domingo, 27 de abril de 2008


Desde que la historia alcanzó a mi vida, desconfío de los historiadores de la actualidad y voy acercándome, encandilado, a los que nos cuentan hechos que acaso sucedieron en la antigüedad.

Por eso recomiendo a mis posibles lectores a antiquísimos cronistas que me llenan de asombro y fascinación.

Heródoto, por ejemplo, que escribió nueve libros (que ahora vuelven a poner en el mercado Conaculta y Océano) y que él tituló con el nombre de las nueve musas.

En el segundo libro, Clío, cuenta que en una de las muchas islas griegas viven unos seres humanos singulares. Por el verano comen raíces y también hierbas, mientras almacenan unas frutas que crecen en un árbol del cual no da nombre.

Estas frutas les sirven durante el invierno no sólo para alimentarse sino también para alimentar su espíritu.

Los isleños encienden una gran hoguera y se sientan a su alrededor. Después van lanzando a las llamas los misteriosos frutos y esperan a que éstos se quemen, con lo cual se produce un humo que parece ser denso y fuerte, los que respiran estos humos se embriagan.

Les pasa como a los griegos con el vino. Y cuanta más fruta arrojan tanto más se embriagan, hasta que se levantan a bailar y a cantar.

De esta narración entro en sospechas de que en esa isla debió crecer un cierto árbol que ofrecía peyotes en el verano y el cual, de ser quemado, producía alucinaciones.

Herótodo murió hacia el año 420 antes de Cristo sin dar más detalles.

 

Paco I. Taibo.


Publicado por OswaldoLilly @ 8:09
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