Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
He ido a desembocar en una larga vía de macadán que no parece tener fin, y el auto se balancea como si fuese un barco. Admiro el paisaje. Hay sobrios chalets multicolores, limpios y hermosos; casas de dos plantas muy bien cuidadas, amplios jardines llenos de verdor que brillan bajo un sol radiante.
Todo se ve solitario en este día. He descubierto un poco más allá un callejón por donde puedo doblar. En pocos minutos aparece ante mí, como un espectro gigantesco, el alto edificio gris de techo oscuro: es la vieja estación de trenes.
Las remembranzas bullen golpeándome con fuerza y un sentimiento de alegría me conduce hasta el aparcamiento. Dejo el auto y entro. Hay demasiada gente, puedo percibir el bullicio. Veo rostros agitados y piernas que se apresuran. Por todos lados se transportan cosas y se arrastran valijas. Hay enormes cajas de diferentes colores que entran y salen de los cubículos de envío. Llego a la sala y me siento.
Estoy en la parte lateral, desde donde distingo la hilera de bancas verdes apiladas en el centro. Parecen las oscuras lápidas de un cementerio.
Hay personas que esperan, niños que corren, gente que come, parejas que se abrazan. Veo a un tipo con cara de búho que tiene el pelo peinado hacia atrás y que usa demasiada brillantina. Un poco más allá está una mujer que al parecer ha llorado. Tiene los ojos húmedos y la punta de la nariz enrojecida; intenta distraerse hojeando una revista de modas. Los altavoces anuncian una salida.
Hay una jovencita andrajosa que se pasea entre las bancas; pasan frente a mí dos ancianas abrazadas que se sostienen a tornapunta; un ganapán las sigue conduciendo varias valijas.
Me levanto y cruzo la sala: quiero ver ese tren que está por largarse. Me he acercado a la alta contrapuerta de cristal que separa el edificio de las vías. Una multitud aborda los vagones y a mí me deleita ver esos traslados.
Cuando era niña lo hacía con frecuencia. Siempre encuentro en la gente algo qué escudriñar, cosas por descubrir. Rostros desiguales, vestiduras policromas, marcas de sufrimientos y alegrías, el brillo de sus miradas: todo lo que miro es diferente, todos son diferentes, todos tienen algo que los demás no tienen. Esa es gente que anda en busca de algo, lo sé.
En cosa de minutos el andén ha quedado vacío. Las puertas de los vagones se han cerrado y hay un ruido de hierros que cruje del otro lado. El enorme gusano se desliza frente a mis ojos como una gran greca de fantasía. Lo miro avanzar lento, luego más veloz. Cada carro que pasa me transmite una añoranza.
La cola de vagones es interminable. El último furgón asoma cuando el eco es ya un lejano chac-chac que se pierde en el espacio.
Miro en redondo: de pronto ya no hay vida en el apeadero.
Fragmento de la novela “Polvo de vigilias” de Oswaldo Lilly.