En el año 730 a. C. un hombre llamado Piankhi decidió que la única manera de salvar de sí
mismo a Egipto era invadiéndolo. La situación se tornaría sangrienta antes de
que llegara la salvación.
“Aparejen
los mejores corceles de sus cuadras”, ordenó a sus caudillos. Destrozada por la
mezquindad de los jefes militares, la civilización que había construido las
colosales pirámides perdió su grandeza. Durante dos decenios Piankhi gobernó su
reino desde Nubia, un estrecho en África cuya mayor parte se ubicaba en lo que
ahora es Sudán. Piankhi se concebía como el auténtico gobernante de Egipto, así
como el legítimo heredero de las tradiciones religiosas practicadas por
faraones como Ramsés II y Tutmosis III. Hubo quienes no tomaron en serio los
alardes de Piankhi, quien probablemente en realidad nunca visitó el Bajo
Egipto. Pero él presenció directamente el avasallamiento del decadente Egipto:
“Dejaré que el Bajo Egipto pruebe el sabor de mis dedos”, escribió más tarde.
Sus
soldados bogaron al norte del río Nilo. Desembarcaron en Tebas, capital del
Alto Egipto. Puesto que se creía que las guerras religiosas debían librarse de
una manera apropiada, Pankhi ordenó a sus soldados que, antes de cualquier
combate, se purificaran mediante una inmersión en el Nilo, vistieran lino de la
mejor calidad y salpicaran sus cuerpos con el agua proveniente del templo en
Karnak, lugar sagrado del dios solar Amón, a quien consideraba su deidad
personal. Piankhi lo honró con ofrendas y sacrificios. Luego de consagrarse, el
caudillo y sus hombres hicieron la guerra a cualquier legión que encontraron a
su paso.
Al término
de un largo año en campaña, todos los líderes en Egipto habían capitulado,
incluyendo al poderoso tirano del delta, Tefnakht, quien envió a Piankhi un
emisario para decirle: “¡Sé misericordioso!, que soy incapaz de ver tu rostro
en los días de deshonra; no puedo erguirme ante tu fulgor, porque temo tu
grandeza”. A cambio de sus vidas, los vencidos pidieron con vehemencia a
Piankhi que utilizara sus templos, se quedara con sus más finas joyas y
reclamara sus mejores caballos. Piankhi aceptó los ofrecimientos. En aquel
momento, cuando sus siervos se estremecían ante él, el recién impuesto Señor de
dos Reinos hizo algo extraordinario: embarcó a su ejército y su botín de guerra,
zarpó rumbo al sur, hacia su tierra, Nubia, para nunca regresar a Egipto.
Tras un
reinado de 35 años, Piankhi murió en 715 a. C.; sus súbditos honraron sus deseos al
enterrarlo, con cuatro de sus caballos, en una pirámide similar a las egipcias.
Fue el primer faraón que, después de 500 años, recibó un entierro de tal
magnitud. Es una lástima que el gran nubio que consumó estas proezas no haya
dejado, literalmente, un rostro para la historia. Las imágenes de Piankhi sobre
las elaboradas estelas o losas de granito, que conmemoran su conquista en
Egipto, ya hace tiempo que fueron destrozadas. Sobre un relieve en el templo de
Napata, en la capital nubia, únicamente permanecen sus piernas. Sólo queda un
particular detalle del hombre: su piel era negra.
Piankhi fue
el primero de los llamados faraones negros, una sucesión de reyes nubios que
reinaron en Egipto por tres cuartos de siglo, durante la dinastía 25. Los
faraones negros reunificaron a un Egipto desgarrado, colmaron su paisaje de
gloriosos monumentos, construyeron un extendido imperio desde la frontera sur
hasta lo que hoy es Jartum, en la ruta septentrional hacia el Mediterráneo. Se
mantuvieron firmes ante los sanguinarios asirios, y probablemente esto
contribuyó a mantener a salvo Jerusalén.
Aquellos
episodios históricos permanecieron inéditos durante largo tiempo. No fue sino
hasta estos cuatro decenios recientes cuando algunos arqueólogos los han
revivido, concediendo que los faraones negros no surgieron de la nada: proceden
de una vigorosa civilización africana que, a lo largo de 2 500 años, medró en
las riberas meridionales del Nilo y se remonta incluso hasta la primera
dinastía egipcia.
Hoy en día
las pirámides de Sudán son espectáculos inquietantes sobre el Desierto de
Nubia. Se puede deambular a su alrededor sin verse asediado por los vendedores.
Mientras que, cerca de 1
000 kilómetros al norte, hacia El Cairo o Luxor, los
visitantes llegan en grandes cantidades para observar las maravillas egipcias,
en Sudán raramente visitan las pirámides en El Kurru, Nuri y Meroe, serenas
entre el paisaje árido que difícilmente indica que ahí hubo una próspera
cultura de la antigua Nubia.
En la
actualidad, la falta de claridad amenaza nuestro conocimiento sobre esta
civilización. El gobierno de Sudán está construyendo un dique hidroeléctrico a
lo largo del Nilo, 1
000 kilómetros río arriba, que parte de la gran presa de
Asuán, edificada por Egipto en la década de los sesenta, lo que hace que gran
parte de la baja Nubia se haya enviado hasta el fondo del lago Nasser. Para
2009 concluirá la construcción de la enorme presa Merowe, y un lago de 170 kilómetros de
largo anegará el terreno que bordea la Cuarta Catarata
del Nilo, o los rápidos, que incluyen miles de sitios sin explorar. A lo largo
de los nueve años previos, los arqueólogos se han agolpado en esta región
cavando frenéticamente, antes de que los monumentos históricos de Nubia se
hundan.
el mundo
antiguo era ajeno al racismo. Durante la conquista histórica de Piankhi, el
hecho de que su piel fuese negra careció de importancia. Los trabajos
artísticos provenientes de Egipto, Grecia y Roma muestran, en las tonalidades
de piel, un inequívoco conocimiento de las peculiaridades raciales, pero hay
poca evidencia de que una piel oscura fuera considerada como un signo de
inferioridad. No fue sino hasta el siglo xix, en la época en que las potencias
europeas colonizaron África, cuando los eruditos de Occidente pusieron atención
–con sus poco piadosas consecuencias– al color de piel de los nubios.
Los
exploradores que llegaron al estrecho central del río Nilo reportaron el
hallazgo de templos y pirámides: las ruinas de la antigua civilización llamada
kush. Tal fue el caso del doctor italiano Giuseppe Ferlini, quien removió la
parte superior de al menos una pirámide, lo que inspiró a otros a hacer lo
mismo. El objetivo del arqueólogo prusiano Richard Lepsius era el estudio, pero
al concluir que los kushitas seguramente “pertenecían a una raza blanca”, sólo
causó más daño.
Incluso,
George Reisner, el afamado egiptólogo de la Universidad de Harvard
cuyos descubrimientos entre 1916 y 1919 presentaron la primera evidencia
arqueológica de los reyes nubios que gobernaron Egipto, contaminó sus propias
investigaciones, al insistir en que los negros africanos no pudieron haber
edificado aquellos monumentos excavados por él. Aseguraba que los líderes
nubios, incluido Piankhi, eran egipto-libios de piel blanca que se impusieron a
los africanos primitivos.
Por
decenios muchos historiadores han vacilado respecto a los nubios: ya sea que en
realidad los faraones kushitas hayan sido “blancos” o negros, su civilización
desciende de una auténtica cultura egipcia. En su historia de 1942, Cuando
Egipto gobernaba el oriente, los muy respetados egiptólogos Keith Seele y
George Steindorff resumieron la dinastía nubia faraónica y los triunfos de
Piankhi en apenas tres enunciados, el último de los cuales sentenciaba: “Mas su
dominio no duró por tanto tiempo”.
La incuria
que padeció la historia de Nubia no sólo reflejó la intolerante visión del
mundo de esa época, sino también dio origen a una seudofascinación por las
proezas egipcias y a un total desconocimiento del pasado de África. “La primera
vez que fui a Sudán –recuerda el arqueólogo suizo Charles Bonnet– la gente me
decía: ¡Estás loco!, allá no hay historia, todo está en Egipto”.
Eso sucedió
hace apenas 44 años. En 1960, cuando subieron las aguas en Asuán, los objetos
hallados durante las campañas de rescate empezaron a cambiar esa visión. En
2003, después de decenios de haber excavado cerca de la Tercera Catarata
del Nilo, en el poblado abandonado de Kerma, Charles Bonnet obtuvo
reconocimiento internacional por el descubrimiento de siete grandes estatuas de
piedra de los faraones nubios. No obstante, tiempo antes de este hallazgo, las
investigaciones de Bonnet habían revelado un antiguo y pequeño centro urbano,
que dominaba vastos campos y extensos ganados, y que se beneficiaba del
intercambio de oro, ébano y marfil. “Era un reino totalmente emancipado de
Egipto, y original en cuanto a su edificación y ritos funerarios”, menciona
Bonnet. Esta poderosa dinastía surgió justamente durante la caída del Imperio
Medio de Egipto, en 1785 a.
C. Para el año 1500 a.
C., el imperio nubio se extendió entre la Segunda y la Quinta cataratas.
Al estudiar de nuevo la época de oro en el desierto africano no se aporta mucho a la posición de los egiptólogos afrocentristas, quienes sostienen que todos los antiguos egipcios, del rey Tut hasta Cleopatra, eran negros africanos. Sin embargo, las epopeyas de los nubios confirman que, en tiempos pasados, una civilización de la remota África no sólo prosperó, sino que dominó, aunque brevemente, entremezclándose o casándose con sus vecinos del norte, los egipcios. A los gobernantes egipcios no les gustaba tener un vecino poderoso al sur, especialmente porque dependían de las minas de oro de Nubia para financiar su predominio en Asia occidental. De tal manera que los faraones de la dinastía 18 (1539-1292 a. C.) enviaron legiones para conquistar Nubia y erigir fuertes a lo largo del Nilo. Impusieron a los jefes nubios como administradores, y a los niños de los nubios privilegiados los educaron en Tebas.
Subyugada,
la elite nubia comenzó a adoptar la cultura y las costumbres religiosas de
Egipto, venerando a sus dioses, valiéndose de su idioma, adoptando sus ritos
funerarios, para, después, construir pirámides. Podría decirse que los nubios
fueron los primeros en caer en la “egiptomanía”.
Los
egiptólogos de finales del siglo xix y principios del xx interpretaron esto
como un signo de debilidad, pero se equivocaron: los nubios tuvieron un don, el
de discernir la situación geopolítica del momento. Para el siglo viii a. C.,
Egipto fue dividido por bandos: el norte, liderado por los jefes libios,
quienes se revistieron de tradiciones faraónicas para ganar legitimidad. Una
vez en el poder, moderaron la devoción teocrática hacia Amón, y los sacerdotes
en Karnak temían que, como resultado, la población fuese atea. ¿Quién podría
devolver a Egipto a su antigua condición de poderío y santidad?
Los
sacerdotes egipcios dirigieron sus miradas hacia el sur, y encontraron la
respuesta: una población que, sin siquiera poner un pie en Egipto, preservó sus
tradiciones espirituales. Como expresa Timothy Kendall, arqueólogo de la Universidad de
Northeastern, los nubios “fueron más católicos que el papa”.
BAJO EL
DOMINIO NUBIO Egipto llegó a ser, nuevamente, Egipto. Cuando Piankhi murió, en 715 a. C., su hermano,
Shabaka, consolidó la dinastía 25 al establecer su residencia en la capital
egipcia de Menfis. De la misma manera que su hermano, Shabaka contrajo
matrimonio como en las antiguas tradiciones faraónicas, asumiendo el trono con
el nombre del soberano de la dinastía 6, Pepi II, tal y como Piankhi reclamó el
trono con el antiguo nombre de Tutmosis III.
Con obras
arquitectónicas, Shabaka colmó de lujos a Tebas y el templo de Luxor. En Karnak
levantó una estatua de granito rosa retratándose con la doble corona kushite
uraeus: las dos cobras denotan su legitimidad como Señor de los Dos Reinos.
Mediante la arquitectura y el poderío militar, Shabaka le manifestó a Egipto
que los nubios estaban ahí para quedarse.
Hacia el
este, los asirios construían aceleradamente su propio imperio. En 701 a. C., cuando avanzaban
hacia Judea –hoy en día Israel–, los nubios decidieron atacar. Los dos
ejércitos se encontraron en la ciudad de Eltekeh. A pesar de que el emperador
asirio Sennacherib se jactó de que “les infligió la destrucción a los nubios”,
un joven príncipe nubio, quizá de 20 años, hijo del gran faraón Piankhi, logró
sobrevivir. El que los asirios fallaran en su intento por ejecutar al príncipe,
sugiere que su victoria fue todo menos total.
En todo
caso, cuando los asirios partían de sus tierras y se congregaban a las puertas
de Jerusalén, el líder sitiado, Ezequías, confiaba en que los aliados de los
egipcios llegarían a salvarlo. Burlonamente, los asirios dieron una respuesta
inmortalizada en el Antiguo Testamento (Reyes II): “Tú cuentas con la ayuda de
esa caña rota que es Egipto, que rompe y traspasa la mano de todo el que se
apoya en ella. Así se porta el Faraón con los que confían en él”.
Entonces,
según las Escrituras y otras crónicas, ocurrió un milagro: los asirios se
replegaron. ¿Acaso una plaga los azotó? O, como plantea el provocador libro de
Henry Aubin, El rescate de Jerusalén, ¿quizá fueron las alarmantes noticias de
que el príncipe nubio avanzaba sobre Jerusalén? Lo que se sabe con certeza es
que Sennacherib abandonó el lugar y, a galope, deshonrado, volvió a su reino,
donde, al parecer a manos de sus hijos, fue asesinado 18 años después.
Ha sido
fácil pasar por alto entre estos cruciales acontecimientos históricos, al
margen de este panorama, al personaje de piel negra, el sobreviviente de
Eltekeh, el implacable príncipe que para los asirios sería “aquel que fue
condenado por los dioses”: Taharqa, hijo de Piankhi.
TAN
ARROLLADORA fue la influencia de Taharqa sobre Egipto, que incluso sus enemigos
fueron incapaces de borrar su huella; levantó monumentos por todo Egipto:
estatuas, cartelas o bustos, que ostentan su nombre o su imagen, muchos de los
cuales, en la actualidad, están en los museos alrededor del mundo. Se le
representa como un suplicante de los dioses o ante la presencia protectora de
Amón, la deidad carnero; él mismo como esfinge, o bien como guerrero. Muchas de
las estatuas fueron mutiladas por sus adversarios. En varias, su nariz está
desprendida, lo cual impide que regrese de la muerte. En otras, el uraeus de su
frente también está destrozado, en repudio de su título como Señor de los Dos
Reinos.
Su padre,
Piankhi, devolvió a Egipto las auténticas costumbres faraónicas. Su tío,
Shabaka, estableció la presencia nubia en Menfis y Tebas. Sin embargo, sus
ambiciones palidecieron ante aquel jefe de 31 años de edad que fue coronado en
Menfis en el año 690 a.
C., y que condujo los imperios unidos de Egipto y Nubia por los siguientes 26
años.
Taharqa
ascendió en un buen momento para la dinastía 25. Los jefes del delta fueron
abatidos. Los asirios, al fallar en su intento para derrotarlo en Jerusalén, no
querían compartir autoridad ni tierras con el gobernante nubio. Egipto era sólo
de él y para él. Los dioses le aseguraron prosperidad, sin conflictos
militares. En su sexto año en el trono, las aguas en el Nilo crecieron a causa
de las lluvias, provocaron inundaciones en los valles y produjeron asombrosas
cosechas de grano sin afectar ninguna aldea. Como Taharqa dejaría inscrito en
sus cuatro estelas conmemorativas, las inundaciones incluso exterminaron a
todas las ratas y serpientes. Era evidente que el venerado Amón sonreía a su
elegido.
Taharqa no
se propuso ahorrar recursos, sino, más bien, gastarlos en su capital político.
Así, emprendió la más audaz campaña para el fomento de cualquier faraón desde
el Nuevo Imperio (hacia 1500
a. C.), cuando Egipto estaba en un periodo de expansión.
Inevitablemente, las dos capitales sagradas de Tebas y Napata atrajeron la
mayor parte de los fondos de Taharqa. Hoy en día, se yergue, entre el conjunto
sagrado de templos en Karnak, cerca de Tebas, una solitaria columna de 19 m de altura. Ese pilar era
uno de los 10 que conformaban un enorme quiosco que el (Viene de la p. 41)
faraón nubio agregó al templo de Amón. Construyó asimismo un sinnúmero de
capillas, que circundaban el templo, y erigió una gran cantidad de estatuas de
sí mismo y de su madre, Abar. Sin siquiera dañar un solo monumento anterior a
su época, Taharqa hizo suya a Tebas.
Realizó lo mismo a cientos de kilómetros río arriba, en la ciudad nubia de Napata. Su montaña sagrada, Jebel Barkal, cautivó incluso a los faraones egipcios del Nuevo Imperio, quienes creían que era el lugar donde nació Amón. En busca de representarse a sí mismo como heredero del Nuevo Imperio egipcio, Taharqa levantó, en honor de las diosas consortes de Amón, dos templos en la base de la montaña. Sobre la cumbre de Jebel Bakal, parcialmente cubierta con una hoja de oro para impresionar a los creyentes, el faraón negro mandó inscribir su nombre.
Aproximadamente
a los 15 años de su mandato, entre la grandiosidad de su imperio constructivo,
tal vez una pizca de arrogancia sobrecogía al gobernante nubio. “Taharqa tenía
una sólida armada y representaba uno de los mayores poderes internacionales de
su época –comenta Charles Bonnet–. Se concebía como el rey del mundo. Se hizo
un tanto megalómano”.
A lo largo de la costa del Líbano, los mercaderes madereros nutrían las necesidades arquitectónicas de Taharqa con un continuo abastecimiento de enebro y cedro. Cuando el rey asirio Esarhaddon controló la ruta comercial, Taharqa envió tropas al sur del Levante para respaldar una revuelta contra el asirio. En el año 674 a. C., Esarhaddon anuló la jugada, internándose en Egipto; no obstante, las legiones de Taharqa repelieron a sus adversarios.
Claramente
la victoria ensalzó al líder nubio. Los grupos rebeldes a lo largo del
Mediterráneo compartieron sus veleidades y, en calidad de aliados, se unieron
contra Esarhaddon. En 671 a.
C., los asirios partieron con sus camellos, adentrándose en el desierto del
Sinaí, para sofocar la rebelión. El éxito fue inmediato, entonces Esarhaddon
era quien rebosaba con ansias de sangre. Enfiló sus legiones hacia el delta del
Nilo.
Taharqa y
sus legiones se alistaron para el combate contra los asirios; lucharon durante
15 días. Pero los nubios fueron replegados hasta Menfis, de donde, herido en
cinco ocasiones, Taharqa logró escapar. Siguiendo la costumbre característica
de los asirios, Esarhaddon mandó sacrificar a los lugareños y “hacer pilas con
sus cabezas”. Más tarde los asirios escribieron: “Su reina, su harén,
Ushankhuru su heredero, y el resto de sus hijos e hijas, sus fincas, sus
dioses, sus caballos, sus ganados, sus carneros, una y otra vez, los llevaremos
a Asiria. Arranqué de tajo la raíz kush en Egipto”. Para conmemorar la
humillación de Taharqa, Esarhaddon encargó una estela, exponiendo a Ushankhuru,
hijo de aquel, arrodillado ante los asirios con una cuerda alrededor del
cuello.
Casualmente,
Taharqa sobrevivió al conquistador. En el 669 Esarhaddon murió camino a Egipto,
después de enterarse de que Taharqa se las arregló para volver a tomar Menfis.
Bajo las órdenes de un nuevo rey, los asirios atacaron nuevamente la ciudad,
esta vez con una legión engrosada por tropas de rebeldes capturados. Taharqa,
sin posibilidades de éxito, partió hacia el sur, a Napata, para nunca regresar
a Egipto.
Lo que
define la importancia de Taharqa en Nubia es su permanencia en el poder luego
de haber sido expulsado de Menfis en dos ocasiones. Cómo vivió sus últimos años
es un misterio, con la gran excepción de un decisivo e innovador hecho. Como su
padre, Piankhi, Taharqa eligió ser enterrado en una pirámide. Escogió un lugar
en Nuri, en la ribera opuesta del Nilo. Timothy Kendall ha especulado al
respecto: probablemente, Taharqa eligió esta ubicación porque, desde Jebel
Barkal, su pirámide se alinea precisamente con el alba del antiguo Año Nuevo de
Egipto, vinculándolo eternamente con el concepto egipcio de la reencarnación.
Pero la
razón por la cual Taharqa escogiera este lugar quedará, como la historia de su
población, en la oscuridad.
National Geographic