Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Autoridades educativas en Japón han divulgado un ensayo en el que una niña de 14 años denuncia el acoso escolar al que fue sometida y que finalmente le incitó al suicidio, informa hoy la agencia de noticias Kyodo.
El objetivo es evitar que ese tipo de situaciones se reproduzcan, ante el elevado número de suicidios por acoso escolar que se producen en Japón. La adolescente se tiró al vacío desde su casa de Warabi, a las afueras de Tokio, en junio de 2004 después de haber sufrido acoso escolar en repetidas ocasiones.
La decisión de publicar su ensayo ha sido tomada por los responsables locales de educación a petición de sus padres, que pretenden que pueda servir para evitar situaciones parecidas, según señaló su padre, de 46 años.
En la redacción, escrita el día antes de suicidarse, la niña se pregunta si hay alguien en el mundo que la necesite y asegura que "el acoso me ha hundido". Agrega que "para todo el mundo debe ser triste y doloroso que te rechacen".
Los expertos señalan la competitividad desde la infancia como posible causa del suicidio entre adolescentes en Japón. Con 35 mil casos anuales, Japón es el país con la mayor tasa de suicidios del mundo industrializado.
En 2005 se quitaron la vida 608 japoneses menores de 20 años, 71 de ellos oficialmente por "problemas en el colegio", aunque muchos expertos denuncian que esas cifras son demasiado bajas y responden a la intención de las escuelas de ocultar o minimizar el problema.
Ahora el comentario:
No hace mucho leí una interesante reflexión de Michael Ende acerca del problema que enfrenta el “hombre moderno” en relación con las exigencias de competitividad contra sí mismo. ¿Competir contra quien y por qué?
Términos tales como “rendimiento por hora”, “competitividad humana”, “productividad del tiempo”, “mejora continua”, etcétera, se han adueñado de nuestra conducta de tal suerte que corremos, sin saber por qué o contra qué, hacia nuestra propia destrucción.
“A mí me parece que nosotros, los hombres civilizados de la sociedad industrial, tenemos todavía mucho que aprender de ciertas conductas que aún se conocen como primitivas. Cumplimos con nuestros horarios externos, pero la sensibilidad para el tiempo interior, para el tiempo del alma, la hemos eliminado hace mucho.
”El individuo no tiene opción, no puede escapar. Hemos creado un sistema, un orden económico de despiadada competencia y de exigencia de rendimiento. Quien no se adapta a él, se queda tirado en el camino.
”Lo que ayer era moderno hoy ya se tiene por anticuado. Con la lengua de fuera corremos unos tras otros, pero es una danza colectiva que se ha vuelto demencial: si uno marcha más deprisa, todos tienen que marchar más deprisa. A eso le damos el nombre de «adelanto». ¿Pero a qué nos adelantamos? ¿A nuestra alma? Hace tiempo que la hemos dejado atrás.
"Sin embargo, por el vacío surgido, también los cuerpos enferman. Con drogas y ruido se intenta sustituir entonces lo que se ha perdido. Clínicas y sanatorios siquiátricos están llenos a rebosar. ¿Era ésa nuestra meta: un mundo sin alma?"
Los suicidios aumentan cada día, y es lamentable saber que este índice tiende a incrementarse entre los jóvenes, como sucede en Japón y en muchos otros países. Corremos… ¿pero contra qué? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué nos vemos cada vez más acosados contra nuestras propias exigencias?
¿De qué nos sirve vivir en un mundo endiabladamente tecnológico y de rendimiento en el que no podemos tener paz interior? ¿Por qué nuestros jóvenes se suicidan?