sábado, 30 de septiembre de 2006


Cinco mil años hace que en China el astrólogo Fuski había «estudiado y trazado el curso de las estrellas». No mucho después, los hindúes confeccionaron tablas planetarias y lunares, y llegaron a calcular los eclipses de Luna y de Sol. Por distintas inscripciones cuneigráficas llegadas hasta nosotros sabemos que, 2.000 años a. C., los babilonios disponían de métodos para predecir ciertos fenómenos astronómicos.

Admiración aparte merecen los trabajos e informes astronómicos egipcios, alguno de los cuales se conservan todavía. La catalogación de las estrellas fijas; los relativos al movimiento de la Luna y de los «planetas infatigables»; los que tratan de los eclipses de Sol y de Luna, y aquellos que detallan la aparición de las estrellas. Por entonces ya estaba generalmente aceptado que las estrellas también se encuentran en el firmamento durante el día. De los planetas, llegaron a conocer: Mercurio, el «lucero vespertino»; Venus, el «lucero matutino»; Marte, el «rojo dios Horus»; Júpiter, la «estrella resplandeciente», y Saturno, al que llamaron el «Toro».

Muchas de las estrellas fueron agrupadas por los egipcios en constelaciones, tal como hacemos nosotros. Conocían la «Osa Mayor», en la que creían ver una pata de buey; la constelación del «Cisne», que se la representaban como un hombre con el brazo levantado; la de «Orión», que era para ellos un hombre corriendo y mirando hacia atrás. A pesar de designarlas con otros nombres, también conocieron las constelaciones del Dragón, Escorpión, Carnero, Casiopea y las Pléyades.

Asimismo observaron y registraron otros fenómenos atmosféricos. Antiguos documentos nos hablan de que, durante una guerra emprendida por Thutmosis III, en el año 1450 a. C., contra los asirios, súbitamente apareció un cometa en el firmamento. Hoy sabemos que se trataba del cometa Halley, que, en el año 1910, provocó la creencia popular de haber llegado el fin del mundo. Por lo tanto, no debe sorprendernos que también los antiguos egipcios observasen su aparición con un temor no disimulado.

Pero también los babilonios poseían una sorprendente ciencia astronómica. Eran conocedores de la duración exacta de la órbita de los planetas, y fueron los primeros en conseguir con relativa exactitud la previsión de los eclipses lunares. Es presumible que también supieran que estos eclipses se deben a la interposición de la Tierra entre el Sol y la Luna. Observando el perfil de la sombra gradualmente proyectada por la Tierra sobre la Luna, dedujeron la forma redonda de nuestro planeta. Esto no es una simple suposición, sino algo que está específicamente confirmado en algunas tablillas de arcilla actualmente depositadas en el Museo Británico de Londres.

Además de las explicaciones contenidas en el texto, aparece un dibujo en el que se muestra a la Tierra con forma redonda y circundada por el halo solar. ¿Sabían también los babilonios que la Tierra es un cuerpo esférico? Hasta la fecha no estamos en condiciones de responder a esta pregunta, si bien no deja de ser notable que, en una representación de la Tierra existente en Londres, en la que aparece burdamente trazado un mapa de Mesopotamia («el país entre ríos») con sus ciudades, se aprecian claramente unas líneas semicirculares longitudinales y transversales, formas que sólo pueden aplicarse a una esfera.

Pítágoras (580-500 a. C.), el prestigioso sabio tan conocido por su célebre teorema ya había reconocido en su época que la Tierra es una esfera que se mueve en el espacio. Casi al mismo tiempo, aproximadamente en el año 500 a. C., Heráclito, filósofo y astrónomo de Éfeso, afirmó que la Tierra tiene un movimiento de rotación.

Estas teorías también eran conocidas por los sabios de Alejandría, la «capital del saber», fundada por Alejandro Magno en el año 332-331 a. C., y en la que se habían reunido sabios procedentes de todas las partes del mundo civilizado, los cuales tenían a su disposición una grandiosa biblioteca que, con sus 700.000 manuscritos, estaba considerada como la mayor del mundo en aquellos tiempos.

Uno de los bibliotecarios que allí prestaba sus servicios fue el matemático Eratóstenes (275-195 a. C.), quien redactó diferentes trabajos matemáticos y geográficos confeccionando, entre otras obras, un «mapa reticulado graduado» según los antiguos datos egipcios, mediante el cual, al parecer, demostró que la ciudad de Syene, en las cercanías de la actual Assuan, estaba situada exactamente al sur de Alejandría. Dado que tal lugar se encontraba, como él dice, «en el trópico de Cáncer» y, por lo tanto, al mediodía, el Sol proyecta sobre él sus rayos completamente perpendiculares, concibió la idea de calcular el perímetro terráqueo basándose en estos datos, formulando a la vez la afirmación de que la Tierra tenía forma circular.

Siendo así —reflexionó—, el Sol tenía que proyectarse al mismo tiempo sobre todos los lugares del disco terrestre, incidiéndolos bajo el mismo ángulo. Pero esta teoría no se veía confirmada en la práctica, ya que, a mediodía, o sea, estando el Sol en su cenit, sus rayos se proyectaban sobre Alejandría con una declinación de 7 1/5 grados, mientras que en Syene caían completamente perpendiculares hasta penetrar en el fondo de un pozo, a la vez que el disco solar quedaba reflejado en la superficie del agua. Como ya era conocido desde mucho antes el paralelismo de los rayos solares, comprobado por el fenómeno que presentan al penetrar en una habitación oscura, la diferencia del ángulo de proyección en dos puntos distintos sólo podía ser producida por una curvatura de la superficie terrestre, lo cual significaba tanto como que la Tierra era una esfera y no un disco.

Dado que los 7 1/5 grados son la quincuagésima parte de una circunferencia de 360 grados, la totalidad de la esfera debería tener un perímetro igual a 50 veces la distancia que separa Alejandría de Syene. Siendo esta distancia aproximadamente de 5.000 estadios (800 kilómetros), llegó a la conclusión de que el perímetro terráqueo debería medir 50 x 800 = 40.000 kilómetros, o 250.000 estadios. Más tarde calculó con mayor aproximación la distancia entre Alejandría y Syene, obteniendo con los nuevos datos un resultado de 246.000 estadios para el perímetro terráqueo, a los que corresponden casi exactamente 39.459 kilómetros. Según los últimos cálculos, el perímetro terráqueo, medido sobre los polos (Eratóstenes lo calculó en dirección norte—sur), es de 39.710 kilómetros. Vemos, pues, lo asombrosamente cerca que hace 2.200 años estuvo el gran matemático de acertar con sus cálculos el verdadero perímetro de la Tierra. La diferencia de 251 kilómetros, atribuible en su mayor parte a la imperfección de los instrumentos de medición entonces utilizados, no disminuye en modo alguno el valor de su descubrimiento.

Otros descubrimientos y deducciones demuestran también la gran semejanza que en muchos aspectos existía entre la idea que los antiguos tenían del mundo y la que nosotros poseemos.

El filósofo griego Anaxágoras (500-428 a. C.) afirmó que la Luna era semejante a la Tierra en su estructura superficial, existiendo en ella montañas, abismos y llanuras parecidos a los de nuestro planeta. Otro astrónomo griego, Aristarco, que vivió por el año 270 a. C. en la isla de Samos, afirmó que la Tierra gira alrededor del Sol. En la única de sus obras llegadas hasta nosotros, «Tratado sobre las magnitudes y las distancias del Sol y de la Luna», intentó determinar la relación de las distancias del Sol y de la Luna con respecto a la Tierra mediante un procedimiento correcto y genialmente concebido.

El resultado a que llegó Aristarco fue confirmado dos siglos después por el astrónomo griego Hiparco de Nikaria (190-120 a. C.), basándose en un asombroso procedimiento de cálculo por medio del cual determinó la distancia de la Luna. Partiendo de los informes recogidos sobre un eclipse solar visto desde Alejandría, durante el cual el Sol había sido cubierto por la sombra de la Luna en 4/5 de su superficie, en tanto que el eclipse había sido completo en el Helesponto (los actuales Dardanelos), y calculando la diferencia de latitud de los dos puntos de observación y los ángulos con los que la Luna se había desplazado aparentemente respecto del Sol, Hiparco calculó la distancia media de la Luna con relación a la Tierra en 77 radios terráqueos. Tomando en consideración otros eclipses solares observados más tarde, modificó este cálculo para dejarlo fijado en 59 radios terráqueos. Según nuestros últimos cálculos, el valor exacto es de 60,4 radios terráqueos.

Hiparco de Nakaria comprobó también que la distancia entre nuestro planeta y su satélite no es siempre la misma. Dejó asimismo establecido que la Luna no se mueve siempre con la misma velocidad, sino que su movimiento se acelera cuando se encuentra más cerca de la Tierra. El diámetro de la Luna también lo calculó exactamente, llegando a la conclusión de que corresponde a 3/11 del diámetro terráqueo.

No son éstos los únicos descubrimientos notables realizados por Hiparco. Mediante cuidadosas observaciones astronómicas determinó también, con mucha mayor exactitud que sus predecesores, la duración del año solar calculándolo en 365 días, 5 horas y 55 minutos, con sólo un error de 6.5 minutos. Asimismo calculó la desigual duración del día y de la noche, ya estudiada por el astrónomo babilónico Kidunnu (314 a. C.). La aparición de una nueva estrella en la constelación de Escorpión le inspiró para redactar un catálogo de estrellas fijas.

Al igual que su gran colega Eratóstenes, Hiparco enseñaba en la famosa universidad y «emporio de ciencias» de Alejandría. Fue uno de los primeros sabios de la Antigüedad, y acostumbraba utilizar sistemáticamente la trigonometría. Compuso para los astrónomos una tabla de senos, pronto aplicada también como instrumento perfecto para comprobaciones topográficas.

Hasta entonces, todas las observaciones astronómicas habían sido hechas utilizando una regla a escuadra, de la que colgaba una plomada, cuyo conjunto era aplicado a un visor ranurado, pero Hiparco sustituyó este dispositivo por una retícula. Para evitar las perturbaciones de la luz lateral, colocó la retícula en el interior de un tubo, con lo cual formó un instrumento que exteriormente tenía gran semejanza con nuestros actuales telescopios.

Con mucha frecuencia ha sido planteada la cuestión de si los antiguos pueblos civilizados poseyeron o no un telescopio. Aun aceptando el supuesto de que la vista de los hombres primitivos fuera mejor que la nuestra, es más que dudoso que pudieran percibir con sus sentidos naturales todos los fenómenos astronómicos de que nos han dejado mención.

Por ejemplo, el dios asirio Nisroch, personificación de Saturno en la mitología del país, figura en todas sus imágenes circundado siempre por un anillo. ¿Sabían ya entonces que Saturno está rodeado por anillos? También informaron sobre Saturno en el sentido de que se trataba de tres estrellas, una grande y dos más pequeñas. A Saturno se le acusaba de «devorar a sus hijos antes de que éstos llegaran a los tres años de edad», haciendo referencia con ello a las dos estrellas pequeñas que aparecen a su lado, y no podemos dudar que esta leyenda está inspirada en una observación astronómica muy precisa, ya que éste es el período en que los anillos de Saturno experimentan el máximo desplazamiento lateral y presentan hacia nosotros únicamente su arista estrecha, desapareciendo completamente de nuestra vista.

Según las leyes ópticas, esta observación es prácticamente imposible de ser realizada a simple vista. En 1610, Galileo consiguió llegar a ver el anillo de Saturno, es decir, cuando dispuso de un telescopio, aunque de pocos aumentos. Sin embargo, únicamente pudo apreciar con él la estrella principal con dos débiles discos a los lados. Al cabo de un año y medio de observaciones continuas, estos discos también habían desaparecido: «Saturno había devorado a sus hijos.» Ésta no fue la única de sus sorpresas y descubrimientos, y creyó necesario escribir a Kepler comunicándole el resultado de sus observaciones; al cabo de algún tiempo, Saturno presentaba la apariencia de estar compuesto por una estrella grande y dos estrellas menores, tal como ya lo habían visto los babilonios.

No son éstas las únicas razones que existen para suponer que los asirios conocían algún instrumento equivalente al telescopio. Sus sacerdotes representaban siempre a la diosa Mylitta, en la que simbolizaban a Venus, con un creciente de estrellas, fenómeno que tampoco podían apreciar a simple vista. En ningún sitio se ha descubierto indicio alguno de la existencia de tal «telescopio», a pesar de que los antiguos templos estaban saturados de numerosas reproducciones de todos los objetos usuales. ¿Se trataba, quizá, de un secreto custodiado celosamente por los sacerdotes y los astrónomos asirios? Nunca lo sabremos.

El hallazgo realizado por el arqueólogo inglés sir Austin Henry Layard, durante sus excavaciones en la antigua Nimrod, la célebre ciudad en ruinas de Mesopotamia, de una lente planoconvexa con foco de 105 mm, constituyó una auténtica sensación. ¿Teníamos allí la clave del secreto? Este hallazgo suscitó una viva diferencia de opiniones sobre el «telescopio imposible». A pesar de todo, no se llegó a otro resultado que al establecido por el astrónomo R. A. Proctor, en su obra Saturno y su sistema. Según éste, los conocimientos astronómicos de los caldeos que habitaron en esta parte del territorio babilónico eran tan superiores a la ciencia astronómica de los otros pueblos, incluida la de los que surgieron más tarde con civilizaciones superiores, que no pueden justificarse sin la existencia de un medio semejante.

Asimismo sabemos que el pulimento de lentes no era una práctica extraordinaria entre los pueblos de la Antigüedad. Nerón usaba una esmeralda pulimentada para aliviar su miopía, y asimismo eran conocidos otros cristales de aumento. Séneca (4 a. C.-65 d. C.), el famoso maestro de Nerón, informa en sus Quaestiones naturales, traducidas libremente por Observaciones sobre Ciencias Naturales, que «... hasta las más minúsculas e indescifrables inscripciones aparecen grandes y claras mirándolas al través de bolas de cristal llenas de agua».

Aún es más antigua la alusión a una de estas lentes que se encuentra en la comedia Las nubes, del poeta griego Aristófanes (445-388 a. C.), lo que demuestra que los griegos ya conocían los cristales ustorios o de aumento. Parece sumamente extraño que ningún sabio de la Antigüedad se decidiera a construir con estos cristales de aumento un instrumento para la observación de los seres minúsculos de la Naturaleza, algo equivalente a un microscopio. ¿Acaso sucedió como con el telescopio, y solamente los caldeos habían llegado a construir un instrumento cuyas características eran mantenidas por ellos en el más riguroso secreto?

Mas reconozcamos que con telescopio o sin él, los conocimientos de la Antigüedad en el terreno de la astronomía son verdaderamente sorprendentes y tan admirables como sus grandes edificaciones que tanto nos impresionan.
Publicado por OswaldoLilly @ 2:00
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Publicado por Visitante
martes, 12 de diciembre de 2006 | 16:43
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Publicado por Visitante
viernes, 01 de mayo de 2009 | 4:29
si, como dices, sorprendente y admirable