sábado, 15 de diciembre de 2007



Vale.

El satélite de la tierra, la luna,
es un extraño y remoto –aunque irresistible– paisaje
que a todos nos resulta familiar.

Desde las ventanas de nuestra casa lo imaginamos como un lugar yermo. No hay vientos ni habitantes ni nada. No tiene arroyos ni huellas de animales. Sin embargo, es sobrenatural y hermoso.

En una noche clara, con unos binoculares de 10 aumentos, los cráteres y los valles montañosos lucen como un relieve vivaz; el dibujo de sus luces y sombras es tan cautivador que la geografía puede infundir una sensación de júbilo.

Es como si la belleza no estuviera en el objeto en sí –la llanura de basalto, el valle lunar de Taurus-Littrow, el cráter equis– sino en la capacidad del observador para apreciarlo.

Cuando los prismas de los binoculares dejan ver con claridad una zona de la Luna, cuando el espectador advierte sus detalles, se experimenta una especie de euforia. Es, para algunos, la emoción de sentirse completamente vivo.

El mundo es bello, sin embargo, en nuestro apresuramiento, a menudo pasamos por alto todo lo hermoso que nos rodea. Simplemente, para permanecer a flote en el mundo moderno, muchos optamos por mostrarnos insensibles al estímulo constante. Incluso renunciamos a la belleza, cual si fuera algo más de lo cual estuviéramos hartos.

La luna es bella, pero no vivimos ahí.

Sabemos que la Tierra, por donde quiera que se la vea, incluso en lugares deshabitados o rara vez poblados, es aún más bella… pero durante toda la historia humana las personas de muy diferentes filiaciones nos hemos comportado como si la Tierra fuera algo desechable.

Y por todas partes, sin embargo, parece como si la Tierra nos estuviera hablando. Hay, por ejemplo, algunos lugares donde el permafrost se desintegra lentamente, donde la cubierta de hielo del mar se adelgaza y se retrae.

Hoy en día, lastimosamente, muchos prefieren creer que la tierra es muda, que no tiene valía intrínseca. Su valor, dicen, reside en su utilidad. O bien, en su belleza convencional, en sus paisajes.

Y así, con ideas como estas, se comienza a arraigar una especie de desinterés en el planeta y en los seres humanos que la habitamos.

Cuestión de conciencia, digo yo.


Con info de National Geographic

Tags: permafrost, La Luna, La Tierra

Publicado por OswaldoLilly @ 16:37
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