Lord Byron, el poeta
romántico, fue una de las primeras celebridades en recibir un diluvio de
correo de admiradoras anónimas, y atesoraba sus epístolas amorosas, revela una
investigación.
Las cartas, inéditas, muestran el ardor de las fanáticas del
poeta, quienes a menudo adornaban sus notas con atrevidas insinuaciones
sexuales y febriles fantasías. Contrariamente a la opinión popular de Byron
como un poeta solitario y retraído, que no buscaba la adoración pública, las
cartas sugieren que le encantaba ser idolatrado y que escribía poemas
insinuantes para coquetear con sus lectoras y que ellas respondieran en
especie.
Las misivas, fechadas entre 1812 y 1814, fueron estudiadas
por primera vez por Corin Throsby, académica de la Universidad de Oxford.
Muchas de las notas eran breves y desmañadas. Byron las
conservaba aunque la mayoría de sus autoras le pedían destruirlas, pues su
lenguaje habría escandalizado a la respetable sociedad del siglo XIX. El hecho
de que desoyera los ruegos de las damas y mantuviera las cartas como “trofeos”
contradice el mito de que Byron era un héroe literario a pesar suyo.
Si bien se han estudiado en el pasado cartas de mujeres
notables que escribieron al poeta, como las de la novelista y aristócrata Lady
Caroline Lamb, estas 45 misivas –remanentes de cientos de cartas sin nombre que
Byron admitió haber recibido– jamás se han publicado.
Fenómeno emblemático
Throsby, quien transcribió todas las cartas anónimas que
guarda el Archivo Murray de Escocia, señaló que con frecuencia las admiradoras
de Byron eran practicantes de la literatura. Las epístolas, añadió, marcan un
antecedente de la correspondencia de admiradores que se volvió un fenómeno
emblemático del siglo XX, pero era raro en tiempos de Byron.
‘‘A menudo eran desahogos personales; algunas estaban en
verso y otras presentaban al poeta como si fuera uno de los personajes de los
poemas que él escribió”, indicó. “Algunas mujeres mandaban obras propias, otras
describían sus circunstancias y expresaban que se sentían mejor al contárselas.
Muchas se mostraban furtivas y avergonzadas y decían ‘¿podría quemar la carta
tan pronto la haya leído?’ Que él las conservara sugiere que en realidad le
interesaba lo que la gente pensaba de él y, aunque mantuvo una pose de
aislamiento, parece haber atesorado estas cartas.”
Añadió que probablemente las damas, de distintas edades y
pertenecientes a todos los estratos sociales, se sentían atraídas por la imagen
que Byron cultivaba del melancólico héroe romántico que había sufrido una
desilusión en su juventud.
A menudo las cartas conte-nían metáforas sexuales, así como
elementos poéticos, como una nota escrita en verso: “¿Por qué mi pecho refulgió
con arrebato al admirar tus talentos? ¿Por qué cuando leía sentía un fuego de
entusiasmo en mi seno?” Más adelante la autora habla de “temblar” al contemplar
el retrato del poeta.
La correspondencia, que pronto se digitalizará para
exhibirla al público en la Biblioteca Nacional de Escocia, revela también un
ángulo más oscuro en el empeño de sus devotas.
Una mujer que se hace llamar Eco llama a Byron un “espíritu
gemelo” que podría ayudarla a sanar su “herido corazón”. Sin embargo, el
lenguaje de otra carta de la misma autora es mucho más ominoso, al sugerir una
cita después de medianoche y presentarla como una depredadora sexual.
“Si la curiosidad te impele –expresa–, y si no tienes miedo
de satisfacerla, adéntrate solo en Green Park a las siete de esta noche y verás
a Eco. Si esta noche es inconveniente, la misma oportunidad te aguardará mañana
a la misma hora... Si la apatía o la indiferencia te impiden venir, ¡adieu para
siempre!”
Ofensas, amenazas, consuelo
El 15 de julio de 1817, Byron escribió a su editor, John
Murray: “Supongo que en mi vida he recibido al menos doscientas cartas anónimas
–sí–, trescientas cartas de amor, de literatura, de consejos, ofensas, amenazas
o consuelo, sobre todos los temas y en todas las formas”.
La doctora Jane Stabler, conferenciante sobre el
romanticismo de la
Universidad St Andrews y también especialista en Byron,
comentó que nunca se habían investigado en detalle las cartas anónimas de
admiradoras del poeta, y podrían dar más crédito a la teoría de que Byron
estaba sumamente preocupado por su imagen. Con frecuencia pedía a Murray que le
enviara las críticas que se escribían en Europa, y lo que decían de él lo
afectaba profundamente.
“Es importante que Byron conservara estas cartas –observó–. Estaba absolutamente fascinado por la forma en que era recibido y percibido por el público. Incluso mezclaba su poesía con el cultivo de su personalidad. Fingía que lo que el lector pensara de él le tenía sin cuidado, pero a la vez hacía enormes esfuerzos por mantenerse al tanto de lo que se decía de él.”
La Jornada
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