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La tierra se hizo agua, los pies se movían descoordinadamente, hacia arriba y hacia abajo. Se perdió toda lógica. Era casi la una y media de la tarde de un día fresco y soleado, cuando empezó a temblar. Yo, que estaba en la calle, miraba mi carro, que se movía como un barco.
Luego, el caos. De las casas y edificios, como ríos, salían las personas. Los teléfonos colapsaron, todo intento de comunicarse, de tener noticias de seres queridos, quedó postergado; los semáforos sin luz, el tránsito enloqueció.
Un terremoto grado 6,2 en la escala de Richter sacudió, a las 13:22 del miércoles de esta semana, la zona central de Costa Rica, donde están ubicadas cuatro de las siete capitales de provincias. El terremoto, producto de una falla local, fue sentido con gran fuerza en toda la región Metropolitana.
De los hoteles de la zona cercana al epicentro empezaron a llegar hoy viernes los turistas traídos en helicópteros. Se estima que son entre 250 y 300 los que quedaron atrapados. Vienen del hotel La Cascada, en La Cinchona. En general, su estado de salud es bueno, aunque una mujer tuvo que ser trasladada a un centro médico, afectada de hipotermia. Y todos están muy nerviosos, todos evitan a la prensa.
Desde anoche se están levantando campamentos, carpas improvisadas, en los hermosos campos de Fraijanes, unos 40 km al norte de la capital. Allí se alberga una cantidad todavía no precisada de gente.
Mujeres embarazadas, niños, pasaron frío en la noche, en esa zona de altura, donde la temperatura es siempre fresca y donde se pueden comer las mejores fresas producidas en el país.
Tres niñas fallecieron en las cercanías del volcán Poás, pero la cifra podría aumentar. Hay varios desaparecidos en los alrededores de la laguna del lugar, donde carreteras y puentes yacen afectados por los derrumbes.
Organizados, los vecinos tratan de eliminar los deslizamientos de tierra, donde corren los rumores de que podría haber gente atrapada. Según la Cruz Roja, hay 42 personas desaparecidas. Pero, como todos, son datos todavía provisionales.
Este jueves las imágenes mostraban un par de autobuses caídos en barrancos profundos. No se veía movimiento alrededor y se suponía que, adentro estarían los cuerpos de los pasajeros muertos. Se hablaba de por lo menos trece. Pero no se ha podido llegar allí todavía.
En el centro de la ciudad hay calles todavía cerradas ante el temor de que se desprendan pedazos de mampostería de los edificios. Muchos comercios seguían cerrados y hay poca gente en las calles.
Existe preocupación por la situación en la planta hidroeléctrica de Cariblanco, que produce 80 megavatios y ahora quedó fuera de servicio. El Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) evalúa la situación, pues el agua del embalse inundó la sala de máquinas. Hay también torres de transmisión afectadas y zonas aún sin energía eléctrica, cercanas al epicentro.
El gobierno decretó emergencia nacional y la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) organiza las labores de atención a los afectados.
Los cuerpos de socorro recorren la zona, tratan de llegar a los lugares aislados, de trasladar los heridos a los hospitales y dar albergue a quienes perdieron sus viviendas. Pero la tarea es enorme.
Poco a poco el sobrevuelo de la zona permite vislumbrar los efectos del terremoto. Los cauces de los ríos se han transformado en profundas hondonadas que arrastran un agua achocolatada, llena de troncos, que desembocan en el río Sarapiquí, un importante atractivo turístico.
Las avalanchas arrastraron puentes y casas modestas. El país apenas empieza a salir del asombro del terremoto de ayer y a evaluar los daños y las pérdidas.
Por lo menos, las réplicas se han espaciado y perdido intensidad. Ya no hay que levantarse corriendo del asiento cada vez que la tierra tiembla.
Desastroso y fatal.
BBC Mundo
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