Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Hace 20 años, la vida en Pripyat tuvo un final estremecedor. Antes del amanecer del 26 de abril de 1986, a tres kilómetros al sur de lo que era entonces una ciudad de 50 mil habitantes, el reactor número cuatro de la planta de energía nuclear de Chernobyl explotó.
Alrededor de 30 personas murieron en el estallido y el incendio, o por la radiación letal. Las instalaciones destruidas ardieron durante 10 días, y contaminaron 142 mil kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, el sur de Belarús y la región de Bryansk en Rusia. Fue el peor accidente nuclear que el mundo haya visto.
La lluvia radiactiva, cuyas partículas emitieron una radiación 400 veces mayor que la liberada en Hiroshima, ocasionó que 300 mil personas abandonaran sus hogares, y desencadenó una epidemia de cáncer de tiroides en los niños.
Con el transcurso de los años, las pérdidas económicas han ascendido a miles de millones de dólares. La tragedia en Chernobyl (o Chornobyl, como se le llama ahora en Ucrania) aceleró incluso la disolución de la Unión Soviética cuando posteriormente surgieron pruebas de la torpeza y el hermetismo del gobierno con respecto al accidente.
La explosión de hace 20 años aún tiene repercusiones. Bajo la tenue luz de una nevada mañana de primavera, los objetos dispersos de una guardería abandonada yacen en el piso: diminutas sandalias y zapatillas de ballet cubiertas de moho; fotografías de Lenin cuando era un niño de corta edad y de su época como líder juvenil impresas en cartón (el equivalente soviético de las tarjetas coleccionables de beisbol estadounidenses) hablan de un suceso que les arrebató la inocencia a los pequeños de Pripyat y cambió sus vidas para siempre.
En el salón contiguo yacen muñecas en diversos estados de desmembramiento, algunas a medio vestir, recostadas en las cunas metálicas donde alguna vez los chicos durmieron la siesta. En la pared del gimnasio hay fotografías de los niños trepando por unas estructuras metálicas para hacer ejercicio y equilibrándose sobre tablas.
En la actualidad, los restos radiactivos del reactor cuatro aún se consumen debajo del sarcófago, una cripta de concreto y acero que se construyó de manera precipitada después del accidente, que ahora se desmorona y amenaza con derrumbarse.
Está a punto de iniciarse la construcción de una obra para reemplazarlo: una estructura arqueada, del tamaño de un estadio, que se deslizará sobre el sarcófago y lo sellará. Cuando ésta se termine, el reactor destruido quedará fuera de la vista de todos. No obstante, los habitantes de la región jamás lo olvidarán.
Aunque los primeros cálculos de que decenas o cientos de miles de personas morirían a consecuencia del accidente nuclear de Chernobyl han perdido credibilidad, el daño genético que provocó lentamente está teniendo repercusiones negativas.
Nadie puede estar seguro del resultado final, pero en un informe publicado el año pasado por varios expertos se estimó que el cáncer originado por Chernobyl cobrará cuatro mil vidas.