martes, 12 de agosto de 2008



Durante siglos, la iglesia de St Lawrence, en el condado inglés de Derbyshire fue considerada una de las obras más extraordinarias de la arquitectura Normanda.

Sus proporciones masivas, arcos redondos y planta cruciforme la hicieron una de las iglesias románicas por excelencia en el Reino Unido. Recientemente, la construcción del siglo XII despertó el interés de otro tipo de admiradores: los ladrones de cobre, quienes han robado campanas, revestimiento del techo y partes del equipo de aire acondicionado.

Si primero fueron las interrupciones en el sistema de transporte y los cortes en las líneas telefónicas, el cierre de iglesias a una y otra orilla del Atlántico se convirtió en la última consecuencia de la oleada de robos de cobre, que seduce por el dineral al que se cotiza en la actualidad.           

En conversación con BBC Mundo explica cómo la carrera alcista que ha protagonizado el precio del cobre ha hecho creer a muchos -bandas organizadas pero también individuos oportunistas- que el riesgo de robarlo, electrocuciones incluidas, vale la pena.

El de St Lawrence, asaltada 14 veces en los últimos diez meses, es sólo un ejemplo de cómo, cuando de saqueadores de cobre se trata, ningún lugar es sagrado. Aquellos que en su día se especializaron en robar radios de coche ahora dirigieron su olfato hacia todo lo que lleve cobre, como cable telefónico, materiales de la construcción o raíles de tren.

Y ahora también empieza a ser habitual que desaparezcan las placas de metal de las lápidas.

 

El precio, por las nubes

La acusada subida del precio del llamado "oro rojo", que vio multiplicado su valor en tan sólo dos años, y el aumento de la demanda de los gigantes asiáticos explican los robos.

Una tonelada del metal que en 2005 se pagaba a US$1.000, ahora roza los US$8.000 en el Mercado de Valores de Londres. Paralelamente, se ha extendido el uso de la chatarra para fabricar productos derivados del cobre para ahorrar en gastos.

China es el primer consumidor de chatarra, con un 80% de las importaciones mundiales, seguido de la India.

Durante 30 años y hasta 2005, el precio del cobre era tan irrelevante que gobiernos y empresas de todo el mundo no dudaron en cubrir las ciudades con él. Instalaron cable en lugares de fácil acceso, como calles y vías férreas.

"Cualquiera que tenga una camioneta, fuerza y herramientas para cortar puede llevarse US$5.000 en menos de una hora", explica Barnes.

En el Reino Unido, 2008 ya batió récords y, en sólo seis meses, fue el año con más crímenes relacionados con el metal. Se calcula que la pérdida de material y las consecuentes cancelaciones de servicios cuestan a la economía británica más de US$700 millones al año.

En Brasil, las pérdidas anuales alcanzaron los US$ 12,3 millones, según la asociación industrial de metales no ferrosos, Sindicel.

Sin embargo, el cobre robado sólo representa entre un 1% y un 2% de los 24 millones de toneladas del metal que se comercializaron el año pasado en el mundo, estima Barnes. "Es una proporción muy pequeña, pero se convirtió en un problema global porque afecta a millones de personas que se quedan sin teléfono o electricidad durante días", añade.


Epidemia global

En Latinoamérica, el corte de la línea telefónica ya es algo habitual. Entre sus principales afectados destacan Chile y Argentina, donde el gobierno optó por aumentar el arancel de exportación para desalentar a los que procesan clandestinamente metal robado.

En Colombia, los usuarios del transporte público perjudicados por el robo de cable sobrepasaron los 660.000 en 2007, cuando se exportaron cerca de 50.000 toneladas sin que el país se caracterice por las minas de cobre.

Se trata de un auge de saqueos que ya preocupa a Estados Unidos y a gobiernos y empresas de la mayoría de países de Europa.

"Lo que estamos observando es el resultado de la falta de suministro y el aumento de la demanda", explica Barnes, quien pronostica que el consumo de cobre seguirá incrementando, con países como China, Brasil o India, ampliando su uso para el establecimiento de redes de comunicaciones.

Sin embargo, los altos precios dificultan a las mineras incrementar sus existencias rápidamente, por lo que la chatarra se ha convertido en una gran alternativa.

 

Primeras respuestas

La magnitud que alcanza el robo de metal llega acompañada de las primeras medidas. Varios estados de EE.UU. aplicaron una legislación que obliga a los compradores de chatarra a pedir la identidad al vendedor. De esa forma, si se denuncia un robo es más fácil dar con el ladrón.

En el caso de las iglesias, cada vez son más las que instalan cámaras de vídeo para vigilancia, mientras las empresas de telefonía optan por reemplazar parte de sus redes con fibra óptica o colocar alarmas en los puntos más estratégicos de la red para detectar robos.

Sin embargo lo que complica aún más el combate a este crimen es la dificultad de verificar la procedencia de la mercancía que llega a las chatarrerías y luego a los países que compran el cobre.

"Quitan el aislante del cable, lo venden en lugares donde no hacen preguntas, el cobre viaja en contenedores y llega por mar a su destino. ¿Cómo pueden saber los oficiales del puerto qué es robado y qué no?".

Cansado, el reverendo de St Lawrence, David Hull, teme tener que poner cerrojo a su parroquia. Incluso llegó a presentar su renuncia por la impotencia ante una riada de saqueos que amenaza con ser sólo el comienzo.

Si los pronósticos aciertan y los precios del cobre continúan al alza durante los próximos cinco años, todo apunta a que la fiebre por el cobre -con sus ya fieles admiradores- seguirá inmune a la crisis que vive la economía mundial.

 

BBC Mundo

Tags: Cobre, robos

Publicado por OswaldoLilly @ 19:41
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