miércoles, 28 de marzo de 2007



Si alguien ha escuchado hablar alguna vez de el demonio de Maxwell sabrá que es una criatura que, en contradicción con la segunda Ley de la Termodinámica, opera con inteligencia inusitada: en el interior de un recipiente cerrado y lleno de gas les abre una ventana a las moléculas calientes, y a las moléculas frías les abre otra ventana en la parte opuesta. Digamos que hasta cierto punto juega con la entropía, pero lo hace a su antojo.

En un símil tan insólito como el referido diremos que la Biblia cita repetidamente el término “demonio”, que por otra parte a nosotros se nos aparece de repente como una cosa invisible y maligna, un ente espiritual –no podría ser de otro modo- que está siempre a la expectativa. Esta entidad del mal, el polo negativo, procede de diversos modos sin cambiar jamás de objetivo: es el enemigo eterno del hombre e intenta destruirle sin andarse por las ramas. Siempre nos abre una ventanita por el lado opuesto al que queremos ir. “El mal que no quiero hacer, eso hago. ¡Desventurado de mí!”, dijo San Pablo.

Ahora, justo en estos días, el símil se me vuelve a aparecer tan vivamente como la vieja Paradoja de Maxell. Leyes absurdas nos son impuestas al vapor y son votadas por alianzas cabildeadas por debajo del agua para favorecer a algunos –unos pocos, claro está- sin que la mayoría importe. Aquí la Paradoja de Maxell parece cobrar vida de repente y el demonio dominador comienza a abrir “ventanas”, unas calientes, otras frías, según sus particulares intereses.

Es una pena que en México pase esto. Con eso de los fueros constitucionales y demás chorradillas, los legisladores pueden hacer de las suyas sin que los ciudadanos les podamos recriminar nada. Nada podemos hacer contra esos demonios que nos abren ventanitas en los vértices que más les conviene. Nada podemos hacer. El voto es legal, es “por mayoría”, y la verdadera mayoría se queda en la inopia.

De repente los demonios se hacen presentes, sean azules, rojos o amarillos para hacer alianzas en contra de las mayorías que dicen representar. A veces juegan a ser contras, otras a ser aliados. Todo depende de su conveniencia, de sus intereses, de lo que convenga más a sus “partidos”. Y el partido del pueblo ni se las huele. Caraxos.

Demonios tan políticamente eternos como la maestra Gordillo y sus achichincles nos seguirán abriendo puertecitas, a veces por el costado izquierdo, otras por la derecha, con alianzas ultrajantes o sin ellas.

Y nosotros, como las moléculas de Maxwell, seguiremos los dictados del demonio hasta que la entropía política les quede a modo.

Ni modos.

Tags: Democracia, partidos, congreso, legisladores, leyes

Publicado por OswaldoLilly @ 6:46
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Publicado por Visitante
jueves, 05 de abril de 2007 | 3:15
Pues vaya que si, y todo a costillas de los trabajadores, qué poca...