesos anuales--, sin que se vieran resultados importantes.
En este periodo nunca se vinculó a las luchas que campesinos, indígenas, estudiantes, sindicatos independientes, artistas o intelectuales han realizado en las últimas décadas por democratizar al país. Fiel a su figura inmutable, miró el crecimiento de la derecha y la caída de la izquierda hasta el arribo de López Obrador, a quien siempre le negó su respaldo.
Hoy es también evidente que su intención es recuperar la presidencia del PRD a través de algunos de sus seguidores, pero no para cohesionar la lucha social que ha emergido después del 2 de julio y que, evidentemente, rebasó al propio PRD buscando nuevos cauces, sino que quiere retomar el control del partido, como si fuera un derecho patrimonialista, para lanzar a su hijo Lázaro Cárdenas a la candidatura presidencial del 2012. Al menos, estas son las señales que ha dado de su juego político.