Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Hay de domingos a domingos, ¡qué caray!. Y los domingos, justo al término de la misa en Catedral, al Cardenal Norberto Rivera le ha dado por posar para las cámaras de televisión y la prensa escrita para hacer declaraciones.
A menudo habla el señor de política, de economía, de reforma fiscal, de producto interno bruto, de inseguridad, de los aciertos del gobierno panista, de la limpieza del Ife, de elecciones generosas y fidedignas. Qué se le va a hacer. Este fue un clásico domingo 7.
Y apenas el domingo 7, para no dejar, el señor Cardenal hizo ciertas declaraciones sobre un tema para él actual: el del aumento del precio de la tortilla: “Por la tortilla no se va a desatar una guerra social. Padecerán muchos mexicanos pero no es la tragedia de México, no es el acabóse, no es el fin de la historia de México” –él dixit-.
Estas afirmaciones del señor Rivera ciertamente llaman a reflexión. Y aunque dijo más sobre el asunto, con este breve texto bastará para desenmascarar lo que hay en el católico corazón del Cardenal, que apunta su flecha al alineamiento y a la sumisión con las acciones del actual gobierno al más puro estilo en que Caifás y los fariseos lo hicieran con el Imperio de su tiempo.
Ignoro de qué filiación será el señor Rivera, pero por sus dichos y actitudes -por no hablar de la subliminalidad de sus mensajes-, pareciera que en sus credenciales alumbra el resplandor de un color azul profundo. ¿O no, señor Cardenal?
Pero hagamos política a la mexicana, como lo hace también este prelado:
“Por la tortilla no se va a desatar una guerra social…”. Bien. ¿Desatarse una guerra social por la tortilla? ¿Qué hay detrás de estas palabras del Señor Rivera? Usted, señor Cardenal, debería estar al tanto –ya que le gusta penetrar en la esfera de los acontecimientos políticos y sociales de México- que los riesgos de un estallido de tal magnitud no vienen envueltos en tortillas, sino en una interminable lista de saqueos de la riqueza nacional, asesinatos e impunidad, pobreza y sometimiento económico a ultranza, entreguismo a fondos explotadores extranjeros, sobreprotección de banqueros y truhanes, oligarquías políticas, fraudes electorales… debería saber usted que si en México se desatara una guerra social, ésta no sería por una causa, y menos por la de la tortilla, la de la leche, la de la carne, la de la gasolina, la del transporte urbano, la de los peajes, la de los salarios mínimos que suben un peso o por causa de los tontos que declaran tonterías…será la suma de todas estas cosas.
“Padecerán muchos mexicanos pero no es la tragedia de México…” Bien dicho señor Cardenal. La verdadera tragedia de México es otra, una muy distinta a la que usted refiere. ¿Por qué habría de ser una tragedia para México el alza de la tortilla? Si todo sube, el aumento de la tortilla viene a ser nada, señor Rivera. Vea usted nomás. Si se incrementan los precios de todos los básicos (hay que contarlos uno por uno), si más de la mitad de los mexicanos viven con un sueldo de 45 pesos al día, si millones de fieles han reducido su dieta a una o dos comidas diarias, eso no es tragedia, ni para usted ni para los que gobiernan. Los padecimientos de los mexicanos, señor Cardenal, están muy lejos de su forma de vida, una vida suntuaria llena de lujos y de ostentación, una vida igual a la de los altos gobernantes, los diputados, los senadores, los políticos, los funcionarios…mientras millones de compatriotas se la parten día con día para sobrevivir en medio de una vida depauperada, sin esperanza y sin futuro, donde los precios suben y los salarios bajan. ¡Qué ley de gravedad tan gravosa, señor Rivera! Dígame usted: ¿Cómo podría haber futuro para una nación como México donde el salario mínimo sube un peso cada año y los precios de los alimentos aumentan veinte o treinta veces más? ¿Todo esto no es para usted una tragedia, señor Cardenal? ¡Cuidado con las palabras domingueras, señor!
“…no es el acabóse, no es el fin de la historia de México…”. Tiene usted razón. El acabóse, lo he dicho varias veces, tiene años que se está gestando. Pero no lo gestan en absoluto los millones de hermanos de esta tierra sino las gentes que dirigen el país, los que se entronizan en el poder tan solo para enriquecerse, para formar familias de “nuevos ricos” que gastan el dinero en el extranjero a manos llenas, los que a través del dedazo y el compadrazgo se hartan de poder, de falsedades y de miserias. Ese es el verdadero acabóse, señor Cardenal, pero usted debe saber bien que no hay mal que dure cien años… Con protectores de curas pederastas no tiene nada que ver esto que digo.
Por último ha dicho usted que tampoco “es el fin de la historia de México”. No, señor Cardenal, por supuesto que no. Una cosa es la historia como historia, y otra muy diferente el glorioso nombre de México. México resurgirá de sus cenizas, señor Cardenal, téngalo por seguro, y la historia de México continuará, no tendrá fin. En la historia del futuro se habrán de escribir todavía páginas negras, otras mucho más negras, y algunas tal vez muy muy negras… pero habrá también páginas gloriosas, páginas de pueblo, de justicia, de libertad, de conciencia social… Y todo eso vendrá justamente de la sociedad civil. ¿De dónde más?
Ahora dígame: ¿En qué domingo nos hablará usted de los mexicanos patriotas que, sin poder vivir en su propia tierra sostienen con sus remesas casi la mitad de la economía de este país, parte del cash que el gobierno nos niega? ¿Quiere usted que hablemos de pobreza o de riqueza?
O cuando quiera, podríamos recordar los ideales de otros hombres que también fueron curas como usted: Don Miguel Hidalgo, así con mayúsculas, o Don José María Morelos, otro patriota tan grande como el primero. ¿En qué domingo quiere que debatamos sobre ello?
Digo, porque del tema de la tortilla y esas chorraditas domingueras que usted declara ante la prensa no creo que se pueda cortar mucha tela.