Dos mil años antes de que los portugueses, al mando de Bartolomé Díaz, dieran la vuelta al cabo de Buena Esperanza, hacia el año 600 a. C., una pequeña flota de naves exploradoras partió del mar Rojo, por mandato del faraón Necao II, dirigiéndose hacia el sur por el litoral africano, costeando este continente por completo para después regresar al Mediterráneo.
Según informa Heródoto (490-425 a. C., aproximadamente), las naves regresaron tres años más tarde a través de las «Columnas de Hércules» —el estrecho de Gibraltar—, para alcanzar felizmente los puertos egipcios. La empresa duró tanto tiempo porque las tripulaciones se vieron obligadas varias veces a desembarcar en tierra firme, sembrar y cosechar trigo y completar sus provisiones de carne, a la vez que aprovechaban estas forzadas detenciones para explorar la costa.
Sin duda alguna, constituyó una de las empresas más audaces de aquella época, y pone claramente de relieve el progreso ya por entonces alcanzado por la navegación.
La atención dedicada por los faraones a los problemas de comunicaciones comerciales aparece de manifiesto en un proyecto de construcción iniciado por el faraón Seti II, de la XIX dinastía, en el siglo XIII a. C., con el fin de establecer una comunicación directa entre el mar Rojo y el Mediterráneo por medio de un canal, proyecto que alcanzó realidad 3.200 años después al ser construido el canal de Suez.
Durante la construcción del canal de Suez, y aproximadamente hacia la mitad de su trazado, en el lago de Timsah, no lejos de la depresión de Wadi Tumilat, se encontraron los restos de esta antigua vía acuática. Heródoto nos cuenta que los trabajos de construcción, interrumpidos no se sabe cuándo ni por qué causa, fueron continuados más tarde bajo el reinado del ya citado Necao II, en el siglo VI a. C., pero también fueron suspendidos al cabo de poco tiempo, al temer sus constructores que el agua salada del mar Rojo llegara a mezclarse con las aguas del Nilo. De este error participaron 2.400 años después los ingenieros de Napoleón I, por suponer que el nivel del mar Rojo era superior en 10 metros al del nivel del mar Mediterráneo.
Pese a no haber llegado a ejecutarse, semejante proyecto es una buena muestra de la disposición existente a la sazón para acometer y realizar obras de magnas proporciones. Un pueblo capaz de construir las pirámides, utilizando docenas de miles de trabajadores, y para lo cual hubo de transportar desde grandes distancias los enormes bloques empleados en su construcción, es muy verosímil que también hubiera llegado a atacar la construcción de un canal de tanta importancia y a proporcionarse la mano de obra necesaria para ello.
Casi al mismo tiempo, por el siglo XII a. C., los fenicios empezaron también a extender sus relaciones comerciales hasta los confines más alejados del mundo por entonces conocido. Llegaron hasta las islas Azores, navegaron a lo largo de toda la Península Arábiga, y se supone que debieron llegar hasta la costa oriental de la India. En todos los puntos visitados fundaron colonias y factorías, creando así los fundamentos para un activo comercio basado en unos enlaces marítimos regulares.
El tráfico marítimo del mundo antiguo en esta época debió de alcanzar una animación realmente extraordinaria. Por entonces llegaron a ser creados centros de cultura que no hubieran podido subsistir en absoluto sin ese movimiento, perteneciendo a ellos, entre otros, los emporios comerciales de Creta y de España.
En Tharsis o Tartessos, en la desembocadura del Guadalquivir, se embarcaba, por ejemplo, desde 2.000 años a. C., el estaño procedente de Inglaterra, la plata y el cobre de la España septentrional y, sobre todo, el bronce, para su transporte a Egipto y Asia Menor.
Saber para creer.