lunes, 13 de noviembre de 2006


La oficina de prensa de la Santa Sede, la Sala Stampa, difundió esta semana una alocución de Benedicto XVI a los obispos suizos —en visita «ad limina»— que resultó ser un discurso que, en realidad, no había pronunciado el Papa ese día, sino que eran las palabras que Juan Pablo II había previsto dirigir a esos mismos prelados en febrero de 2005, pero enfermó definitivamente y no pudo recibirles

La misma Sala Stampa advirtió del error el martes por la tarde y retiró de su «bollettino» el texto equivocado. La rectificación alcanzó también a la edición vespertina italiana de «L'Osservatore Romano», periódico oficial del Vaticano, cuya distribución fue suspendida. El error, por tanto, tuvo notable trascendencia, aunque sólo fuera por el hecho de que se mandara parar las máquinas del veterano rotativo. Por su parte, un diario digital peruano tituló la noticia con cierta picardía: «El Vaticano resucita a Juan Pablo II en un discurso».

¿Dónde estuvo el fallo? ¿En la Sala Stampa, que dirige el jesuita Lombardi, o en la Secretaría de Estado del fiel cardenal Bertone, que maneja toda la documentación? De Lombardi dicen que puede estar todavía un poco verde, aunque antes de que él y Bertone entraran en la maquinaria ya existía un cierto desorden documental. Recuérdese, por ejemplo, que la traducción de la primera encíclica de Benedicto XVI -«Deus caritas est»- se prolongó durante semanas, hasta el punto de que al Papa llegó a vérsele compungido por la demora.

El suceso de la célebre frase del discurso de Ratisbona entra en capítulo aparte, pero probó que la forma de trabajo del Papa Ratzinger difiere de la de su predecesor, aunque sólo sea por el hecho constatado de que todo sale de su pluma durante horas de trabajo en su escritorio, con su chaqueta de punto sobre la sotana blanca. La maquinaria vaticana -que produce cada día docenas de folios de nombramientos, discursos, homilías, declaraciones, notas, etcétera- parece estar todavía engranada según el anterior pontificado.

Por lo demás, el error no merecería mayor consideración, salvo porque permite realizar un poco de papología comparada en una materia tan sensible como la absolución general. En efecto, el texto de Juan Pablo II —el que se retiró, pero que permanece flotando en cachés y otros recovecos de internet— dedica un buen párrafo al declive del sacramento de la reconciliación y, en particular, a la prohibición doctrinal de la absolución colectiva.

El Papa Wojtyla recuerda su motu proprio de 2002, «Misericordia Dei», en el que se refresca a los pastores y fieles que dicha absolución sólo puede administrarse en circunstancias excepcionales.

Que dicha advertencia doctrinal era noticia en boca de Benedicto XVI lo prueba cómo esta semana titularon la información algunos medios. Por ejemplo, la Eternal Word Television Network (EWTN): «Benedicto XVI pide a los sacerdotes no abusar de la absolución colectiva». O la Radio Vaticana: «El Papa invita a los obispos suizos a observar rigurosamente las normas de la Iglesia concernientes a las absoluciones colectivas».

Cuando el miércoles de esta semana la sala de prensa difundió el discurso que, en efecto, había pronunciado Benedicto XVI, pudo comprobarse que también había dedicado un párrafo al progresivo declive de la reconciliación e incidía en que se trata de un encuentro personal con Jesucristo que no debe esconderse en la colectividad. Pero no había referencias doctrinales, sino más bien pastorales.

El discurso de Juan Pablo II era más directo y admonitorio, el de Benedicto XVI, más teológico y dirigido a animar a sus pastores a que desarrollen nuevas formas de recuperación de la penitencia.

¿Qué pensar? La absolución general es asunto enquistado. No pocos sacerdotes la administran, convencidos de que producen más bien que mal en sus fieles. Al mismo tiempo, los obispos confeccionan sus listas negras de párrocos díscolos, pero sin dar demasiadas voces para que la situación no acabe en crisis abierta.

Posdata. Hay maremágnum documental en la oficina de Lombardi y también en la Corrada del Obispo, donde quedan embalsamados los folios de los temibles sociólogos Parrilla y Álvarez. Hay que acudir al «top manta» de los documentos, en internet, para localizarlos. En todas partes cuecen habas, con textos atravesados y con absoluciones colectivas.




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Publicado por OswaldoLilly @ 1:05
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