jueves, 15 de marzo de 2007



Eligieron la ciudad de Cuernavaca para casarse. Ella, joven y atractiva, lucía un elegante vestido negro con flores en rojo, blanco y rosa, en combinación con zapatos negros de tacón alto. Él, un conjunto de gabardina beige, camisa blanca y botines cafés. Sin embargo, Hilda Gadea Acosta y Ernesto Guevara de la Serna no lograron cumplir su anhelo.

Era mayo de 1955 y despuntaban los primeros rayos del sol. En el Registro Civil del ayuntamiento, el juez Juan Ferrera, conocido por su rigor al aplicar la ley, ya esperaba a la pareja con instrucciones “superiores” de casarlos sin ningún problema.

Tan pronto los tuvo frente a sí, les pidió su documentación. Ella era peruana; él, argentino. Habían salido de sus países en busca de mejores oportunidades de vida y trabajaban en México de manera ilegal, sin documentos. Ferrara interpretó esto como una invitación a violar la ley y no se prestó. Pidió comprensión y la pareja se retiró.

Para aliviar el mal rato, el ayuntamiento puso a disposición de los novios un automóvil, chofer y dinero para realizar un recorrido por lugares históricos de la ciudad. César Villegas Romero, entonces un joven de 18 años de edad que trabajaba de office boy en la oficina de Obras Públicas del ayuntamiento, recibió instrucciones de esperar a los extranjeros a las afueras de la puerta principal de la Catedral de Cuernavaca, edificio de piedra del siglo XVI.

A 52 años de aquellos sucesos, Villegas recuerda que ese día la pareja se mostró resignada. Habían intentado casarse en diversas ocasiones en otros estados del país y tampoco habían tenido éxito.

“La orden de casarlos vino desde muy arriba, quizás desde la Secretaría de Gobernación hacia el gobernador (Rodolfo) López de Nava, porque el secretario de Gobierno del estado, de apellido Urban, fue quien llamó al ayuntamiento para que todo estuviera dispuesto para casarlos en la oficina del Registro Civil”, narra Villegas, ingeniero civil y comentarista editorial en televisoras y radiodifusoras locales.

“A mi no me dijeron de quién se trataba –continúa--. Sólo que era el doctor Guevara y su señora. Yo sabía que pretendían casarse y que su visita obedecía a eso, precisamente. Sin embargo, debido a la falta de papeles de los dos, fue imposible que se cumpliera el objetivo y, como una especie de apapacho, me ordenaron pasearlos”.

Los murales de Diego Rivera

En 1955, Ernesto Guevara era un doctor de 26 años de edad, que había llegado al Distrito Federal un año antes luego de meses de realizar un recorrido en motocicleta desde Rosario, Argentina, su tierra natal. Su intención era trabajar en el Hospital General, pero al no encontrar respuesta, se dedicó a la fotografía para subsistir. Entonces, no se le conocía con el mote de “El Che”, ni se perfilaba como símbolo revolucionario en América Latina. Tampoco conocía a Fidel Castro, a quien contactó en la Cuidad de México en 1956 para de ahí embarcarse hacia a Cuba y preparar la revolución.

La pareja se había conocido años atrás en Guatemala y se reencontró en México. Finalmente se casaron en agosto de 1955 en Tepozotlán, estado de México, pero el acta original no llevó la firma del juez. En aquella época, Cuernavaca gozaba de fama internacional no sólo porque abundaban los autos con placas de Estados Unidos, sino porque era la ciudad de Erick Fromm, Malcom Lawry, el embajador Dawin Morrow, artistas, pintores, intelectuales y actores famosos, como Tyron Power.

Al medio día del 18 de mayo de ese año, Villegas recibió a la pareja en su Fiat color rojo. “Me dieron vales de gasolina para el auto y 50 pesos, para lo que se ofreciera. Tras salir del ayuntamiento, al medio día, yo tenía la orden de esperarlos y así lo hice. Una vez en mi coche, Ernesto se subió adelante y la muchacha atrás. ‘El Che’ era un hombre muy blanco, no muy alto, con bigote castaño claro y tupido a los extremos y ausente en el centro. Aunque no traía el pelo largo, se le notaba abultado, pero bien peinado. Hilda se veía más elegante, quizá porque venía a su boda”.

El primer punto del paseo fue la cascada de “El Salto de San Antón”, una espectacular caída de agua en el primer cuadro de esta ciudad, justo frente a un torrente que desciende de 30 metros de altura a través de un canal de material basáltico de accidentada geografía, que parecía que en cualquier momento se vendría abajo. Sorprendido de esta belleza natural, Ernesto comentó:

“¡Puta! Qué si tu quitas una piedrilla de allá arriba, ¡booom!... ¡Todo se viene abajo!”

La pareja y el guía caminaron unos minutos por las orillas de la laguna que forma la caída de agua y se regocijaron con la brisa que rociaba sus caras con mayor intensidad, conforme se acercaban al torrente.

De regreso al Fiat, Villegas y la pareja se trasladaron al zócalo de Cuernavaca, caminaron por la plaza principal rumbo al Palacio de Cortés –residencia del conquistador español hace más de 500 años--, entonces sede del Poder Ejecutivo, que atraía a los turistas porque estaban frescos aún los murales del pintor Diego Rivera, los cuales representan importantes etapas de la historia nacional en Morelos, como la convivencia entre tepoztecos, xochicalcas y tlahuicas, la conquista del Valle de Cuaunáhuac, la Independencia, la Reforma y la revolución zapatista.

“Si hubo un momento en que vi extasiado a Ernesto fue cuando visitamos esos murales. Se quedó mirándolos largo rato y hacía comentarios en corto con Hilda. Los volvía a ver y así se quedaba unos instantes. Caminaba con la cabeza hacia arriba, con los brazos cruzados y volvía a comentar sus ideas con su novia. Creo que ese fue el lugar donde lo vi más metido en sus pensamientos, en sus ideales”.

Al salir del Palacio de Cortés ya era hora de comer, y se dirigieron de nuevo al zócalo, a un restaurante. “Era en un lugar donde vendían unas tortas sensacionales. No recuerdo de qué las pidieron, pero se me grabó que los dos tomaron una ‘Coca-Cola”, señala.

Villegas pagó la cuenta y el paseo siguió rumbo al fraccionamiento “Lomas de Cuernavaca”, famoso entonces por sus edificaciones modernistas, de las que Ernesto no mostró sorpresa, a pesar de que la arquitectura del lugar era la felicidad de los ricos y famosos que comenzaban a adquirir predios exclusivos en la misma zona, donde tuvo su residencia el exSha de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, a finales de los años 70.

“El Che’ fumaba y fumaba –rememora--. No el tradicional puro con el que aparece en decenas de fotos. Más bien le gustaban los cigarrillos con filtro. Fumaba casi uno tras otro en el vehículo, cuando caminábamos o después de comer”.

Fue entonces cuando el “El Che” le preguntó a su guía quién era:

“Le respondí que apenas había cumplido la mayoría de edad, que mis padres eran profesores, que trabajaba como office boy en la oficina de Obras Públicas y que me habían enviado de guía porque era el único que tenía vehículo. ‘El Che’ sólo asintió y enmudeció”.

Después se trasladaron al parque Chapultepec. Eran casi las tres de la tarde. Bajaron del auto y comenzaron a caminar. “El Che” y su novia por delante; el guía siempre cerca.

“Aunque era una pareja de novios, no eran los clásicos enamorados. Al menos en público, no se besaban constantemente. Caminaban de la mano y platicaban como dos buenos amigos. Pasearon por los canales y los jardines y observaron la vasta vegetación hasta que dieron aproximadamente las cuatro de la tarde y decidieron que querían seguir conociendo otros lugares antes de regresar a la Ciudad de México”, señala.

Luego regresaron por la Avenida Plan de Ayala y se internaron en “El Vergel”. Estacionaron el vehículo y se dirigieron a la vieja estación del ferrocarril construida por el presidente Porfirio Díaz. La edificación, de piedra volcánica, fue el lugar donde “El Che” pareció tener una regresión a sus primeras vivencias. “Parecía un niño. Lo vi contento; golpeaba el suelo con sus pies y reía constantemente”.

Cerca de ahí estaba un nevero, lo que encantó también a Ernesto. Junto con Hilda, se dirigió hacia él, y le compraron un par de nieves de limón, y de la mano se fueron a sentar a una de las bancas de madera, donde permanecieron hasta obscurecer, platicando, riendo y abrazándose. Más tarde, los llevé a la terminal de autobuses y regresaron al Distrito Federal.

“De Hilda recuerdo que era una mujer de carácter, y me atrevo a decir que era más romántica que su pareja. De Ernesto he recordado todos estos años su forma particular de hablar. Su acento, las groserías que había aprendido en México, que en él se escuchaban cómicas. Pero, sobre todo, recuerdo el desenlace histórico del `El Che`.

“Nunca dimensioné, ni por asomo, que serví de guía a un gran personaje para la historia latinoamericana. De ello me di cuenta años después en un artículo de la revista Life, en el que se hablaba de Ernesto “El Che” Guevara como el ideólogo de la revolución cubana. Había fotos de él y fue como lo reconocí. Cuando al pasar los años platicaba a mis amigos y conocidos a quién había llevado y traído por la ciudad, no me lo creían. Si hubiera sabido de quién se trataba, me hubiera ido con él ¡Lo juro!”.


Revista Proceso

Tags: Guerra, revolución cubana, guerrilla, Castro, México

Publicado por OswaldoLilly @ 3:29
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Comentarios
Publicado por David Monroy
sábado, 01 de marzo de 2008 | 6:46
Hola, he visto que tienes en tu blog un texto sobre Ernesto Guevara. También observé que tienes como fuente la revista Proceso.

Mi intención de escribirte sólo es para informarte, e informar para aquellos que lo lean,que ese reportaje en Proceso me fue PLAGIADO en 2006 por un ex reportero de Proceso llamado Agustín Ambriz, que a su vez lo envió a esa revista cuando trabajaba --años después de su salida de ese semanario-- como freelance para quien se ostentaba como corresponsal del medio: Agustín Olaíz, quien durante un tiempo fue titular del noticiero de TV Azteca Morelos.

Es decir, Ambriz enviaba información bajo el nombre de Agstín Olaíz, y éste, a su vez, le pagaba.

Este texto, realizado por este servidor fue publicado a finales de los años 90, en un semanario del estado de Morelos que se llamaba CAUCE, que dirigían Justino Miranda y Julio Aranda.
Publicado por David Monroy
sábado, 01 de marzo de 2008 | 6:49
Continuación...

Raúl Monge, jefe de información de la Agencia Proceso (APRO) me envió una carta dándome todas las garantías de que sería respetado mi texto. De tal forma, que a pesar de que este asunto ya es viejo, si es importante desenmascarar a quienes que, con la bandera de "periodistas" se roban textos para hacerlos como suyos, como es el caso del señor Agustín Ambriz.

Estoy a sus órdenes en carlosdavidmonroy@hotmail.com

Atentamente

David Monroy
Reportero

P.D. El texto, además de ser plagiado, es IDENTICO al que publiqué.
Publicado por David Monroy
sábado, 01 de marzo de 2008 | 6:51
Continuación...

Raúl Monge, jefe de información de la Agencia Proceso (APRO) me envió una carta dándome todas las garantías de que sería respetado mi texto. De tal forma, que a pesar de que este asunto ya es viejo, si es importante desenmascarar a quienes que, con la bandera de "periodistas" se roban textos para hacerlos como suyos, como es el caso del señor Agustín Ambriz.

Estoy a sus órdenes en carlosdavidmonroy@hotmail.com

Atentamente

David Monroy
Reportero

P.D. El texto, además de ser plagiado, es IDENTICO al que publiqué.
Publicado por OswaldoLilly
sábado, 05 de abril de 2008 | 6:36
Estimado señor Monroy:
Primero le agradezco que se pase a comentar aquí, gracias por ello. En segundo lugar quiero decirle que honestamente yo leí el artículo publicado en la página de la Revista Proceso, de ahí que me viese obligado a citar la fuente comodebe ser.
Estoy ignorante de todo lo que usted comenta, y no pongo en tela de juicio sus apreciaciones, pero de ser así, le ofrezco una disculpa, aunque un servidor está al margen de cualquier disputa por la autoría del artículo.
Una vez más le agradezco el comentario y ahí queda para todo el público que nos hace el favor de leernos.
Un abrazo para usted desde México.