
Aquí, un cuento extraordinario que te hará
sentir distintas emociones: quizá reirás, quizá llorarás, quizá reflexionarás,
quizá rememorarás pequeños trozos de tu vida, o que sé yop... pero te aseguro que algo ocurrirá.
La cosa es esta. Se pondrá de manifiesto la gran capacidad de Alberto Moravia para contar historias y la visión de su mundo literario personal que hicieron de su literatura una representación verosímil de la realidad.
Moravia fue un narrador excelente, con una gran energía fabuladora que se demostró en muchas de sus novelas famosas, la gran mayoría de ellas llevadas en su momento al cine por célebres directores de la talla de Bernardo Bertolucci y Vittorio de Sica.
Vamos pues, con Matilde.
Dejar a Matilde
Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:
—Esta vez
se acabó, vaya si se acabó.
Este
juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y
sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por
mí al teléfono.
Fui al
teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la
vocecita dulce de Matilde:
—¿Cómo
estás?
—Estoy bien
-contesté, duro.
—Perdóname
por anoche..., pero no pude, de verdad.
—No importa
-le dije-, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...
—¿Qué cosa?
—Una
importante.
—¿Una cosa
buena?
—Según...
Para mí sí.
—¿Y para
mí?
Dije tras
un momento de reflexión:
—Claro,
también para ti.
—¿Y qué
cosa es?
—Te la diré
mañana.
—No, dímela
hoy.
—No me
mates...
—Está
bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es
fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
Me quedé
incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz
tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos
a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también
un poco. Dije:
—Está bien,
dentro de media hora paso a buscarte.
Fui a
recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde
y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo
noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando
la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura,
morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de
pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y
tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero
pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con
alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía
jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:
—¿Qué? ¿Aún
estás enfadado por lo de ayer?
Contesté
huraño:
—Vamos,
monta.
Y ella, sin
más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.
Una vez en
la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día
festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía
hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo
diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo
mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después,
pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la
excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de
Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O
bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras
regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como
por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de
su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que
hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me
dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría.
Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba
fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como
pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella
era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz
alegre y tierna:
—¡Eh!
¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un
beso.
Digo la
verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas
formas pensé: “Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde”.
Una vez en
Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que
sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que
matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un
monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira
blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos
juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos
por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo
había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido,
como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía
decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
—Voy a
desnudarme detrás de aquella mata —dijo ella—. No mires.
Y yo me
pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en
el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio
tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar
por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda
por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre
con su voz cariñosa:
—Giulio, no
te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
Así fuimos
a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi
espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el
pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo,
tras un largo silencio:
—¿Por qué
estás tan callado? ¿En qué piensas?
Y yo
contesté espontáneamente:
—Pienso en
lo que tengo que decirte.
—Pues dilo.
Estaba a
punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de
una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:
—Mira,
mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.
Renuncié
una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda
desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:
—Me duermo.
¡No me molestes!
Y me quedé
turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que
quería decirle.
Matilde
durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:
Caminemos a
lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies
en el agua.
Volvió a
cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las
olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia
adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento
que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida
que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla
tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité
fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”.
Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza,
diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no
me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era
pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban,
montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella
había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina,
había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora,
desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la
orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la
mejilla, diciendo:
—Y ahora
comemos.
Abrimos el
paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había
preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la
punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento
me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me
hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la
palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas
blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz
de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi
declaración, me propuso de golpe y porrazo:
—Bueno,
dime ahora esa cosa.
Estaba a
punto de abrir la boca cuando ella gritó:
—No, no me
la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres
mucho?
—No
-respondí.
—¿Entonces
quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
—No.
—Entonces,
¿que nos casaremos pronto?
—No.
—Estas son
las tres únicas cosas que me interesan —dijo ella sacudiendo la cabeza—. Basta,
no quiero saber nada.
—No, tengo
que decirte que...
Pero ella,
tapándome la boca con la mano:
—Chitón, si
quieres que te dé un beso.
¿Qué podía
hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso
largo que me pareció sincero.
Al final
habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado;
pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que
nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los
pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz
natural:
—Lo que
quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.
Pronunciadas
estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi
nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel
lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar.
Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho
desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba
sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo.
Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y
tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe,
estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa
la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en
la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento
en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia
hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella.
Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
—Repite lo
que has dicho. Vamos, repítelo.
La arena me
soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:
—Bueno, no
lo repito, pero déjame en paz.
Pero ella
no se levantó en seguida y dijo:
—¿Y eso era
todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.
Después me
soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de
habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una
de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen,
volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería
mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la
dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo
Colombo.
Pero al
llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
—Giulio,
ahora es mejor que no nos veamos unos días.
Me sentí
casi desfallecer y consternado, exclamé:
—Pero, ¿por
qué?
Y ella, con
una buena carcajada:
—He querido
hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme
unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.
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