Transformar a un príncipe en una rana no es nada extraordinario y se consigue con relativa facilidad. Cualquier malhumorado jefe de sección lo lleva a cabo a diario. Pero transformar a una rana en un príncipe, eso exige en alto grado arte o magia, o amor.
Aún hoy, 17 siglos después, hay quien todavía discute quién (o quiénes) habrán quemado la famosa Biblioteca de Alejandría; qué almas oscurantistas se propusieron acabar con un proyecto que, como el mítico Faro de Alejandría, iluminó los primeros siglos de la era cristiana.
Durante mucho tiempo se atribuyó a los árabes recién llegados a Egipto la quema de la biblioteca allá por el año 642, cuando las huestes victoriosas de Amr Ibn Aas quisieron borrar toda huella infiel de las tierras recién ganadas para el islam.
Ahmad Abdelfatah, hoy supervisor general de arqueología y museos de Alejandría, descalifica esta versión y asegura que fue inventada de principio a fin por el historiador sirio (cristiano) Abu al Faraj, "quien la propagó por su odio a los árabes.
"Farag sostenía que Amr Ibn al Aas, al entrar en Alejandría, contó a su jefe, el propio califa Omar Ibn Jatab, que había encontrado la famosa biblioteca. El califa le ordenó: Todo lo que contradiga a nuestra religión, que perezca en el fuego; solo lo que sea acorde al Islam puede salvarse".
Entonces, el comandante árabe -según Farag- tras considerar que todo el contenido de la biblioteca era contrario al islam, repartió los manuscritos por los baños públicos de la metrópolis para ser usados como combustible para calentar el agua, siempre de acuerdo con esta versión.
La directora del Museo Grecorromano de Alejandría, Mervat Seifedín, una de las autoridades egipcias sobre aquella época, también cree que es "una mera calumnia y una mentira" culpar a los árabes de la quema de la biblioteca. "La destrucción de la biblioteca responde a una verdad conocida por todo el mundo: la primera, fue arrasada por un incendio en el año 48 a.C., durante la pugna por el poder entre la reina Cleopatra y su hermano menor Ptolomeo", asegura Mervat.
La "segunda biblioteca", construida con los restos de la primera, es cierto que fue quemada por fanatismo y celo religioso, pero en este caso el fanatismo fue cristiano, recuerda.
Esta segunda biblioteca fue destruida a fines del siglo IV después de Cristo, durante la sublevación de los cristianos contra todo lo que ellos consideraban relacionado con el paganismo, en unos años de notable turbulencia religiosa e ideológica en el mundo cristiano. A su juicio, "los árabes, como extranjeros en Alejandría, fueron usados como un mero chivo expiatorio". Abdelfatah añade otro detalle: ¿cómo iban los árabes a quemar la biblioteca y respetar al mismo tiempo todas las estatuas faraónicas, empezando por la Esfinge de Giza, que -estas sí- contradecían el principio musulmán de no representar la figura humana?
La segunda biblioteca, denominada por algunos historiadores "biblioteca hija", por haber sido una dependencia y sucesora de la primera, estaba ubicada en el templo del dios griego-egipcio Serapeum, en el sur de lo que ahora es Alejandría.
Este pequeño archivo, que fue abierto con los libros sobrantes de la gran biblioteca, después de que los manuscritos almacenados en ella sobrepasasen su capacidad, se convirtió en un centro de enseñanza durante el dominio romano de Egipto, que se extendió entre el año 30 antes de Cristo y el año 341 después de Cristo.
La biblioteca perduró hasta las postrimerías del siglo IV, cuando el emperador romano Teodosio prohibió las religiones paganas y, animado por el ardor cristiano, el obispo Teófilo de Alejadría arengó a las turbas de su ciudad para que destruyeran el templo de Serapeum y la biblioteca, ambos símbolos de la impiedad.
Su antecesora, la gran Biblioteca de Alejandría, fue creada durante el reinado de Ptolomeo II, a comienzos del siglo III antes de Cristo, y llegó a contar con unos 700 mil volúmenes en rollos de papel, que equivalen a alrededor de 100 mil libros actuales.
Los soberanos ptolomeos, en su afán de convertir la biblioteca en el más importante centro del saber de la época, la enriquecieron con manuscritos originales de todos los ámbitos de la ciencia, al extremo que cuando arribaba un barco extranjero en Alejandría, este era inspeccionado minuciosamente en busca de algún texto para ser depositado en la biblioteca.
Egipto, en un intento de que Alejandría vuelva a convertirse en la capital del saber mundial, inauguró la Nueva Biblioteca de Alejandría en octubre de 2002, en una ceremonia que contó con la presencia de personalidades mundiales, entre ellas la Reina Sofía de España.
Igual que la primera, la Nueva Biblioteca Alejandría tiene secciones dedicadas a la astronomía, medicina, arte, historia, filosofía, botánica, geografía y matemáticas, aunque los estantes están en muchos casos casi vacíos. Si Ptolomeo II, el hombre que creó la biblioteca, levantara la cabeza, poco le recordaría en la ciudad actual el esplendor de antaño. Eso sí, podría contemplar su propia estatua, que se yergue ante la nueva biblioteca para recordar tiempos mejores.