Desde que la historia alcanzó a mi vida,
desconfío de lo
s
historiadores de la actualidad y voy acercándome, encandilado, a los que nos
cuentan hechos que acaso sucedieron en la antigüedad.
Por eso
recomiendo a mis posibles lectores a antiquísimos cronistas que me llenan de
asombro y fascinación.
Heródoto,
por ejemplo, que escribió nueve libros (que ahora vuelven a poner en el mercado
Conaculta y Océano) y que él tituló con el nombre de las nueve musas.
En el
segundo libro, Clío, cuenta que en
una de las muchas islas griegas viven unos seres humanos singulares. Por el
verano comen raíces y también hierbas, mientras almacenan unas frutas que
crecen en un árbol del cual no da nombre.
Estas
frutas les sirven durante el invierno no sólo para alimentarse sino también
para alimentar su espíritu.
Los isleños
encienden una gran hoguera y se sientan a su alrededor. Después van lanzando a
las llamas los misteriosos frutos y esperan a que éstos se quemen, con lo cual
se produce un humo que parece ser denso y fuerte, los que respiran estos humos
se embriagan.
Les pasa
como a los griegos con el vino. Y cuanta más fruta arrojan tanto más se
embriagan, hasta que se levantan a bailar y a cantar.
De esta
narración entro en sospechas de que en esa isla debió crecer un cierto árbol
que ofrecía peyotes en el verano y el cual, de ser quemado, producía
alucinaciones.
Herótodo
murió hacia el año 420 antes de Cristo sin dar más detalles.
Paco I. Taibo.