Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
La misma traducción literal de la palabra Himalaya —"la morada de las nieves"— es un fiel retrato hablado de la cordillera más larga y alta del planeta. Se le llama también "el techo del mundo", porque más de 200 de sus cumbres o picos superan los 7 mil metros de altura sobre el nivel del mar y 14, los 8 mil.
Este inmenso paredón de roca, hielo y nieve ocupa una superficie de un poco más de medio millón de kilómetros cuadrados —que abarca territorios de Pakistán, China, India, Nepal y Bután—, con una longitud de más de 2 mil 500 kilómetros lineales y una anchura entre los 200 a 400 kilómetros.
Cada año, estas montañas atraen a millares de personas de todas las nacionalidades. Algunos buscan gozar de la vista de un paisaje único; entre ellos, varias celebridades de Hollywood que, convertidas al budismo, aprovechan su visita al Tíbet para echar una mirada, a bordo de un helicóptero, a la majestuosa cordillera.
En este caso, el más conocido es Richard Gere, quien desde los años 70 apoya activamente la lucha del Tíbet contra China. Él ha tomado una serie de fotografías espectaculares de la región, que expuso en Nueva York.
Otros que han experimentado la fascinación del Himalaya son Brad Pitt (que filmó en aquellas latitudes 7 años en el Tíbet), Harrison Ford, Sharon Stone, Orlando Bloom, Oliver Stone, Uma Thurman, Steven Segal y Goldie Hawn.
En su tiempo, Ted Turner, propietario de la cadena de CNN, y su entonces pareja, Jane Fonda, también hicieron el largo viaje para llenarse los ojos con el imponente paisaje nevado. Igualmente lo ha hecho el empresario regiomontano Federico González Sada, amante del montañismo.
Pero fuera de estos turistas de “clase premier” hay otros visitantes que buscan la emoción de vencer un desafiante pico nevado, donde el oxígeno escasea y el frío casi congela la sangre.
Cada temporada, más de una docena de montañistas pierden la vida o alguna parte del cuerpo, por congelamiento grave (los casos han aumentado mucho, y la falta de servicios sanitarios en el Tíbet no permite la atención rápida a los heridos).
A finales de mayo pasado, en el mítico Everest (entre Tíbet y Nepal), la punta más elevada de los Himalaya con sus 8 mil 848 metros sobre el nivel del mar, se vivió una temporada trágica. Entre sus paredes y laderas de nieve hubo 11 muertes confirmadas, aunque algunos escaladores en la zona hablan de hasta 15.
El alemán Thomas Weber, con un problema de visión que empeoraba con la altitud, agonizaba en el camino cuando se confirmó el fallecimiento de un compañero de equipo: Lincoln Hall, un australiano de 50 años con gran experiencia en las escalaciones del Himalaya.
El 25 de mayo, Lincoln fue dado por muerto tras dos horas sin signos vitales. El jefe de expedición ordenó a los sherpas que retrocedieran al campamento más próximo, ya que el resto de los montañistas corría serio peligro por falta de oxígeno, agotamiento y ceguera producida por la nieve.
La mañana del 26 de mayo, sin embargo, el jefe de otra expedición, en camino a la cima, pasó junto al presunto cadáver y descubrió que éste se movía. ¡El australiano había sobrevivido a una noche a la intemperie a 8 mil 700 metros, sin oxígeno y con un posible edema cerebral!
La noticia se esparció por el área y 11 miembros de todas las grandes expediciones del campamento base se coordinaron para rescatar a Lincoln. La operación duró 12 horas y al día siguiente, el resucitado habló con su familia a Australia, aunque los dedos de sus manos mostraban graves síntomas de congelación. En su lugar, murió otro integrante de su grupo: Igor Plyushkin, de 54 años.
El alpinista británico David Sharp no tuvo la misma suerte que Lincoln: 40 escaladores pasaron a su lado cuando él moría y ninguno se ofreció a prestarle ayuda. En su descargo habría que mencionar que a 8 mil 848 metros, ni el oxígeno ni las cuerdas ni los sherpas salvarán a un escalador cuyas fuerzas se agotan o cuyo organismo falla. Pero al menos pudieran intentarlo.
Los geógrafos clasifican a los Himalaya en tres regiones diferentes y escalonadas: El Himalaya Exterior —situado en la parte sur de la cadena, en los límites de la India y Pakistán— y que se distingue por el sinfín de colinas boscosas con una altura promedio de algo más de los mil metros, que forman fértiles valles.
Su clima es tropical, con temperaturas promedio de 30 grados centígrados en verano y de 18 en invierno. Hasta hace poco, esta región era morada de muchas especies de animales silvestres que han sido diezmadas.
El Himalaya Menor o Medio está conformado por una cadena de montañas con las faldas cubiertas de árboles y los picos coronados de nieve, con una altura de menos de 5 mil metros. Lo accidentado del terreno entorpece y dificulta las comunicaciones. Si bien los veranos promedian una temperatura de 25 grados centígrados, los inviernos son muy crudos.
El yak —un bovino que alcanza 1.90 metros de alzada— es el animal imprescindible en esta región, ya que se le utiliza como bestia de carga y proveedor de carne, leche, lana; incluso, sus excrementos son secados al sol para utilizarlos como un efectivo combustible.
El Himalaya Mayor o Gran Himalaya recibe este nombre por ser la porción más elevada, casi de 24 kilómetros de anchura, con vastas tundras y desiertos de nieve, con montañas de más de 6 mil metros de altura y coronadas con nieve y casquetes de hielo perpetuos. En la zona, se ubica la mayoría de los picos mayores que atraen y "embrujan" a los escaladores.
Si bien el primer mapa del Himalaya fue realizado en 1590 —hace casi medio milenio— por el misionero español Antonio Monserratte, y en la actualidad se dispone de exactas cartas geográficas realizadas por cámaras satelitales, son todavía muchos los secretos que guardan los millares y millares de montes, bosques y selvas de esta inmensa muralla.
La historia del montañismo del Himalaya apenas comenzó, oficialmente, cuando el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing (guía local) coronaron en 1953 el Everest. A partir de entonces, el propio Jomulngma —nombre nepalés del mencionado pico— y los otros 13 "ochomiles" han sido poderosos imanes para que los montañistas de los cinco continentes hayan convertido al Gran Himalaya en una de las atracciones turísticas naturales más visitadas del planeta.
No se puede escribir nada sobre los Himalayas si no se menciona una de sus más apasionantes leyendas: la del Yeti, una criatura gigantesca que parece mezcla de ser humano y mono peludo y que, —según testimonios de nativos y excursionistas—, habita en las vertientes de la cordillera. También se le conoce como el "abominable hombre de las nieves".
Aunque se asegura que el propio Hillary fue el primero en dar fe de la presencia de este monstruo, el testimonio más mencionado es el de Joe Tasker y Peter Boardman cuando ambos establecieron un campamento a 5 mil 100 metros de la Montaña Brillante, o sea el monte Changabang, el mismo en el que se perdieron los mexicanos Alfonso de la Parra y Andrés Delgado.
A la medianoche de aquella ocasión, Tasker y Boardman fueron despertados por un estrépito del equipo de cocina al ser arrojado al suelo y escucharon rugidos rabiosos. Optaron por no salir a investigar hasta que amaneciese.
A la salida del sol, descubrieron que todos los enseres habían sido tirados al suelo, aunque sólo faltaba una caja en la que guardaban tres docenas de barras de chocolate.
Además, encontraron enormes huellas —de unos 36 centímetros de largo— que se acercaban y alejaban del campamento. "Ningún ser vivo podría subsistir a esta temperatura. Pero, hubo alguien ahí. Quizás haya sido un Yeti", escribió Tasker.
Lo única cosa que es real hasta ahora es la atracción fatal que ejerce la cordillera en los seres humanos que buscan remontar sus peligrosas cordilleras.