miércoles, 31 de octubre de 2007



Puede ser un conjunto de callis (casas, en náhuatl) de manufactura indígena o de tumbas distribuidas frente a una iglesia colonial. Puede ser un enorme mausoleo de presunto gótico con ángeles dolientes esculpidos en mármol o una pequeña gaveta ubicada en una especie de fúnebre condominio de interés social.

Panteón o cementerio, cripta o camposanto, todos los espacios fúnebres deben estar protegidos pues son la base material del festejo de Día de Muertos, celebración declarada patrimonio intangible de la Humanidad por la UNESCO (2003).

Tal es la premisa de la arquitecta Luz de Lourdes Serna, fundadora e integrante de la Red Mexicana de Estudios, Espacios y Arte Funerarios, asociación civil cuyo objetivo es proteger el patrimonio funerario del país.

El valor urbano que guarda el trazado del Panteón Francés, el valor histórico que le aportan al Panteón de San Fernando las tumbas de personajes como Ignacio Zaragoza y Benito Juárez, el valor artístico que le da al Panteón de Dolores, por poner un ejemplo, el busto en bronce de la tumba de Melchor Ocampo, obra de Enrique Alciati, son elementos que la arquitecta Serna destaca a la hora de hacer una defensa de los espacios funerarios mexicanos.

Por otro lado, denuncia la vocación turística y mercantilista que los sitios están tomando durante la celebración del Día de Muertos. Desde esta tarde y hasta el viernes por la noche varios panteones del país (Míxquic, Janitzio, Pomuch o Oaxaca) serán visitados por miles de turistas nacionales y extranjeros, que lejos de participar con respeto en la ceremonia, la usarán como escenografía.

Diversos espacios para un mismo fin

En 10 meses de existencia, la red ha logrado concretar proyectos de estudio y conservación en el Panteón del Tepeyac (en La Villa de Guadalupe) y el de San Fernando (colonia Guerrero), en el Distrito Federal, así como el Cementerio del Saucito, en San Luis Potosí, y el de Belén, en Guadalajara.

“Hemos trabajado en aquellos espacios en donde hemos encontrado voluntad para impulsar proyectos de protección —dice—. La primera acción es lograr un dictamen de museo de sitio para después buscar declaratorias más ambiciosas”. Para febrero se tendrá la cifra total de espacios funerarios en el área metropolitana que a decir de la profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco andará por aproximadamente las mil unidades.

Este catálogo divide a los cementerios en varios tipos. El primero de ellos es el espacio funerario prehispánico, caracterizado por la sepultura, que podía estar en la propia casa o bien en espacios ceremoniales, como el de Quiahuiztlán, en Veracruz.

Con la llegada de la evangelización surgió el camposanto, terreno ubicado frente a las iglesias —el atrio—, que servía para albergar tumbas. Con esto se acercaba al difunto al espacio sagrado, ya sea dentro de la iglesia o fuera. De éstos, quedan menos de cinco a nivel nacional.

“Cuando en el siglo XIX se establecen formalmente los cementerios, se sustituyen los camposantos y se conserva el cementerio mestizo, espacio anexo al atrio, bardeado, pequeño, sobre una ruta vehicular importante, que es lo que vemos en la mayoría de los pueblos de México. A veces en estos espacios se conserva la flora original de la región. Lo poco que queda de bosques en la ribera de los lagos michoacanos se encuentra en los panteones.”

Estos sitios corren riesgo ya que tienen problemas de uso de suelo y hasta olvido de los tradiciones. En la ciudad de México hay ejemplos notables en barrios antiguos como Coyoacán, San Mateo Xalpa o Míxquic.

“¿Qué le protegemos a un panteón mestizo: montículos de tierra, plantas endémicas o una barda que puede tener o no un valor estético? Lo que vamos a proteger es el valor tradicional. Vamos a la celebración del Día de Muertos a Míxquic, a Tzinzunzan, a Janitzio.”

La investigadora ve un riesgo en el avance del turismo y la mercantilización de la celebración tradicional. Pugna por “una observación del ritual, que asegure que el constructor de la Fiesta de Muertos, el deudo, sea respetado íntegramente en su solemnidad y en su religiosidad.”

Entre ángeles y plañideras

Columnas rotas, ángeles que vuelan o que lloran, sudarios dolientes que invitan al caminante a decir una oración, palomas detenidas en un perenne vuelo ascendente, esculturas que dan cuenta del aspecto vital que una vez tuvo el cuerpo que unos metros más abajo se convierte en polvo.

Tales son algunas de las figuras, esculpidas en mármol o cantera, que ostentan algunas tumbas de los panteones del siglo XIX y principios del XX en la ciudad de México, sobre los cuales hay varias investigaciones.

Obras de escultores europeos como Alfredo Ponzanelli y Cesare Volpi, o mexicanos como Gabriel Guerra y Jesús F. Contreras, entre otros, hacen de panteones como el Civil de Dolores, el del Tepeyac o el Español, importantes concentraciones escultóricas urbanas, como escribió el investigador Arturo Casado en la ponencia “Cinco monumentos funerarios de la época porfirista en la ciudad de México”.

En dicho texto, Casado afirma que el Porfirismo fue la época de oro del arte funerario en México y advierte que “es indispensable instrumentar algunas medidas prácticas tendientes a preservar esa concentración tan importante de esculturas, pues aparte de las piezas más significativas, constituye un acervo testimonial de una época, reutilizable tal vez en otro contexto...”.

La arquitecta Serna asegura que “los panteones privados guardan mucha obra escultórica. El problema con estos espacios es que los propietarios deben otorgar permiso para establecer un proceso de investigación sistematizado, y no siempre acceden.”


El Universal Online
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Tags: Arte funerario, día de Muertos, tradiciones, México

Publicado por OswaldoLilly @ 15:56
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