viernes, 22 de septiembre de 2006


Quería una princesa convertida en un dragón
Quería el hacha de un brujo para echarla en mi zurrón
Quería un vellocino de oro para un reino
Quería que Virgilio me llevara al infierno
Quería ir hasta el cielo
En un frijol sembrado
Y ya…


Silvio Rodríguez.


Si creíamos que nuestra civilización es la que más adelantos tiene en materia de seguridad, nos parecerá asombroso saber que los chinos de la Antigüedad ya acostumbraban firmar desde hace siglos sus contratos imprimiendo la huella de sus dedos al lado del nombre.

Entre las ruinas de un antiguo monasterio situado en las cercanías de Khotan, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, fueron encontrados numerosos contratos firmados en esta forma. En este sentido, es definitiva la cláusula que aparece al final de un contrato de préstamo, redactado en el año 782 d. C., y que dice así: «Las dos partes contratantes lo encuentran justo y equitativo, y, en prueba de ello, añaden a la firma la huella de su dedo pulgar».

Esta huella digital no sólo tenía carácter simbólico sino que, sobre todo, servía para efectos de identificación a fin de que, incluso si el deudor se había presentado bajo un nombre falso, pudieran establecerse «características personales» preventivas.

Pero esto también significa que ya se tenían algunos conocimientos sobre las runas características de las huellas digitales; que se sabían interpretar sus diferentes formas, y que también se disponía de medios para demostrar la identidad de dos huellas impresas por una misma persona.

Tales conocimientos, y probablemente esto será lo más sorprendente para nuestros criminalistas modernos, los aplicaron también los chinos para el esclarecimiento de hechos delictivos.

Durante el reinado del emperador T'ai-Tsu (1368—1398 d. C.) se consiguió descubrir a un asesino por este medio: el asesinato había sido cometido por envenenamiento, y fue posible identificar al criminal por el reconocimiento de las huellas del pulgar y del índice que habían quedado marcadas en una copa de plata.

Asusta darse cuenta de que es muy probable que este episodio hubiera caído en el olvido de no haber sido elegido por el poeta y pintor Chiu-Ying como tema de una de sus obras, reflejándolo mediante la imagen y la palabra escrita, obra que posteriormente llegó a nuestras manos a través de un coleccionista europeo.

¡Que no quede huella…!


Publicado por OswaldoLilly @ 3:33
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