jueves, 07 de diciembre de 2006
Raciocinio y cenizas…
He descansado tres horas y me siento renovada. Mi raciocinio renace de las cenizas de ayer.
Interrumpo la sesión para desperezarme un poco. Estoy resuelta a desenmascarar las nuevas emociones que me punzan las entrañas. Son colapsos anónimos, estertores difusos que no puedo precisar. No hay duda que tienen relación con las grabaciones. Si bien los hartazgos frente al ordenador han sido avasallantes, veo y reveo las escenas y aún quiero mirar más. Sólo que por ahora he sentido un poco de hambre.
Dejo la casa y me largo a la ciudad. Manejo por una vía solitaria pensando en Pili y en sus extrañas pasiones. Somos tan parecidas que me siento retratada. Sé que a las dos nos domina la misma turbulencia, el mismo infierno que nos despedaza. Nada nos diferencia, somos como gemelas; nos ata un nudo ingénito que nos identifica.
Al llegar a la ciudad me voy directo al Soundyx. Necesito recobrarme con una buena pitanza. Tengo antojo de filete a la parilla, patatas, crema de champiñones y un par de copas de vino sin enfriar. Entro. Hay mucha gente cenando a estas horas. Escojo una de las mesas del fondo para dominar el escenario. Me siento. Recorro la sala con la vista. Un hombre de pelo blanco, ya mayor, ha quedado a mi izquierda. Bebe vino blanco y saborea almejas, que apaña de una enorme bandeja morada.
A la derecha se sienta una pareja con sus dos hijos: los pequeños devoran sendos vasos de nieve de chocolate con crema. La mujer corta pan en trocitos y se los pasa al marido con el tenedor. Más allá, cerca del otro extremo, un grupo de universitarios ha apilado sus valijas en una de las mesas, atestándola. La camarera toma nota de mi pedido. No tarda mucho en volver con la bandeja en la mano. Yo ataco las viandas con apetito voraz.
Casi me he zampado la mitad del filete cuando llega una pareja y se sienta frente a mí. Mi naturaleza fisgona pone en acción mis sentidos y es más que obligatorio que les eche una ojeada. La chica tendrá treinta, no más, y luce faldón corto y blusa deportiva. Él es un hombre joven y lleva jeans y camiseta de algodón con remoquetes estampados. Tienen pinta de activistas. Los dos lucen pelo largo, negro y brillante. Ella toma asiento en la parte de enfrente y el tipo se acomoda a su lado. Mis ojos se detienen en los bajos de la mesa. La mujer está mal sentada y yo me detengo a mirar. Hay pelillos en sus piernas que claman una afeitada. Puedo ver el canalillo que se forma como un surco en sus rodillas a medio cerrar. Mi mirada se agazapa ahí para seguir la luz que entra por el recoveco, pero no puedo abarcar más.
He terminado el asado entre atisbos y conjeturas. Las patatas no están mal: las hornean con mantequilla y las rellenan de queso, pero el vino no es gran cosa. Consulto mi reloj: pronto serán las nueve; preciso ordenar la cuenta. Antes de levantarme echo un último vistazo a los jamones blancos salpicados de vellitos. Hurgo en el pasadizo y descubro muy al fondo la entretela de una prenda, quizás Vanity o Pantarrab, bragándole los muslos. Me levanto de la mesa. Musito un superfluo adiós que no llega ni a susurro. La pareja me mira, la chica me sonríe. Le devuelvo la sonrisa con mi mirada candente. Sé que seguirá comiendo sin que el fuego de mis ojos le incinere la entrepierna. Puede que ni siquiera notase el modo en que la veía.
Divago y especulo, pero me presiento húmeda. Me encandilan pensamientos que me hacen meditar en Pili, en la jovenzuela de los catálogos que giran, en el cómplice sobretodo gris y en los tesoros que captan mis dos cámaras ocultas. Subo al auto y me acomodo. Veo a un perro que husmea entre los charcos con la cabeza torcida. Aunque nunca me ha pasado por la mente tener una mascota, reconozco que los animales me simpatizan. Antes de arrancar, palpo mis pechos. De animarme, estoy segura que rechazaré a los perros.
Llegando a la casa me planto frente al teclado. Sé que me espera el bocado de la escena del baño que rehusé mirar.
Cuestión de reglas.
Fragmento de la novela “Polvo de Vigilias” de Oswaldo Lilly.

