martes, 26 de diciembre de 2006


Eran las ocho de la noche cuando el Caireles salió de la pulquería, tras mirar que afuera se encontraba una prostituta caminando sola, por el puente de la Leña.

Tras seguirla unos pasos, se lanzó para abrazarla. La mujer se resistió durante un buen rato, pidiendo clemencia. Víctor N., conocido en ese barrio como el Caireles, era llamado así por sus los bucles que lucía en la cabeza. Cansado del forcejeo, sacó de entre sus ropas un puñal que le enterró una y otra vez. La mujer cayó encima de un montón de alfalfa y la sangre regó esa yerba; el grito lastimoso llamó la atención de un gendarme que por ahí pasaba.

El policía corrió hacia donde escuchó el grito y la miró desplomarse. El asesino, bastante borracho y con señales de haber fumado mariguana, no opuso resistencia al policía a quien dijo que la había matado porque no accedió a sus pretensiones amorosas.

Fue conducido de inmediato a la Inspección de Policía. En ese lugar, el Caireles fue recobrando la razón, hasta darse cuenta de que iba a ser remitido a la cárcel, en la que ya había estado por diversos motivos.

El gendarme iba detrás del asesino y cuando pasaron por el café de Manzanares, aparecieron cuatro individuos que se detuvieron a platicar con el Caireles, conocido por esos rumbos:

-Pus nada, que le di de cuchilladas a una vieja y me cayó aquí el cuico -les dijo.

Los hombres pidieron clemencia por su amigo y el gendarme insistía en llevárselo preso. Los amigos del Caireles suplicaban, mientras el policía se resistía.

-Vamos, déjenos pasar o me cargo a ustedes también, ordenó el gendarme.

Entonces, el Caireles reaccionó: -Ahora que me acuerdo, no voy, chinche cuico -gritó al gendarme, al tiempo que se apoderaba de un cuchillo que le entregó uno de los individuos y lo clavó en el pecho de su guardián.

El policía murió en el acto y el grupo de hombres huyeron del lugar, para citarse más tarde en una pulquería, donde fueron atrapados mientras dormían la mona, tras echarse unas cuantas catrinas rebosantes de pulque y haber fumado mariguana hasta caer.

Al despertar en la cárcel, maldijo el pulque y la mariguana pues, de no haber sido por ellas, ahora estaría libre.


Texto tomado del libro "Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la Ciudad de México en el siglo XIX"
Publicado por OswaldoLilly @ 18:09
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