domingo, 03 de diciembre de 2006



Fragmento de la novela inédita “Polvo de Vigilias” de Oswaldo Lilly, escrita para http://oswaldolilly.blogcindario.com


Advierto que Sussete, del otro lado de donde me encuentro, atiende a un hombre moreno de tupida barba. Éste no le quita los ojos de encima. Saborea con la mirada la parábola de sus pechos, luego la recorre entera para explorar con ojos sibilinos los flancos de sus caderas. Al final se planta descaradamente en sus abultadas nalgas. Sussete lo ha notado pero disimula.

He visto que el tipo se toca con descaro por debajo del mantel. La camarera va a la barra para traerme el servicio. Viene a mi mesa, deposita la bandeja y me sirve. Casi en seguida regresa a la mesa del barbón.
Abro el libro al azar. Ahora escucho una voz.
—¿Supiste lo de Patsy? — dice de repente la mujer madura.
El marido no la mira; está concentrado en cortar un gran pedazo de la rosada costilla de ternera que hay en su plato. Le oigo bufar. Se zampa un buen bocado y lo mastica. Contesta con dificultad, sin dejar de mover las mandíbulas:
—No he sabido de ella en meses.
—Oh, bombón, pero si está en todos los periódicos.
Él parpadea.
—¿En los periódicos?
—¿Qué no sabías?, Patsy se divorció.
—¿En serio?
—Pero no es esa la noticia, bombón.
—¿Ah no?
—Lo increíble es que en un par de meses se nos casa nuevamente.
El hombre casi se atraganta.
—¡Upa…! —dice, con el rostro enrojecido—. De plano hay gente que no aprende.
Poso la vista en la página y leo:
«—Todavía me duele la cabeza. Consecuencia de los excesos de anoche en tu casa —dijo a Rasumikhine alegremente, en tono muy distinto del que había empleado hasta entonces—. Aún estoy algo trastornado.
—¿Resultó interesante la velada? Os dejé en el mejor momento. ¿Para quién fue la victoria?
—Para nadie. Finalmente salieron a relucir los temas eternos.
—Imagínate, Rodia, que la disputa había desembocado en esta cuestión: ¿existe el crimen...? Ya puedes suponer las tonterías que se dijeron.
—Yo no veo nada de extraordinario en ello —repuso Raskolnikof distraídamente—. Es una simple cuestión de sociología.
—La cuestión no se planteó en ese aspecto —observó Porfirio.»

La pareja había guardado silencio, pero de pronto la voz del marido me saca de la lectura.
—¿Has visto allá abajo?
La mujer lo mira sobresaltada.
—¿En dónde?
—Ahí —dice él, señalando con un ligero movimiento de cabeza.
—¡Ah, ya!
Silencio.
La mujer, ruborizada, pregunta:
—¿Qué es lo que hace?
—Si quieres fíjate, pero no lo veas a los ojos.
—Sí, sí.

Por un rato la pareja no aparta la vista de la mesa del moreno de barbas. Éste no ha dejado de mirar a Sussete intensamente, con ojos que no encubren el deseo de desvestirla, mientras mueve las manos debajo del mantel. La camarera, por alguna razón, sigue anclada al pie a la mesa.
—¿Qué te había dicho yo? —dice la mujer—. El tipo no me gustó desde que lo vi llegar. Eso no está bien.
El marido la ignora. Se nota que la escena le ha cautivado.
Advierto que su mujer resopla y que los pechos se le mueven agitados.
—Esa mujercita... —suelta ella con un jadeo que no puede ocultar.
—¿Quién?
—La camarera.
—¿Qué tiene?
—Ella se presta, ¿no ves?
Se calla y sonríe vagamente. Luego vuelve a decir:
—Yo te lo dije el otro día.
—¿Qué?
—Lo de la falda.
—¿No te gusta? Es el uniforme que ellas usan.
—No está bien.
—Son otros tiempos —dice él—, ya no es como en las épocas del Marqués. ¿Dónde diablos estará el libro ese…?
—Cuál, ¿el de Fanny…?
—No, no… el del Marqués; aquél de la filosofía esa … no me acuerdo...
—¿La filosofía en el tocador? Ay, bombón, está escondido en el armario de arriba.
—¿Sí?, ¿por qué lo supones?
—Tú me lo dijiste la otra vez y de ahí lo tomé para leerlo.
—Ah, sí, sí.
Ella come una miga de bizcocho que toma del mantel de papel. Luego alisa el papel y vuelve a mirar hacia la mesa.
—¿Sabes? Tú te equivocas, esa camarera es más...
—Es posible, linda, es posible —dice él, interrumpiéndola, para fijar su mirada en el hombre de barba.
Otea de nuevo bajo el mantel.
—Dime, ¿has visto sus ojos? —pregunta ella.
—¿De quién?
—De la camarera.
—No, he visto los del tipo.
La mujer ríe nerviosa.
—¿Cómo eran? —pregunta él.
—¿Qué cosa?
—Sus ojos.
—Ah, parecían dos candiles; eran como… como los ojos de un felino cazando en las tinieblas.
—También los de él.
—Mira, mira, ¡es increíble! —interrumpe la mujer.

Observo cuando el hombre de la barba negra le extiende con desfachatez alguna cosa a la joven rubia. Al igual que la pareja de maduros, he seguido los sucesos con todo detalle. Estoy asombrada. Veo al tipo levantarse y abandonar el lugar. Sussete se ha guardado algo entre sus senos y ahora se mueve en busca del trapeador. Sin levantar la vista, asea apresuradamente el pedazo de piso que está bajo la mesa. Regresa el avío a su sitio y se apresura a ir hasta la barra.
La mujer madura suelta en voz baja:
—¡Oh, no sabes!
Hay tanta pasión en su voz, que el marido se inclina para acariciarle el cuello.
—¡Ah, bombón, quieto… me excitas! —musita ella, sonriendo.
Hago un intento por reanudar la lectura:
«—¿Resultó interesante la velada? Os dejé en el mejor momento. ¿Para quién fue la victoria?
—Para nadie. Finalmente salieron a relucir los temas eternos.
—Imagínate, Rodia, que la disputa había desembocado en esta cuestión: ¿existe el crimen...? Ya puedes suponer las tonterías que se dijeron.»

Todavía oigo decir a la mujer:
—¿Sabes, bombón? Se lo voy a contar a Patsy cuando vaya a felicitarla.
—No por favor, la excitarás. —susurra él entre dientes.
—Por eso mismo lo haré, ¿qué esperabas? —bromea ella, apretándole la mano.
Él le mira los pechos, que suben y bajan al ritmo de su respiración. Vuelve a acariciarle la nuca y ya no se oyen protestas. Presiento que algo va a suceder. Espero. Mis ojos son dos candiles felinos que acechan en las tinieblas. Permanezco con la cara encubierta tras el libro.
«—Imagínate, Rodia, que la disputa había desembocado en esta cuestión: ¿existe el crimen...? Ya puedes suponer las tonterías que se dijeron.
—Yo no veo nada de extraordinario en ello —repuso Raskolnikof distraídamente—. Es una simple cuestión de sociología.
—La cuestión no se planteó en ese aspecto. —observó Porfirio.»

Por el borde de las tapas del libro he pillado una mano que se desliza bajo la mesa; empiezo a oír suspiros suaves. Pero Sussete, con una bandeja en los brazos, ha llegado a interrumpir: lleva los platitos del postre. Algo ya no está en su lugar, el momento de magia se ha roto para siempre. Miro a Sussete con curiosidad: tiene la cara rojiza y los ojos le chispean, pero se ve muy hermosa. Se inclina con elegancia de gacela y coloca los duraznos en la mesa, recoge los platos sucios y los deposita en la bandeja. El marbete cuelga al aire y el altivo círculo de sus senos tienta todas las miradas. La pareja la observa trajinar entre un aura de misterio.

Sussete levanta la bandeja y se da la media vuelta con gracia. Algunos platos resbalan y se estrellan en el suelo. El estropicio sorprende a la clientela. La cara de la chica se ha puesto purpúrea, pero de inmediato se agacha para amontonar los pedazos. Está bastante nerviosa. Observo su entrepierna y me remuevo en el asiento. Sussete ha caído en descontrol y ya no tiene dominio de sí. Sus piernas están tan separadas que ahora me muestran la braga como si fuese el libro abierto que sostengo entre las manos. Devoro sus intimidades con avidez, como si estuviese leyendo el mejor párrafo de la novela. Vislumbro un túnel; es tal como lo imaginé. La tanga es amarillenta, de un tono tan extravagante como si la hubiesen pasado por ácido pícrico. No tiene nada que ver con el dorado matiz de los manteles, pero no es ese el único tesoro que descubro. Hay una conchita diminuta, como carapacho de tortuga, con una esplendorosa sombrita del color de las nueces circundando los rebordes de la tela. Sussete por fin se levanta, pide disculpas a la pareja, y se aleja con paso apresurado.
«—Imagínate, Rodia, que la disputa había desembocado en esta cuestión: ¿existe el crimen...? Ya puedes suponer las tonterías que se dijeron.
—Yo no veo nada de extraordinario en ello —repuso Raskolnikof distraídamente—. Es una simple cuestión de sociología.
—La cuestión no se planteó en ese aspecto. —observó Porfirio.»

Echo un vistazo a las mesas: ya no hay magia en nada de lo que veo; el encanto se ha desvanecido.

Cierro el libro y pido la cuenta.

Me desvanezco.

Publicado por OswaldoLilly @ 7:13  | Novela Inédita
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Comentarios
Publicado por Laura Sauz
miércoles, 27 de mayo de 2009 | 22:35
Siempre pensé que los diálogos tenían que ser de altura, llevarte de la mano hacia dentro del tema, y este lo consigue... ¿en donde descargo toda la novela? Decidme y os prometo leerla completa.
Publicado por CELINA
jueves, 28 de mayo de 2009 | 16:36
SIMPEMENTE SENSACHIONALEEEE
Publicado por Visitante
domingo, 31 de mayo de 2009 | 5:21
buenooo, me sorprendio realmente