miércoles, 29 de noviembre de 2006
Fragmento de la novela “Polvo de Vigilias” de Oswaldo Lilly, escrita para el Blog “El webcindario de Oswaldo”.



Me extraño de ver a Pili por casa a estas horas de la mañana. Son las diez pasadas y estimo que debería hallarse en la universidad.

Ignoro si ha faltado o está de permiso, pero eso no me incumbe. La miro arreglarse con soltura frente al espejo tocador. Paseo la mirada por la habitación: hay una taza vacía sobre la mesa y un terrón de azúcar en un platillo sucio; dos cajas de cartón se han añadido a la soledad del paisaje: puedo verlas arrumbadas en la esquina. El tiempo pasa; enciendo un cigarrillo. En un descuido, la joven desaparece.

La estática del monitor es tragada por un gélido silencio que muerde. Comienzo a experimentar una taciturnidad que me hiende las sienes. Para no dejar, me han venido las ganas de tocarme. Me apoltrono para estar más cómoda. Termino el pitillo, toco mis rodillas y las oprimo con fuerza. Voy un poco más arriba, subo más y más. Tirito. Debo evitar el entumecimiento.

A la una menos cuarto las imágenes cobran vida; me desperezo. Clavo la vista en la gran pantalla de cristal. Leo en el vídeo: martes, nov. 19, 2002, 12:46 p.m. Por fin reaparece. Pili está vestida con ropa de calle. Porta falda azul y una blusa color cielo. Entra en el cuarto sosteniendo el bolso añil; tiene el pelo recogido en arreglos castaños. Su encendido rostro luce bien y el maquillaje se le ve correcto. Sin duda debe venir de la ciudad. Deja el bolso en la mesita y comienza a soplarse con las palmas. Se ve bastante acalorada, pero presiento que hay algo que la inquieta.

Va a la puerta; se asoma. Se ancla allí por largo rato. Capto en su rostro un aire reflexivo. Consulta el reloj con insistencia, suspira, da vueltas sin ton ni son. La veo ir al guardarropa para hurgar entre las perchas. Saca un largo sobretodo gris y lo extiende sobre la cama. Lo mira largamente, después se lo prueba: casi le da a los tobillos. Tiene botonaduras al frente, pero Pili no lo abrocha. Se despoja de la ropa por debajo del capote. La joven muestra oficio para desvestirse con aquel gabán encima. Lo hace con complacencia, pero con cierta premura. Se ladea; echa miraditas a la puerta entreabierta.

Ya puedo distinguir la falda y la blusa tiradas sobre el lecho. En cosa de segundos se le enciman las dos prendas miniatura. Pili está empapada, todo el cuerpo le gotea. Hunde las manos en los bolsillos y se encamina al espejo. Prueba a abrir y cerrar el sobretodo, lo hace muchas veces. Miro su cuerpo reflejado en la luna: Pili es hermosa; luce soberbia así como la veo. Es, además, impredecible; tiene un no se qué que cautiva. Un poco sofocada, le sonríe al reflejo mientras abre y cierra el gabán. Veo sus pechos aparecer y desaparecer, la mata de pelos eclipsarse y florecer, como si el tiempo no existiera. Hay una expresión subversiva en su rostro. Ahora es Pili un cuerpo que crepita.

Va otra vez hasta la puerta y se asoma con su cuello largo, de cisne. Tengo la impresión de que con esa capa gris se asemeja más a un buitre de las planicies. Sus felinos ojos extraviados brillan como soles luminosos. Vuelve a mirar el reloj: las 13:22. La duda me corroe, los ojos se me agrandan como peras; tengo la cabeza casi metida en el monitor. Algo sucederá, lo sé, pero es un pálpito que aún no alcanzo a descifrar. Pili sigue en la puerta en actitud de espera; otea el aire con notoria impaciencia. Minutos después entra de nuevo; ha dejado la puerta entreabierta.

La chica ya no danza ni caravanea, ahora marcha a paso lento alrededor de la cama, pensativa. Aguarda. Vienen a mi mente recuerdos vaporosos y fueguinos. Me siento exaltada; un cúmulo de ideas me nimban el cráneo.

Alguien se ha movido en el fondo, pero no es Pili. Me enderezo en el asiento y me pego a la pantalla. Miro a Pili cubierta por el sobretodo gris, parada en medio de la puerta. Sonríe. La ansiedad ha huido de su rostro. Estira la mano para saludar. Entran. Hay una jovencita a su lado. Es casi una niña, pero aún no puedo precisar su edad. Es bella, menuda y grácil. Definitivamente, parece una oriental. Barro su imagen, necesito etiquetarla: tendrá unos dieciocho, quizás diecinueve, aunque da la apariencia de tener menos.

La recién llegada se ha sentado a la mesa y Pili se desplaza a la nevera. Regresa con un par de sodas que vierte en los vasos. Retira la taza vacía y el platito sucio con el terrón de azúcar. Pili no se sienta, sigue ahí, de pie junto a la mesa, con los labios arqueados. Charla con la recién llegada. Al parecer, ésta comercia con algo. Repasan un catálogo e intercambian frases cortas, y en particular, miradas.

Pili remueve las manos por debajo del abrigo mientras finge ver el fascículo. La visitante está quieta pero puedo adivinar en ella una turbación feroz, casi bestial. Sus ojos estirados son ahora más pequeños. Pili también manda mensajes, aunque pretenda negarlo con sus expresiones. Costeando la mesa, Pili se perfila frente a la jovenzuela. Las orejas y la nariz se le han puesto cobrizas. Su sonrisa se ha esfumado y hay en su semblante un continente majadero y pérfido. La mira con fijeza antes de abrirse un poco el sobretodo.

Justo delante de ella, con las pupilas errantes y la boca entornada, la jovencita, fascinada, también la mira. Sus dedos hacen girar el catálogo sobre la mesa, pero en sus ojos hay un brillo incandescente. Adelanta su carita alargada de hurón tierno y descubro la intensa congestión que hay en su tez. Pili le regala una mueca por sonrisa, da unos pasos hacia el frente y pone los ojos en blanco. Miro a la visitante: está como ida, parece una estatua de piedra. Su rostro arrebolado es de un bermejo que espanta. Pasa del rubor a la palidez y del granate al cetrino. Hay recelo en sus facciones, pero hay también expectación: una mezcla rara y desconcertante. Caballos salvajes deben huír desbocados por las rojizas pistas de su corazón. Leo en su rostro algo poderoso y maligno: ya no es curiosidad, es algo mucho más potente. Hay una sombra ominosa y perversa que se cierne sobre sus cabezas: ahora las une el sibilino ímpetu de sus deseos. El tiempo es de ellas, ya nada se interpone. Contengo la respiración y me repliego. Quiero ver todos los gestos que me revelará la cara angustiada de la joven cuando Pili se decida.

Pili sigue moviendo las manos debajo de la prenda sin dejar de sonreír, pero su sonrisa es una mueca deforme: ya no hay dulzura en su semblante. Advierto que ella no cambia de expresión, cambia de rostro. Lo que ahora veo no es una cara sino el gambox, la verdadera máscara de Pili. Centro mi atención en el cuadro que me ofrecen las dos chicas: ellas integran un todo, me percato de que forman una pareja. Son cómplices en el juego, saborean las mismas viandas, beben de la misma fuente. Juntas sobrenadan en el cínico caldo de la solemnidad complaciente. Son dragones a punto de escupir bocanadas ardientes. Por fin Pili se abre de capa.

El rostro de la extraña se ha puesto plomizo. Su respiración es casi imposible y hay flamas vivas en sus dilatados ojos negros. Pili cierra y abre, abre y cierra. Imagino lo que las dos están sintiendo, pues yo misma también lo siento. Es lava viva, explosión voraz. El tiempo corre, palpo la pesadez, pero Pili no se sacia. La visitante, asfixiada, devora las visiones con los ojos muy abiertos. Se ha quedado sin habla. Es como un pacto, lo sé. Hay estertores en los miembros de Pili, pero ni así para de mover las manos. Levanta la cabeza y se sacude, el cuello se le desguinda. Desesperada, intenta ahogar los gemidos sin conseguirlo. El sudor la anega y el maquillaje se le escabulle por las comisuras. Si bien ha permanecido inmóvil, la jovenzuela está más calada aún. Es un ardor desbordante, es el apogeo de un clímax de muerte.

En la mesa, el catálogo ha dejado de girar. De repente, un silencio corrosivo y espantoso invade la habitación. Mi pantalla arde y yo también me incendio. Pili se ha sentado, sofocada, delante de la jovencita. Coge la revista, abre los folios, mira las fotografías; sus manos tiemblan. Las manchas rojizas van desapareciendo y los colores retornan a su cara. Hablan, se miran, se susurran cosas; la connivencia entre las dos es evidente. Observo a la pasiva invitada y me doy cuenta de que sonríe. Parecen hacer un trato entre mohines. La jovenzuela intenta escribir en un cuaderno, pero desiste. Todavía está desencajada, aún es presa de la conmoción. Por largo rato callan. Ahora sólo se miran con complicidad. Descubro en sus ojos el mismo color y el mismo brillo que hay en los míos. La ominosa burbuja de presión se ha disipado.

Me he echado atrás para estirar los músculos y siento como si todos los objetos del cuarto me preñasen las entrañas. Las tripas me bullen, algo me cruje por dentro. Abro las piernas, bajo las manos, quiero esconderme ahí, palpar un punto voraz que no deja de latir. Cierro los ojos y me dejo llevar. Alucino. Revolotean en mi cabeza imágenes que evocan un calco de la danza fálica de la Roca dels Moros. Veo cabriolear samoyedos pintarrajeados, saltan frente a mí aborígenes de pangkalpinang, hay pigmeos andamaneses que celebran rituales de muerte uniéndose entre sí: hombres con hombres, mujeres con mujeres, padres con hijas, todos contra todos. Flotan frente a mis ojos gentes que se sajan y se amputan, que se dislocan las bembas con huesos de mono, que se tatúan en el vientre animales monstruosos. Distingo multitudes que no viven ni mueren. Hay precitos mirándome, son réprobos: necesito hacerlos volver al orco. Despierto.

Mis miembros tiemblan, la envoltura de mis muslos chorrea. Hay como nueces desmigajadas en mi garganta. Mi lengua está seca, le siento un pútrido sabor a hierro. He perdido la noción del tiempo.

Echo una ojeada al monitor: no veo absolutamente nada.

La imagen está desolada.

Publicado por OswaldoLilly @ 6:31  | Novela Inédita
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Publicado por Visitante
viernes, 06 de noviembre de 2009 | 1:39
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