Se ha ido uno de los grandes.
Dotado con la imaginación pictórica de un estudiante de arte, el ojo sociológico de un periodista y el don de un poeta para la metáfora, John Updike, que murió el jueves a los 76 años, fue indiscutiblemente el hombre de letras más completo de Estados Unidos.
Se movía con fluidez de la ficción a la crítica, del verso ligero a los cuentos y a la forma larga de la novela: un decatleta literario en nuestra era de distracción electrónica y especialización premeditada. Victoriano en su laboriosidad y casi igual a un blogger en su determinación de transformar cada pedazo de conocimiento y experiencia en palabras.
Sin embargo, será mejor recordado como el novelista que abrió una gran ventana hacia la clase media estadounidense en la segunda mitad del siglo 20.
En su trabajo más resonante, Updike otorgó "su debida belleza a lo mundano", como alguna vez lo señaló, inmortalizando los misterios cotidianos del amor, la fe y la vida doméstica con extraordinario detalle y precisión.
En agudas imágenes instantáneas a todo color, nos mostró los años 50 y los primeros de los 60 de adulterio suburbano, grandes carros y amplios jardines, radios y equipos de sonido, y creó un mapa de los cambiantes 70 y 80, al tiempo que los centros comerciales y las subdivisiones se tragaron a los pueblos pequeños, y las convenciones sexuales y sociales sufrieron una metamorfosis desconcertante.
Las cuatro profundamente analizadas novelas del Conejo de Updike (Corre, Conejo; El Regreso de Conejo; Conejo es rico y Conejo en Paz) narraron las aventuras de un tal Harry "Conejo" Angstrom --estrella del basquetbol en el bachillerato convertido en vendedor de autos, dueño de casa y esposo errante-- y sus esfuerzos para entender los telúricos cambios públicos (del feminismo a la contracultura y las protestas anti-guerra) que estremecieron su cómodo nido.
Harry, que comparó su propia caída con el menguante poder de Estados Unidos en la escena global, sus penurias de negocios con el déficit nacional, fue lo mismo un representante de los estadounidenses de su generación que una suerte de espécimen científico: un índice de la especie humana y de su propensión a la duda, el narcisismo y la autoinmolación.
Adiós, John Updike.
The New York Times
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